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Los Secretos De Las Cenizas Carmesi

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Blurb

**Râmiki**Palabras en una lengua desconocida la persiguen en sueños... desde que aquellos ojos azul profundo encontraron los suyos y susurraron un nombre prohibido.Lila Harper creía que el matrimonio precipitado de su madre solo traería una pesadilla: su nuevo hermanastro, Ryan.Estaba equivocada.Los secretos susurran desde las sombras. Las promesas se graban en sangre. Los recuerdos se desvanecen. Los corazones se conquistan... y se rompen.Lila jamás imaginó que tropezaría con un mundo más allá de lo humano... donde cada mirada la acecha, cada roce reclama su corazón... y el engaño los une a todos.Atrapada entre cuatro hombres peligrosos, de otro mundo, que esconden colmillos detrás de sonrisas.¿Quién la ama de verdad?¿Quién la traicionará para conservarla?¿Y quién es Evangeline Montfort... esa mujer que grita dentro de su alma?

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Capítulo 001
—Me casé. —Es lo más raro que he oído en todo este año tan gris. Buena broma, mamá. —Yo... no estoy bromeando, Lila. Maria levantó nerviosa la mano derecha. Lila apartó la vista de la pantalla de su ordenador, miró un momento la mano de su madre, y luego soltó un grito ahogado y se puso de pie de golpe, haciendo que la silla rodara hacia atrás con violencia. —¡¿Qué?! ¿Qué estás diciendo, mamá? ¿Se te fue la cabeza? ¿Casarte? ¿Con quién? ¿Y desde cuándo pasa esto? ¿Desde cuándo sales con alguien? ¿Cuándo te veías con él? El pecho de Lila subía y bajaba de rabia. —¿Y me lo dices ahora? ¿En serio? Maria se cubrió una mano con la otra, nerviosa. —Es... Chris Myers. —¡¿Qué?! ¡¿El marido de tu mejor amiga, la que murió?! ¿Te volviste loca, mamá? ¿Y papá? ¿De verdad lo olvidaste? —preguntó Lila en voz baja, en shock. —Apenas han pasado tres años desde que murió, ¿y ya estás con otro hombre? ¡Y encima con Chris Myers, entre todos los que hay! ¿Qué te pasa? —gritó Lila, golpeando el escritorio con las palmas, las manos temblando de rabia contenida. —Cuida tus palabras, Lila, soy tu madre —exclamó Maria, poniéndose de pie para defenderse, los ojos llenos de angustia. —Sí, es el marido de mi mejor amiga, pero ella murió hace diecisiete años. No es que quisiera menos a tu padre, pero necesito un hombre a mi lado, alguien en quien apoyarme, alguien a quien recurrir si me pasa algo malo. —Tú siempre estás ocupada. Ni siquiera notaste que yo no estaba. Y algún día te casarás tú. ¿Qué voy a hacer yo sola? No quiero morir sola. Maria sollozó entre lágrimas, se cubrió el rostro con las manos y susurró: —No he hecho nada malo. Las palabras de su madre cayeron sobre ella como un rayo. Su madre tenía razón en todo. Ella había estado tan ocupada consigo misma, intentando olvidar la partida de su padre, que había olvidado a su madre... ¿Desde cuándo se había vuelto tan egoísta? Se subió las gafas y se apretó el puente de la nariz para contener el resentimiento. —Haz lo que quieras, mamá. Lo dijo sin más y subió a su habitación. En cuanto se quedó sola, las lágrimas cayeron. Se tapó la boca con las manos para ahogar los sollozos, se dejó resbalar contra la puerta hasta sentarse en el suelo, y abrazó sus rodillas contra el pecho. Lo que más odiaba Lila era sentirse débil... y sola. Casi una hora después, Maria reunió el valor, tragó su enojo y subió a la habitación de Lila. Llamó suavemente y luego abrió la puerta despacio. Lila estaba sentada en la cama, con las lágrimas borradas a la fuerza, de manera casi artificial. —Lila, ¿puedo hablar contigo? —empezó Maria en voz baja, casi suplicante. —Sí, mamá, adelante. Maria entró, se sentó junto a su hija, le tomó la mano y la acarició con suavidad. —Sabes que te quiero, y quise a tu padre con todo mi corazón. No te culpo, Lila, pero tampoco quiero ser injusta conmigo misma. Maria le acarició la cabeza con ternura. —Necesito sentirme querida, hija. Necesito a alguien para envejecer a mi lado, alguien en quien apoyarme, y para quien yo también sea un apoyo. Puede que ahora no lo entiendas, pero no quiero dar un paso que te haga enojar o entristecer... Lila contuvo un sollozo y hundió el rostro en el hombro de su madre, respirando su cariño. —Haz lo que te haga feliz, mamá. Lo que te haga feliz a ti me hará feliz a mí también. Perdón por lo que dije abajo. Te quiero. —Yo también te quiero, mi niña preciosa. Maria lo susurró, y Lila negó con la cabeza, rendida. Había tomado su decisión: aunque lo que estaba pasando fuera lo que más odiaba en el mundo, lo aceptaría por la felicidad de su madre. Después de dos días empacando y reorganizando su vida, Lila se despedía de todo lo que había conocido para mudarse a su nuevo mundo. Sus amigos más cercanos, Adam y Sarah, estuvieron ahí para despedirla, con lágrimas y abrazos que duraron largos minutos, antes de que ella subiera al coche de la familia Myers rumbo a la mansión de Asheville. Horas sombrías pasaron para Lila mientras se despedía de los paisajes de Nueva York, donde había vivido veintidós años, y el entorno frente a ella cambiaba a otro lugar completamente distinto —el terreno, el clima, el aire. Se sentía como un pez sacado de sus aguas, obligado a aprender a vivir en una pecera nueva, todo por su madre. Finalmente, cuando el sol se ponía, Lila y su madre llegaron frente a la mansión de la familia Myers. Un lugar imponente, como el palacio de un rey, con un portón dorado y una vasta extensión de flores y árboles altos rodeando el interior del muro de la propiedad. Sus pies avanzaban con temor y asombro, sus pasos se hacían más lentos a medida que se acercaba a la puerta principal de la mansión, como si fuera un monstruo a punto de tragársela. Entró a la mansión con su madre —un espacio vasto y sobrecogedor, una opulencia que quitaba el aliento. Un hombre de mediana edad, de cabello n***o bien peinado con algunas canas, estaba de pie ahí. Era Chris Myers, el hombre más rico de Estados Unidos. Se abotonó la chaqueta del traje y le extendió la mano a Lila con una sonrisa amable. —Lila, cuánto tiempo sin vernos. Me alegra que hayas aceptado nuestro matrimonio, hija. Lila le estrechó la mano rápidamente y murmuró, incómoda: —Gracias, señor Myers. Chris la miró con algo de lástima y exclamó, entusiasmado: —Bueno, Ryan, ¿no vas a saludar a tu hermana? Chris se volvió hacia su hijo, Ryan. Este se levantó con un suspiro de fastidio y le tendió la mano a Lila. —Hola. Lo dijo secamente. Lila puso su mano en la de él y sintió un escalofrío recorrerle la espalda, así que la retiró rápido sin responder, mientras los ojos color miel de él no se apartaban de los suyos, azul cielo, como si estuviera oliendo el miedo que emanaba de ella. Ryan apretó los dientes para contener un gruñido. Sintió que sus sentidos se le escapaban de control y que el deseo de morderla crecía dentro de él. Los dejó rápidamente y subió a su habitación sin decir una palabra más.

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