Eve
Era viernes, y nunca había deseado tanto que la semana terminara.
Las clases me estaban agotando, y si a eso le sumaba las horas interminables en el bufete, el resultado era una versión de mí que apenas podía sostenerse en pie. Solo quería llegar a casa, quitarme estos tacones que sentía como dagas en mis pies y hundirme en la cama hasta el día siguiente.
Pero, por supuesto, mi paz nunca era completa. No cuando él seguía ahí.
Mi peor pesadilla se había mantenido relativamente al margen durante la semana, aunque eso no significaba que hubiera desaparecido. Seguía enviándome mensajes, provocándome, lanzándome advertencias veladas que me recordaban que no debía cruzarme en su camino. Nunca respondía. Lo bloqueaba una y otra vez. Y aún así, de alguna manera, siempre encontraba una forma de hacerme saber que estaba presente.
No necesitaba palabras. Sus ojos, esas miradas afiladas que se clavaban en mí desde el otro extremo del pasillo, eran suficientes. Su postura desafiante, el modo en que sonreía con esa arrogancia irritante cuando nuestras miradas se cruzaban… Todo en él parecía diseñado para mantenerme alerta, para recordarme que no importaba cuánto intentara ignorarlo, él no iba a desaparecer.
Y como si eso no fuera suficiente, estaba el callejón.
Cada día, como si lo hiciera a propósito, al salir de la cafetería de enfrente lo encontraba allí. Con ella. Siempre con ella.
Su espalda apoyada contra la pared de ladrillos, su cuerpo inclinado sobre la camarera de la blusa ajustada y la falda corta. Sus manos la sujetaban con la facilidad de quien sabe exactamente lo que está haciendo, y su boca devoraba la de ella con un hambre descarada.
Cada beso, cada roce, cada maldita risa sofocada que ella dejaba escapar se sentía como un golpe directo en mi estómago.
No miraba. O al menos intentaba no hacerlo. Pero era imposible. Era como un accidente de autos: perturbador, inevitable. Me quedaba un segundo de más, sintiendo cómo la sangre me hervía en las venas, hasta que finalmente conseguía apartar la vista y seguir caminando.
A veces pensaba que lo hacía a propósito. Que conocía mis horarios, que sabía exactamente cuándo saldría de la cafetería con mi café en mano, agotada y distraída, y que elegía ese momento exacto para darme ese espectáculo.
Como si quisiera probarme. Como si esperara algo de mí.
Pero no iba a dárselo.
No iba a mirarlo.
No iba a reaccionar.
No iba a caer.
O al menos, eso me repetía cada día.
Dejé de lado mis pensamientos y respiré hondo antes de entrar a mi primera reunión de equipo.
Mi tarea era simple: escuchar y tomar notas. Pero aun así, la emoción latía en mi pecho. Era mi primera oportunidad real de presenciar el trabajo de los grandes abogados del bufete, de aprender cómo funcionaba todo desde adentro.
Cuando crucé la puerta, el señor Warner estaba en la cabecera de la mesa con su esposa a su lado, conversando en voz baja. Varios abogados ya estaban sentados, revisando documentos o murmurando entre ellos. Busqué un asiento discreto y me instalé en una esquina, observando en silencio mientras el resto del equipo llegaba.
Diez minutos después, la reunión comenzó.
El caso era penal. Un hombre poderoso, cuyo nombre no mencionaron, declaró haber encontrado a su esposa muerta. Sus hijos, por suerte, no estaban en casa; habían pasado la noche con sus abuelos.
—La escena del crimen indica un robo que salió mal— explicó el señor Warner, colocando unas carpetas sobre la mesa—. La casa estaba destrozada, los cajones revueltos, muebles volcados. A primera vista, todo parece indicar que los ladrones irrumpieron en busca de algo y, al verse descubiertos, la asesinaron.
Sacó un sobre manila y lo abrió con calma.
—Estas son las pruebas— dijo—. Y el informe de la autopsia.
Las imágenes comenzaron a circular por la mesa, deslizándose de mano en mano. Cuando llegaron a mí, las observé por encima, conteniendo un escalofrío. La mujer estaba en la cama, su cuerpo en una posición inquietantemente serena para haber sido víctima de un ataque violento.
—¿Qué está mal en esta escena? — preguntó el señor Warner.
Por un momento, el silencio reinó en la sala. Hasta que Robert Langstrom, uno de los abogados más experimentados, habló con seguridad:
—Nada, Adrián— murmuró mientras pasaba las fotos—. Todo indica que fue un robo frustrado que terminó en asesinato.
