CAPÍTULO 1: OJOS GRISES BAJO LA BATA BLANCA
CHRISTOPHER
El olor a desinfectante y a miedo siempre me había parecido una combinación extraña, pero en el ala de pediatría del hospital, ese olor se mezclaba a menudo con el de los caramelos y el talco para bebés. Me ajusté la bata blanca sobre mi camiseta negra de algodón. A simple vista, yo era solo el doctor Christopher Lombardi, un pediatra amable que pasaba sus días escuchando los corazones de los niños y calmando a madres ansiosas. Nadie aquí sabía de dónde venía mi apellido. Nadie se imaginaba que las manos que ahora sostenían un estetoscopio habían sido entrenadas para sostener un arma de calibre nueve milímetros.
Salí del consultorio arrastrando los pies, cansado tras una guardia de doce horas. Llevaba mis jeans oscuros de siempre y mi chaqueta de cuero colgada en el hombro, listo para marcharme a mi departamento. Fue en ese pasillo de luces blancas y brillantes donde la vi por primera vez.
Ella estaba de espaldas, ordenando unas gasas en un carrito metálico. Tenía un cabello castaño claro, lleno de ondas suaves que caían libres por su espalda, rompiendo todas las malditas reglas de uniforme del hospital. Cuando escuchó mis pasos, se dio la vuelta. Sus ojos eran enormes, de un color café tan cálido que por un segundo me olvidé de respirar.
- ¿Usted es el nuevo pediatra, el doctor Lombardi? - preguntó ella. Su voz no era tímida; tenía un tono firme que me puso los pelos de punta.
- El mismo - respondí, cruzándome de brazos - ¿Y tú eres...?
- Isabella Moretti, la enfermera jefa de este turno. Pero todos me dicen Bella - dijo, mirándome de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en mi chaqueta de cuero - Doctor, aquí usamos el uniforme completo. Las chaquetas de civil se quedan en los casilleros. No queremos traer bacterias de la calle a los niños.
Sonreí de lado, sintiendo una chispa de molestia. En mi otro mundo, nadie me cuestionaba. Las mujeres con las que pasaba las noches hacían lo que yo quería, no me hacían preguntas y al amanecer yo ya ni recordaba sus caras ni sus nombres. No me importaban. Pero esta enfermera me estaba mirando como si fuera un estorbo.
- Escúchame bien, Bella - le dije, dando un paso adelante y usando mi tono más suave, ese que usaba para calmar a los pacientes, pero que a ella pareció fastidiarle - Sé perfectamente cómo cuidar a mis pacientes. Mi chaqueta está limpia. Preocúpate por tus gasas y déjame mi ropa en paz.
Bella alzó una ceja, apretando los labios con indignación. Su rostro se puso un poco rojo por el enfado, lo que la hacía ver extrañamente hermosa.
- Excelente comienzo, doctor. Veo que además de sabelotodo, es un arrogante - respondió ella antes de darme la espalda y empujar su carrito con fuerza por el pasillo.
Me quedé mirándola mientras se alejaba. "Vaya personajito", pensé, sintiendo que los latidos de mi corazón se aceleraban, y no precisamente por el cansancio.
BELLA
Hay dos tipos de médicos en este hospital: los que aman a los niños y los que aman su propio ego. Estaba completamente segura de que el doctor Christopher Lombardi pertenecía al segundo grupo. Sí, tenía unos ojos grises que parecían capaces de leerte los pensamientos y unos brazos fuertes que llenaban esa camiseta ajustada de una forma casi ridícula para un hospital, pero su actitud me había parecido insoportable.
Entré a la habitación número cuatro, donde se encontraba el pequeño Leo, un niño de seis años que llevaba dos días ingresado por un fuerte dolor abdominal. Su madre estaba sentada al borde de la cama, con los ojos llorosos de tanto cansancio.
- Hola, mi campeón - le dije a Leo con una sonrisa enorme, cambiando por completo mi rostro enfadado - ¿Cómo sigue esa pancita hoy?
- Me duele mucho, Bella - susurró el niño, encogiéndose en la cama y abrazando un oso de peluche - Siento como si tuviera un monstruo adentro dándome patadas.
Le toqué la frente; estaba ardiendo en fiebre. Le revisé el pulso y mi corazón dio un vuelco al notar lo rápido que latía. Su piel estaba pálida y sudorosa. Toqué suavemente su vientre, en la parte inferior derecha, y el niño soltó un grito de dolor terrible que me heló la sangre.
- Leonor, voy a llamar al médico de inmediato - dije, tratando de mantener la voz tranquila para no asustarla, aunque por dentro estaba entrando en pánico.
Salí corriendo al pasillo. El dolor de Leo había empeorado demasiado rápido. No era una simple infección estomacal. Busqué con la mirada y, para mi mala suerte, el único médico cerca era el insoportable de la chaqueta de cuero, que caminaba hacia la salida.
- ¡Doctor Lombardi! - grité, corriendo hacia él - ¡Es una emergencia! ¡Es Leo!
Christopher se detuvo en seco. Al darse la vuelta, toda la arrogancia de su rostro había desaparecido. En su lugar, vi una seriedad absoluta y profesional. Dejó caer su chaqueta de cuero al suelo sin importarle nada y corrió hacia mí.
- ¿Qué pasa? - preguntó mientras entrábamos a la habitación a toda velocidad.
- Fiebre alta, taquicardia y dolor agudo en la fosa ilíaca derecha. Ha empeorado en los últimos diez minutos - le expliqué rápido, hablando en ese lenguaje médico que ambos entendíamos a la perfección.
Christopher se acercó a la cama. Su mirada gris se volvió increíblemente dulce al mirar al niño. Se agachó para quedar a su altura.
- Hola, Leo. Soy el doctor Chris. Voy a tocar tu pancita muy despacio, ¿de acuerdo? Eres un chico muy valiente - le dijo con una voz tan suave y cariñosa que no pareció el mismo hombre de hace unos minutos.
Christopher presionó con la punta de sus dedos el abdomen del niño y luego soltó rápidamente. Leo lloró con fuerza. Christopher se levantó de inmediato y me miró con urgencia.
- Es una apendicitis aguda que se ha roto - me dijo en voz baja para que la madre no lo escuchara - Hay signos de peritonitis. Si no lo operamos ahora mismo, la infección se extenderá por todo su cuerpo y será muy peligroso. Bella, llama a quirófano central. Diles que preparen la sala de operaciones de urgencia. Yo prepararé al niño. ¡Muévete!
No lo dudé ni un segundo. Olvidé lo mal que me caía. Corrí al teléfono del pasillo para activar el protocolo de cirugía de emergencia. En ese momento supe que, aunque Christopher Lombardi fuera un hombre misterioso y engreído, cuando un niño estaba en peligro, se convertía en un héroe.