Ahí estaba Roberto “mi mejor amigo” cogiendo con mi esposa en mi propia cama. Ella, inclinada en cuatro extremidades con el trasero erguido recibiendo fuertes embestidas de su amante. Sus gemidos comenzaron a subir de intensidad al ritmo del golpeteo de las bolas de Roberto con las nalgas de mi mujer.
Dejé caer el ramo de flores al piso.
—Lamento interrumpirlos, solo voy a entrar por una maleta —. dije y se separaron de inmediato.
—Adrián yo…— El rostro enrojecido de Karina por la excitación y por la vergüenza del momento se quedó grabado en mi mente.
—No digas nada, no me interesa escucharte —. Dije con la mayor tranquilidad posible, caminé hasta el closet, tomé una maleta y la llené con algunas de mis cosas.
Estoy seguro que Roberto hablaba mientras se vestía deprisa, sin embargo, no escuché nada de lo que decía. El analgésico que había tomado minutos antes no había servido de nada. La cabeza estaba punto de estallarme.
Vagamente escuché el llanto de Karina, tuve que obligarla a soltarme cuando intentó detenerme, pues tuvo la desvergüenza de pedirme perdón, de llorar y suplicar para que no me fuera e, incluso, de jurarme que me amaba.
Subí la maleta al asiento trasero de la lujosa camioneta que le había comprado para su cumpleaños y que todavía mi empresa estaba pagando con un crédito. Era más que suficiente dejarle mi modesto sedan.
—Puedes quedarte con la casa —. Dije antes de subir y hundir el pie en el acelerador.
Todavía por el retrovisor pude ver la desfachatez con la que salió a la calle, desnuda, solo envuelta con una sábana mientras su amante subía a su auto y se alejaba con rapidez, dejándola sola.
Conduje sin rumbo fijo por un momento, no sabía a donde ir, mi cerebro estaba bloqueado a las emociones, tanto, que no tenía idea de lo que estaba sintiendo: ¿ira? ¿decepción? ¿asco?
Todo, sentía todo al mismo tiempo, aunque yo no era el tipo de hombre que demostraba mucho sus sentimientos. No estaba dispuesto a dejarme caer por esa situación, agradecí que mis hijos estuvieran lejos, en otro país para que no pudieran ser testigos de tan desagradable situación.
Sentí un hueco en el estómago, ahí se me acumulaba el estrés y causaba estragos en mi salud. Recordé las indicaciones del médico y con toda la calma del mundo, me dirigí hacia el restaurante donde había reservado para cenar.
No iba ahogar mis penas en alcohol, mucho menos en llanto. No tenía caso, Karina había tomado una decisión y aunque me suplicó perdón, yo no podría olvidar lo que vi y hacer como si no hubiera pasado nada.
Entré en el restaurante.
—Tengo una reservación a nombre de Adrián Morales —. El capitán buscó mi nombre en la lista y me llevó a mi mesa.
Yo mismo me sorprendí al escuchar la frialdad en mis palabras, pedí la carta, el platillo más caro y cené, como si no hubiera pasado nada.
Terminé mi cena y bebí una copa de vino, mientras la miraba, recordaba cada segundo de la escena vivida. Mi mujer, cogiendo con mi mejor amigo, en mi cama.
—¡Salud! — Brindé por ellos y llevé mi mirada hacia la ventana.
Ahí, del otro lado de la calle, en una cafetería, estaba la hermosa mujer con la que había chocado unas horas antes. Con la mirada en el vacío, los ojos aguados, pero sin derramar una sola lágrima, meneaba el café con la cuchara.
La miré durante horas, ni ella bebía de su café, ni yo bebía mi vino. Era como si nos hiciéramos compañía sin saberlo. Como si tuviéramos un pacto de silencio.
—Señor Morales, ya vamos a cerrar —. Dijo el capitán extendiendo mi cuenta y colocándola sobre la mesa.
Al mismo tiempo la misteriosa mujer se puso de pie, supuse que por la misma razón porque la vi asentir al camarero y sacar un billete de su bolso.
Pagué mi cuenta y salí corriendo, quería verla de frente, un extraño impulso me empujaba a querer propiciar otro encuentro con ella. Sin embargo, en el preciso momento que salí a su encuentro, ella subía a un taxi y se alejaba, sin siquiera mirarme.