Capítulo 3 — Rutinas

1249 Words
Pasadas dos semanas, el encierro empezó a tener forma de rutina, y la rutina, sin que nadie lo dijera en voz alta, empezó a tener forma de hogar. Seo-yeon se despertaba temprano, antes que la mayoría, y bajaba a la cocina a preparar café para quien quisiera. Era un gesto pequeño que nadie le había pedido, pero que se sentía como una manera de pagar, aunque fuera simbólicamente, el espacio que ocupaba en esa casa. Sol siempre era el segundo en bajar, todavía con cara de sueño, y se sentaba frente a ella sin decir gran cosa hasta la segunda taza. —Eres la única persona cuerda en esta casa —le dijo una mañana, bostezando—. No lo olvides cuando esto se vuelva una locura. —¿Crees que se va a volver una locura? —preguntó ella, medio en broma. Sol la miró un segundo de más antes de responder. —Siete personas encerradas sin salida durante meses. Dime tú. Ella se rió. Los desayunos nunca eran exactamente iguales. Había mañanas en que Hyun aparecía tarareando alguna canción mientras abría todos los armarios buscando ingredientes para preparar algo más elaborado que café y tostadas. Otras veces era Jeong quien bajaba primero, todavía medio dormido, con el teléfono en la mano y los auriculares puestos, saludando apenas con un movimiento de cabeza antes de servirse cereal. Seo-yeon empezó a aprender pequeños detalles de cada uno sin proponérselo. Min siempre leía mientras desayunaba, aunque rara vez pasaba de la misma página porque terminaba participando en cualquier conversación. Haon prefería el café completamente n***o y tardaba varios minutos antes de decir la primera palabra del día. Yul parecía incapaz de permanecer sentado más de cinco minutos seguidos; se levantaba para abrir una ventana, volvía a sentarse, ayudaba a recoger una taza que no era suya y luego regresaba a la conversación como si nunca se hubiera movido. Jiho, en cambio, era un misterio incluso en cosas tan simples como el desayuno. Algunos días aparecía antes que todos y desaparecía sin hacer ruido. Otros bajaba cuando la cocina ya estaba vacía, como si evitara coincidir con el resto. Sin darse cuenta, Seo-yeon empezó a distinguir el sonido de los pasos de cada uno sobre la escalera. Aquello le pareció extraño la primera vez que lo notó. Después dejó de pensar en ello. El trabajo ocupaba la mayor parte del día. Las transmisiones en vivo del grupo necesitaban fondos nuevos cada semana, las r************* pedían contenido constante, y Seo-yeon se convirtió, sin proponérselo, en la persona que sostenía visualmente toda la presencia pública de ONYX durante el encierro. Dibujaba doce horas algunos días, parando solo para ayudar con las tareas domésticas que se repartían de manera desigual entre los siete —ella terminaba haciendo más de las que le correspondían, aunque nadie se lo pidiera directamente. —No tienes que limpiar después de nosotros —le dijo Min una tarde, encontrándola recogiendo platos del salón de ensayo improvisado—. No es tu trabajo. —No me molesta —respondió ella, y era cierto, en parte. Le molestaba menos limpiar que sentir que no hacía lo suficiente para merecer estar ahí. Min se quedó observándola un momento, con esa atención calmada que lo caracterizaba. —Hay una diferencia entre ayudar y sentir que tienes que ayudar —dijo—. Solo... ten cuidado con confundir las dos cosas. Seo-yeon guardó ese comentario con la misma naturalidad con la que se guarda un consejo amable que uno cree que nunca va a necesitar. Las noches eran distintas. Sin entrevistas, sin shows, sin nada que los obligara a mantener la versión pública de sí mismos, el grupo se relajaba de maneras que Seo-yeon empezó a notar con más atención de la que admitía. Jeong se volvía más hablador después de la medianoche, cuando ya no había cámaras ni horarios. Hyun cocinaba platos de su infancia y los compartía con todos, contando historias de su familia con una nostalgia que lo hacía parecer, por un momento, mucho más joven. Jiho seguía siendo el más callado, pero Seo-yeon empezó a notar que la observaba —no con la indiferencia que mostraba durante el día, sino con algo más parecido a la vigilancia. Cada vez que Yul se sentaba demasiado cerca de ella, o que Haon le hacía algún comentario en voz baja que la hacía sonreír, Jiho apartaba la mirada con una brusquedad que no parecía desinterés. Ella no le dio importancia. Tenía demasiadas cosas en la cabeza para detenerse a descifrar los silencios de un hombre que apenas le hablaba. La primera grieta real ocurrió una noche, casi sin que ninguno de los dos la viera venir. Seo-yeon trabajaba hasta tarde en un diseño para el próximo streaming, frustrada porque algo en la composición no terminaba de funcionar. Haon entró al estudio improvisado a buscar un cargador y se quedó, sin que ella lo invitara, mirando el boceto por encima de su hombro. —Está mal el ángulo de luz —dijo, señalando una esquina del dibujo—. Viene de dos lados distintos. Por eso se ve plano. Ella lo miró, sorprendida. —¿Tú entiendes de composición? —Entiendo de cámaras —respondió él, con esa media sonrisa que reservaba para muy pocos momentos—. No es tan distinto. Se sentó a su lado sin que ella se lo pidiera, y durante la siguiente hora trabajaron juntos en corregir el boceto, hombro con hombro, en una cercanía que ninguno de los dos buscó del todo pero que tampoco ninguno evitó. Hablaron de trabajo, sí, pero también de cosas que no tenían nada que ver: de dónde venían, de lo que extrañaban del mundo de afuera, de lo raro que era sentir que el tiempo, encerrado, se movía distinto.La conversación fue avanzando con una facilidad inesperada. Descubrieron que ambos preferían trabajar de noche cuando podían hacerlo sin interrupciones. Hablaron de las ciudades que más extrañaban visitar y de los lugares a los que querían ir cuando el mundo volviera a abrirse. En un momento, Haon tomó uno de los lápices que descansaban sobre la mesa y empezó a hacerlo girar entre los dedos. —Siempre llevas el mismo estuche. Seo-yeon sonrió. —Porque no puedo reemplazarlo. —¿Es muy caro? Ella negó con la cabeza. —No. Solo fue el primero que pude comprar con un trabajo importante. Haon observó el estuche unos segundos antes de devolverlo exactamente al mismo lugar donde estaba. —Entonces sí es difícil de reemplazar. Ella levantó la vista. Era una frase sencilla. Pero había entendido perfectamente lo que quería decir. Durante un instante ninguno volvió al dibujo. El silencio ya no era incómodo. Solo era el tipo de silencio que aparece cuando dos personas empiezan a sentirse cómodas compartiendo el mismo espacio. —Eres distinta a como pensé que serías —dijo Haon, en algún momento, quitando la mirada rápidamente, como si le costará mirarla a los ojos. —¿Cómo pensaste que sería? —No sé. Más... fácil de impresionar, tal vez. —Hizo una pausa—. No lo eres. No fue un gesto, ni una palabra fuera de lugar. Fue solo una cercanía que se sintió distinta a todas las demás cercanías de esa casa: elegida, mutua. Esa noche, cuando finalmente subió a su cuarto, Seo-yeon se quedó un rato despierta, mirando el techo, pensando en lo fácil que había sido estar cerca de alguien sin que nada se sintiera forzado.
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