Sentí cómo las palabras se acumulaban en mi garganta antes de poder detenerlas.
—Es demasiado obvio— solté.
Todos voltearon a verme. La mirada intensa del señor Warner se posó en mí, evaluándome.
—Explícate— ordenó.
Tragué en seco, pero ya había abierto la boca, así que no podía echarme atrás.
—La escena del crimen está demasiado bien construida— dije, señalando las imágenes—. Todo parece indicar un robo que se salió de control, pero si se fijan, los objetos están desordenadamente organizados. Como si alguien hubiera querido que pareciera un caos, pero sin realmente perder el control.
Moví las fotos hacia el centro de la mesa.
—Y luego está ella. La víctima. No está caída de cualquier manera, ni tiene signos evidentes de forcejeo extremo. Está acomodada sobre la cama como si se hubiera dormido allí. Pero un robo que se descontrola no deja escenas tan limpias.
Hubo un instante de silencio incómodo antes de que Robert soltara una carcajada seca.
—Esto es un caso real, no un episodio de una serie de crímenes— espetó con suficiencia.
—Lo sé— respondí, manteniendo la calma—. Pero miren las fotos del esposo.
Pasé otra serie de imágenes.
—Fíjense en su cuello. Los rasguños. Son recientes.
Uno de los abogados bufó.
—Eso no significa nada.
—O significa mucho— intervino el señor Warner, apoyando los codos sobre la mesa—. Porque no hay mejor forma de ocultar la verdad…
—…que ofreciendo una verdad a medias— completé sin pensar.
El silencio en la sala se volvió denso, como si de pronto faltara el aire.
Y entonces, Robert soltó una risa sarcástica y se inclinó hacia atrás en su silla.
—Cariño, deja que los adultos trabajen y ve a traerme un café.
Su tono fue un golpe inesperado. Durante un segundo, me quedé helada. Pero no iba a darle el gusto de verme titubear.
—Robert— intervino Leía Warner con frialdad, rompiendo el tenso silencio—. Hasta donde tengo entendido, en este bufete no tenemos camareras. Y por lo que veo, tus dos brazos funcionan perfectamente, así que, si quieres café, levántate y sírvetelo tú mismo.
El aire en la sala pareció electrificarse.
—Está bien— intervine antes de que la situación escalara más—. Puedo hacerlo. ¿Alguien más quiere algo?
Nadie respondió. Me levanté, sintiendo todas las miradas sobre mí, y caminé hasta la mesa auxiliar en la esquina. Serví el café con manos firmes y lo coloqué frente a Robert sin una palabra.
Él sonrió, un gesto lento y cargado de condescendencia.
—Gracias, preciosa— murmuró, recorriéndome descaradamente con la mirada—. Hiciste un trabajo estupendo.
Un nudo de furia se formó en mi estómago.
—Robert— intervino el señor Warner con voz afilada—. Ella es pasante, no está aquí para eso. Y su nombre es Eve, no ‘preciosa’.
—Pero lo es— replicó con una sonrisa socarrona—. No es mi culpa que te guste contratar jovencitas hermosas como pasantes de este bufete.
La tensión se disparó como un cable eléctrico chisporroteando.
—¿Estás sugiriendo algo? — la voz del señor Warner bajó un tono, peligrosa.
Robert levantó las manos, como si fuera una broma inofensiva.
—Para nada, Adrián. Sigamos con el caso.
Regresé a mi silla con el pulso acelerado. Tragué la rabia y obligué a mi mente a enfocarse en otra cosa.
Pero al levantar la vista, mis ojos se encontraron con otros.
Grises. Feroces. Fríos.
Aarón.
Negó con la cabeza, la desaprobación escrita en cada una de sus facciones. No estaba segura si era para mí, por haber cedido tan fácilmente, o para Robert, por ser el imbécil que era.
Por suerte, dos horas después, la reunión terminó.
—Buen trabajo, Eve— me dijo el señor Warner antes de salir.
Y luego se giró hacia Robert.
—Te espero en mi oficina.
Robert no sonreía ahora.
Yo tampoco.
Antes de poder llegar al ascensor, la voz de la señora Warner me detuvo.
—Eve— dijo, acercándose con pasos seguros y estudiándome con la mirada—. No hemos tenido la oportunidad de presentarnos.
Extendió la mano con elegancia, y yo la estreché con firmeza, sin dudar.
—Es un gusto y un honor trabajar aquí, señora Warner.
Una leve sonrisa se dibujó en sus labios.
