Capítulo 25 El día se anunció con una promesa de claridad y propósito. Eran las seis de la mañana, y la vasta extensión de Villa Esmeralda aún dormía bajo un manto de silencio opulento. Yo me movía con el sigilo de una espía en mi propia prisión de oro. Líam, vestido y alimentado, estaba listo en su cochecito. Puse mi bolso, que contenía mis documentos y ahora la considerable ganancia de mis primeras ventas (la del día del mercado), debajo de su asiento. Mi mente ya no estaba en la desesperación, sino en el cálculo, la planificación y la reestructuración de mi nuevo camino. La noche anterior, al reflexionar sobre la confrontación en el mercado con Damien, había redefinido mis prioridades. Su cinismo me había herido, pero su inesperada defensa y apoyo financiero me habían impulsado a la

