El rostro del hombre del puente se negaba a abandonar mis pensamientos. Era de la misma complexión que Damien, y la resonancia de su voz, ese timbre grave y potente que me intimidaba a diario, ahora resonaba en mi memoria como un eco inconfundible. No podía ser. Debía ser una alucinación. Pero, ¿cómo fui tan ciega al no darme cuenta antes? Me hundí en la almohada, mis ojos fijos en la negrura de la habitación. Trataba de reconstruir esa noche helada. ¿Por qué la identidad de Damien no se registró en mi mente el primer día? La respuesta era simple: estaba sumida en el pánico, huyendo de mis propios problemas. Mi mente operaba en un estricto modo de supervivencia. La noticia del suicidio de otro hombre había sido la coartada perfecta para mi error de juicio. Había creído, con la firmeza d