—Llámame Leía— corrigió con suavidad—. Y créeme, el gusto es nuestro.
Su tono era cálido, pero su mirada tenía una intensidad que me hizo enderezar los hombros. Me observaba con una mezcla de aprobación y algo más... algo parecido a expectativa.
Y no podía dejar de notar lo igual que eran los ojos de su hijo a los de ella.
—Tienes talento, puedo verlo. Ese es el motivo por el que estás aquí— murmuró—. Mi esposo es un hombre meticuloso y perfeccionista, y solo le da un lugar a quien realmente lo merece. Así que no dudes de tu valor.
—Claro que no— respondí con firmeza—. Tengo en claro mis objetivos y mis fortalezas.
Leía sonrió, esta vez con algo parecido a orgullo.
—Eso es muy bueno— acarició mi brazo con un gesto sutil, casi maternal—. No hay muchas mujeres aquí, y por eso nos apoyamos entre nosotras. Quiero que sepas que puedes contar conmigo si alguien vuelve a tratarte de esa manera.
Sus palabras me tomaron por sorpresa. No esperaba ese nivel de respaldo, y menos de alguien tan imponente como ella.
—Gracias— dije, genuinamente agradecida.
—Robert es un cerdo misógino que ha tenido encantado a Adrián demasiado tiempo— continuó sin rodeos—. Pero las cosas están cambiando. Y si tú estás aquí, es porque formas parte de ese cambio.
No supe qué responder. Algo en su mirada me hizo sentir que esto era más que una simple bienvenida. Era una advertencia. Y un desafío.
Su teléfono sonó, y su expresión se endureció al ver la pantalla.
—Debo atender— dijo con un suspiro—. Bienvenida, Eve. Y recuerda; si necesitas algo, solo búscame.
—Lo haré— aseguré.
Leía asintió con satisfacción antes de girarse y alejarse con la misma elegancia con la que había llegado.
Me quedé allí unos segundos, procesando sus palabras, antes de tomar el ascensor para bajar a mi piso.
No solo quería mejorar. Ahora sentía que tenía que demostrar que merecía estar allí. Y lo haría, costara lo que costara.
Nueve de la noche. Mi jornada había llegado a su fin. Y lo mejor de todo era que era viernes, lo que significaba dos días enteros para dormir hasta que me cansara de hacerlo.
Apagué el computador, tomé mi bolso y apagué la luz, cerrando la puerta de mi oficina con un suspiro. Llamé al ascensor y, cuando las puertas se abrieron, casi quise poner los ojos en blanco.
—Dulzura— dijo Aarón, guardando su teléfono en el bolsillo de su saco. Su tono era relajado, pero la mirada intensa.
Entré y me situé lo más lejos de él que pude.
—Pensé que ya te habías ido— añadió, apoyándose casualmente contra la pared metálica del ascensor.
—¿Ahora estás pendiente de mis horarios? — pregunté, concentrándome en las luces que marcaban los pisos. Lo mire de reojo.
Su mirada brilló con diversión.
—Por supuesto que no. No suelo perder el tiempo con cosas insignificantes.
—Bien por ti— respondí, fingiendo indiferencia.
El ascensor descendía lentamente, y el silencio entre nosotros se volvió incómodamente espeso. De repente, Aarón se movió, parándose frente a mí, invadiendo mi espacio personal sin previo aviso.
—Escucha— murmuró en un tono bajo, tan grave que mi piel se erizó—. Lo hiciste bien hoy ahí dentro. No te dejes intimidar por un idiota como Robert. Es decir, tiene razón, eres preciosa, pero eso no le da derecho a menospreciarte.
Levanté la vista, encontrándome con sus ojos grises, afilados como cuchillas.
—¿Crees que soy preciosa? — pregunté, sorprendida por mi propia osadía.
Aarón me sostuvo la mirada. No había rastro de burla en sus facciones, solo intensidad.
—Eve, puede que haya estado borracho y no en mis cinco sentidos aquella vez— murmuró, su voz más ronca ahora—, pero no soy ciego. Eres preciosa. Y lo sabes.
Mi respiración se entrecortó. Quise decir algo, cualquier cosa. Sarcástico, mordaz, indiferente. Pero no pude.
No con la forma en que me miraba.
El ascensor se detuvo y, sin apartar la vista de mí, Aarón dio un paso atrás cuando las puertas se abrieron. Antes de salir, me lanzó una última advertencia:
—Mantente fuera de su radar.
Y se fue, dejándome allí con el eco de sus palabras y un caos de emociones que no había pedido.