Capítulo 1 — El contrato
ONYX Entertainment no contrataba ilustradores desconocidos. Trabajaba con los mejores estudios del país, con artistas que tenían galerías, premios y nombres que la industria reconocía de inmediato. Por eso, cuando el correo llegó a las once de la noche, Han Seo-yeon pensó que era un error.
Lo leyó tres veces antes de aceptar que no lo era. Tenía los dedos manchados de tinta china y tres facturas sin pagar abiertas en otra pestaña del navegador, y aun así, ahí estaba: su nombre, su portafolio, el logo de la agencia más poderosa del entretenimiento coreano en el encabezado.
No durmió esa noche. No por la emoción, sino por el miedo a que alguien se diera cuenta y le quitaran la oportunidad antes de que pudiera sostenerla con las dos manos.
—Es real —le dijo su madre por teléfono al día siguiente, con la voz quebrada de alguien que había visto a su hija crecer contando monedas—. Lo lograste, hija.
Durante un buen rato ninguna de las dos dijo nada más. Solo respiraban al otro lado de la llamada, como si las palabras ya no alcanzaran para contener todo lo que significaba ese correo.
Cuando colgó, Seo-yeon caminó hasta la pequeña cocina del apartamento. La pintura de una pared empezaba a descascararse y el refrigerador emitía un zumbido constante que llevaba años prometiéndose reparar. Sobre la mesa seguían más facturas abiertas junto a un cuaderno lleno de bocetos rechazados por distintos clientes.
Se quedó mirándolos unos segundos.
Los recogió con cuidado y los guardó dentro de una carpeta, como si cerrarlos fuera también una forma de cerrar una etapa.
Después volvió a sentarse frente al computador.
Abrió su portafolio una vez más, no porque dudara de su trabajo, sino porque necesitaba entender qué habían visto en él. Recorrió dibujo por dibujo: paisajes, personajes, fondos, pequeños detalles que había creado durante noches enteras mientras el resto de la ciudad dormía. Muchos de esos trabajos habían nacido cuando no podía permitirse comprar materiales nuevos y debía reutilizar el papel por el reverso.
Sonrió apenas.
Por primera vez en mucho tiempo sintió que todas aquellas horas solitarias, las entregas mal pagadas y los proyectos rechazados no habían sido completamente inútiles.
Aun así, antes de apagar el computador, volvió a revisar el remitente del correo.
Solo cuando comprobó por cuarta vez que seguía siendo el mismo se permitió creer, aunque fuera por unos segundos, que quizá aquella oportunidad sí era real.
Seo-yeon quería creerle a su madre, pero sobre todo a si misma.
La reunión fue en un edificio de cristal tan alto que tuvo que inclinar la cabeza para ver dónde terminaba. El manager la recibió antes de que pudiera ponerse más nerviosa: le ofreció agua, le preguntó por el viaje, le dijo que había revisado su portafolio personalmente y que hacía tiempo que no veía un trazo tan honesto.
—Queremos que se sienta parte del equipo —dijo, deslizando el contrato sobre la mesa de vidrio—. Aquí somos una familia.
Luego, casi como un detalle menor, mencionó lo del trabajo: seguir instrucciones al pie de la letra, sin excepciones, en el trabajo y en la convivencia. Seo-yeon asintió, convencida de que era una cláusula de profesionalismo normal, el tipo de exigencia que cualquier empresa internacional impondría. No vio nada raro en firmar tres años de su vida a cambio de la primera certeza económica que había tenido jamás.
El manager guardó el contrato en una carpeta de cuero y añadió, antes de que ella se levantara:
—Una cosa más. Ellos cargan con más presión de la que usted puede imaginar. Si en algún momento algo se siente incómodo, piense que tal vez solo necesitan que alguien los entienda. Eso también es parte del trabajo, aunque no esté escrito ahí.
Seo-yeon no le dio demasiada importancia a esa frase. Años después, la recordaría con una claridad que dolía.
Conoció a los siete dos días antes de partir de gira, en una sala de ensayo que olía a café y al cansancio específico de los que trabajan demasiado.
Los primeros tres se le grabaron de inmediato.
Haon estaba sentado en una esquina con audífonos, y cuando el manager la presentó, levantó la vista apenas lo suficiente para evaluarla. No dijo nada. Pero su mirada duró un segundo más de lo que la cortesía requería, y Seo-yeon sintió algo que no supo nombrar todavía.
—Ella es Han Seo-yeon. Se encargará de las ilustraciones y parte del material visual durante la gira.
Haon se quitó uno de los audífonos.
—¿Durante toda la gira?
—Ese es el acuerdo.
Haon volvió a mirarla.
Seo-yeon intentó sonreír.
—Haré lo posible por no estorbar.
—No dije que fueras a estorbar.
La respuesta fue tan seca que ella no supo qué contestar.
Haon volvió la mirada hacia el manager.
—¿Ya le explicaron cómo funcionan las cosas aquí?
—Por supuesto —respondió el manager.
Haon sostuvo su mirada unos segundos.
—Bien.
Se volvió a poner el audífono.
Seo-yeon bajó la mirada hacia sus manos.
No sabía por qué aquel breve intercambio la había hecho sentirse tan fuera de lugar.
Ella acababa de llegar.
Él ni siquiera la conocía.
Y, sin embargo, había algo en su manera de mirarla que la hacía sentir como si hubiera cometido un error al aceptar aquel contrato.
Min fue el primero en acercarse. Le estrechó la mano, le preguntó por su proceso de trabajo con un interés que parecía genuino, y cuando ella respondió nerviosa y demasiado rápido, él esperó a que terminara antes de responder. Ese detalle —esa paciencia— la sorprendió más que cualquier otra cosa de ese primer día.
Sol le hizo una broma antes de que ella pudiera ponerse más tensa, algo sobre el tamaño de su maleta comparado con lo que llevaban esperando tener a alguien que dibujara bien sus fondos, y ella se rió antes de poder contenerse.
Los otros cuatro llegaron después, en distintos momentos: Yul con una sonrisa tan abierta que ella bajó la mirada sin saber por qué. Jeong con un murmullo y el teléfono todavía en la mano. Hyun con la misma ternura distraída con la que un hermano mayor saluda a una prima lejana en una reunión familiar. Y Jiho, que no levantó la vista del cuaderno en ningún momento.
—No le hagas caso a Jiho —le susurró Sol más tarde, mientras le mostraba el lugar donde trabajaría—. Es así con todos al principio.
Seo-yeon no supo, en ese momento, que esa frase sería la primera de muchas que minimizarían algo que más adelante no tendría nombre tan fácil.
El primer viaje fue, en apariencia, perfecto. Dibujó cada escenografía, cada portada, cada ilustración promocional con una entrega que sorprendió incluso a la propia agencia. Las fotos que circulaban en redes mostraban a una joven ilustradora sonriente junto al grupo, una historia de esfuerzo recompensado que los fans devoraban con cariño.
Nadie vio lo que pasaba en los pasillos vacíos de los hoteles, en las miradas que duraban un segundo de más, en las pequeñas ventajas que algunos tomaban con la naturalidad de quien sabe que nadie los va a corregir.
Seo-yeon tampoco lo vio. Estaba demasiado ocupada agradeciendo que la vida finalmente le hubiera dado algo bueno.
No sabía que el verdadero precio de ese contrato todavía no se lo habían cobrado.