CAPÍTULO 14 El sobresalto que pegué fue monumental, como si el mismísimo demonio se hubiera teletransportado a mi lado. Damien había aparecido justo detrás de mí. Era su maldita especialidad: el paso sigiloso, la presencia que se materializaba sin ruido, sin advertencia. Era una intrusión física, una violación a mi espacio que me hacía saltar. Mi corazón, ya agotado por el llanto, se disparó. —Leandra, levántate de ahí. ¿Y ahora por qué razón estás llorando? —Su voz era seca y carente de paciencia, ni una pizca de amabilidad o entendimiento. Me levanté rápidamente, sintiéndome estúpida y expuesta en mi vulnerabilidad. Me apresuré a limpiar el rastro húmedo de mis lágrimas. —No es nada, señor... solo estaba un poco distraída —dije, sintiendo que mis ojos inyectados en sangre desm

