Capítulo 5
—Señor Damien, ¿tiene el bebé la cartilla de vacunación o algún registro de nacimiento? Solo tiene una semana de vida, es urgente hacerle el primer chequeo.
La pregunta flotó en la cabina del coche de lujo, tensando el ya cargado ambiente. Damien, al volante, mantenía su mirada fija en la carretera que nos alejaba de la hacienda y nos llevaba de vuelta a la Ciudad de México. Su mandíbula estaba tensa.
—¿La cartilla? —respondió, casi con un bufido.
—Sí, es el registro de peso, talla y vacunas iniciales —expliqué, sintiendo la necesidad de sonar profesional y experimentada. Era la única manera de que me tomara en serio—. Dado que no tenía ni pañales ni ropa, dudo que tenga ese registro. Además, los chequeos de peso y talla son cruciales en esta etapa para asegurar que no hay desnutrición.
Damien soltó un suspiro, un ruido áspero que parecía nacer de una profunda frustración.
—Haremos así: hoy compramos lo que necesitamos. Mañana te encargas de llevarlo al hospital privado de prestigio más cercano para el chequeo de la primera semana y que le hagan su registro oficial. Pide todos los análisis que necesite. Yo me ocuparé del papeleo legal más tarde, del certificado de nacimiento y el acta. ¿De acuerdo? —respondió, con un tono autoritario, como si la salud del bebé fuera solo una tarea más que delegar, una molestia que debía ser resuelta de inmediato.
—De acuerdo —asentí. A pesar del tono, me aliviaba que, al menos, el bebé recibiría la atención médica que requería.
El resto del camino hacia la capital fue en silencio, solo roto por el suave motor del coche. Sentía los ojos de Damien sobre mí a través del espejo retrovisor cada pocos minutos. Su escrutinio era casi físico; parecía querer descifrar el motivo por el cual una muchacha de 17 años (por ahora, 18 para él) estaba tan sola y desesperada como para aparecer en su granero.
Cuando llegamos a la capital, la primera tienda que visitamos fue de artículos de bebé de alta gama, en una zona exclusiva. Compramos la silla de seguridad para el coche y una cuna de viaje portátil.
Luego, fuimos al Registro Civil.
Damien me dejó en una banca cerca de la entrada, mientras él entraba. Con el bebé durmiendo en mis brazos, me senté. La ausencia de la madre del niño en un momento tan importante era clamorosa. ¿Quién registra a su hijo solo, y por qué había tardado una semana en hacerlo?
Mientras esperaba, vi una tienda de ropa femenina justo al lado del registro civil. Era mi oportunidad de asegurar mi propio bienestar sin que Damien supiera que estaba comprando mi guardarropa entero.
Entré con el bebé en brazos y me moví con rapidez. Escogí ropa interior, cinco blusas, tres pantalones y dos vestidos, todo en tonos neutros para pasar desapercibida. Compré también dos pares de sandalias cómodas y unas zapatillas deportivas. Lo metí todo en un pequeño bolso de viaje nuevo. Luego, en una farmacia contigua, compré productos de higiene personal.
No tardé ni veinte minutos. Cuando regresé, Damien ya había salido.
Ahora fue el turno del bebé. Fuimos a una farmacia grande para comprar pañales, biberones, mordedores, un kit de higiene y la leche especializada. Luego pasamos por una tienda de ropa infantil, donde elegí toda la ropa que el bebé necesitaba. Él se mantuvo al margen del precio, instándome a comprar "lo mejor" y "de marcas reconocidas". Era obvio que el dinero no era un problema, lo cual hacía su negligencia inicial aún más dolorosa.
Ya llevábamos más de dos horas fuera y el bebé, sintiendo el movimiento interrumpido, empezó a llorar.
—No lo puedo creer... ¿Este niño está llorando otra vez? —dijo Damien, visiblemente molesto, golpeando el volante. Parecía incapaz de manejar el ruido o la demanda de un ser tan pequeño.
—Es normal, señor. Los bebés a esta edad comen cada dos horas. Ya es hora de que coma de nuevo. ¿Podría parar en alguna cafetería? Necesito desinfectar el biberón y alimentarlo.
Paramos en un pequeño restaurante. Hablé con la camarera y le expliqué la situación. Ella, muy amable y comprensiva, no solo desinfectó el biberón, sino que también calentó el agua para preparar la fórmula.
Mientras lo alimentaba, noté que Damien se sentaba solo en otra mesa, bebiendo café y revisando su celular, evitándonos. Me dio una pena profunda. Este hombre, tan poderoso y adinerado, era completamente incapaz de consolar o siquiera interactuar con su propio hijo. Yo, la fugitiva de Oaxaca, me convertía rápidamente en su único sostén emocional y físico.
Después de alimentar al bebé, que volvió a dormirse, terminamos de comprar lo que faltaba.
—¿Dónde vives? Vamos a buscar tus cosas —dijo Damien, mirándome con desconfianza al regresar al coche.
Sabía que no podía llevarlo a Oaxaca. Mi vida dependía de que él no supiera la verdad sobre mi escape y la agresión a Máximo.
—No hace falta, señor —respondí con la mayor naturalidad posible, manteniendo mi coartada—. Mi madre me llamó hace poco y se ofreció a traer mis cosas. Ella me las entregó cerca de aquí cuando estábamos en el registro, en un área donde no estorbara. Me dijo que necesitaba volver rápido a Oaxaca por un compromiso con el trabajo de Máximo y que no podía demorarse.
