Eve Me despierto con un latido sordo en la sien, como si alguien me martillara el cráneo desde adentro. El dolor es punzante, persistente y me cuesta abrir los ojos. Todo está oscuro, salvo por una rendija de luz que se cuela por debajo de la puerta. Es tenue, amarilla y parpadea, como si viniera de una bombilla antigua o un pasillo lejano. No se oyen voces, no hay pasos. Ni siquiera el zumbido de un motor o un reloj. Solo un silencio espeso que me oprime el pecho. Trato de incorporarme, pero algo me tira hacia atrás. El frío del suelo se filtra a través de mi ropa —si es que todavía tengo la misma puesta— y me recorre la espalda como una caricia cruel. Me estremezco, entonces lo noto; las muñecas me arden. Algo me aprieta con fuerza. Giro apenas la cabeza y, en la penumbra, distingo el