Él me miró por un largo momento, tratando de escudriñar mi alma. Pareció sopesar la posibilidad de que estuviera mintiendo, pero finalmente, mi historia de la madre apurada por las obligaciones del padrastro funcionario encajaba demasiado bien con la realidad de muchas familias de clase alta.
—Bien. —Solo asintió, sin decir nada más. Su silencio era tan pesado como el escrutinio.
Regresamos a la hacienda. Al llegar, un empleado ya nos esperaba frente a la casa y enseguida cargó todas las bolsas hasta "mi" habitación.
Me encontré en la lujosa estancia que ahora compartía con el bebé. Había muchas cosas que ordenar, pero la prioridad era la higiene. Tomé la ropa nueva del bebé y fui a buscar la lavandería. Como al día siguiente tendría que llevarlo a sus chequeos, quería que usara ropa limpia. Lavé todo a mano y lo puse a secar en el cuarto de servicio.
Mientras tanto, fui a la cocina a calentar agua para llenar un termo. Al entrar, encontré a una mujer allí, concentrada en sus labores.
—¡Buenas tardes! —saludé con educación.
—Buenas tardes —me respondió, mirándome curiosa. Era una mujer de mediana edad, con el rostro moreno, curtido por el sol de campo, y con ojos bondadosos, pero llenos de cautela—. Tú debes ser la niñera que el patrón mencionó.
—Sí, soy yo. Me llamo Leandra.
—Soy Carmela, empleada de la casa. El patrón me dijo que estabas aquí, así que te preparé el almuerzo. Está caliente, te lo sirves.
—Muchas gracias, Carmela.
Después de servirme, Carmela salió de la cocina rápidamente. No parecía ser muy conversadora, o quizás no quería entablar conversación con la nueva llegada, manteniendo una distancia profesional que noté era la norma en la hacienda.
Me quedé sola, observando al bebé por el monitor de la habitación.
Al terminar de comer, subí a la habitación. Mientras guardaba la ropa y los accesorios del bebé, sentí un olor fuerte y penetrante, como a plástico quemado y telas en combustión, que venía del exterior.
Curiosa, me acerqué a la ventana y miré hacia el patio trasero. Vi a Damien parado junto a un gran tonel metálico. Estaba utilizando un atizador largo para mover brasas y llamas. Estaba quemando ropa, pero no parecía ser ropa vieja de jardinería. Distinguí retazos de tela fina, sedas y encajes oscuros. Era un montón considerable.
Se veía concentrado en el fuego, como si estuviera realizando un ritual. Su rostro estaba sombrío, iluminado por el reflejo naranja de las llamas. No era el funcionario formal de Oaxaca, ni el jefe tenso del día; era un hombre atormentado, destruyendo activamente algo que le dolía.
Temí que me descubriera espiando, así que cerré la ventana rápidamente y me alejé. ¿Qué clase de ropa estaba quemando? ¿La ropa de la madre? ¿Ropa de mujer? ¿Por qué la quemaba en lugar de donarla o desecharla? La intensidad de su acción sugería una ruptura violenta, un deseo de borrar algo de su vida de manera definitiva.
El misterio sobre este hombre se hacía cada vez más denso. La Hacienda, con sus lujos y su silencio, parecía ser la guarida de un dolor inconfesable.
Cuando bajé a cenar más tarde, aproveché para recoger la ropa del bebé que ya estaba seca del cuarto de servicio y la planché con cuidado. Subí al cuarto y la guardé en el armario. Aunque mi mente estaba llena de teorías sobre Damien, el bebé, la madre ausente y el fuego, decidí concentrarme en mi trabajo. Yo estaba allí por el bebé y por mi libertad.
Aún no había armado la cuna. Eran ya las nueve de la noche. Decidí dejarlo para el día siguiente y dormir con el bebé en la cama, en el centro de la enorme y lujosa cama, para que no rodara ni se cayera.
Me duché y me puse el pijama que había comprado, sintiéndome extraña con ropa que no había sido impuesta por mi madre ni por la vigilancia de Máximo. Me pareció extraño que Damien no apareciera en todo el resto del día para ver a su hijo. No vino a preguntar por la alimentación, ni por la temperatura, ni para dar las buenas noches.
A las diez de la noche, me acosté al lado de esa pequeña criaturita. Lo acerqué a mi pecho y le di un beso suave en la frente, pensando que sus padres no estaban allí para hacerlo. En ese momento, sentí un afecto especial por ese bebé, un lazo que nacía de la necesidad, del abandono y de mi propia experiencia de haber sido cuidada por mi misma en la niñez. Él, al igual que yo, estaba solo en el mundo, rodeado de indiferencia, a pesar del lujo.
—Dormiremos seguros, pequeño —susurré, sosteniéndolo con la ternura que me fue negada. El bebé, acurrucado, me dio la calidez y el sentido de propósito que tanto había anhelado. Estaba en un lugar prohibido, con un hombre prohibido y en una situación prohibida, pero por primera vez, me sentí segura.
Me dormí preguntándome qué encontraría al día siguiente en el hospital, qué secretos se ocultaban detrás de los ojos ámbar de Damien y el llanto de este pequeño.