2.

1502 Words
Las patrullas estaban ya listas para iniciar su recorrido cuando llegó al campo de entrenamiento. Todos sus hombres le saludaron con inclinaciones de cabeza y sin decir palabra, se despojaron de sus ropas y liberaron sus lobos. Ante un gesto del alfa, tomaron diferentes direcciones. Adrian se unió a la patrulla que se dirigía al sur y luego de correr con ellos por un buen trecho, se separó y continuó bordeando los límites de su territorio. Simplemente cedió el control a su lobo y dejó su mente vagar. De pequeño, fue el niño modelo. El perfecto hijo del alfa. Curioso, inquieto, aprendía muy rápido. Seguía a su padre a todo lado y a pesar de su corta edad, Julian Ferro no perdía oportunidad de inculcar en él el sentido del deber con su manada. Y aunque Adrian admiraba profundamente a su padre, no podía esperar a que llegara el día en que tomara su lugar. Sin embargo, todo cambió cuando su lobo despertó, al cumplir dieciocho años. Su bestia era terriblemente agresiva y dominante. Si bien sabía que por ser un alfa su lobo sería fuerte, no esperaba que fuera tan difícil de controlar. De hecho, durante los primeros meses, no le era posible controlarlo completamente. Parecía tener mente y voluntad propia. Reaccionaba de forma agresiva a la más mínima provocación y no tenía ningún interés en los asuntos de la manada, lo que generó crecientes roces con su padre. “Te comportas como un salvaje” dijo Julian entre dientes. Había tenido que interrumpir el entrenamiento de los guerreros, pues uno de ellos había creído que era una buena idea burlarse del hijo del alfa y si su padre no hubiera intervenido, Adrian lo había desmembrado en medio del campo, sin que nadie se atreviera a intentar detenerlo. “Pues es lo que somos, padre” fue la respuesta del joven mientras se limpiaba los rastros de sangre en su boca con su antebrazo. “Es una parte de lo que somos, Adrian” replicó el alfa con tono severo “Una parte muy importante. Nuestros lobos nos hacen más fuertes y ágiles, nos permiten tener sentidos más agudos, pero también somos humanos, racionales y pensantes. No puedes permitir que tus instintos animales te dominen. Tú debes controlar al lobo” “Pensé que te agradaría saber que la manada tendrá un alfa fuerte, que elevará aún más el nivel de sus guerreros” replicó con sarcasmo. “Un alfa no puede dedicarse únicamente a la defensa de la manada. Un alfa debe administrar los recursos y atender las necesidades de su gente, de cualquier índole. Nadie cuestiona tu fuerza y valor, Adrian” agregó con un tono un poco más conciliador “No tienes nada qué demostrar en esa área. Pero la manada debe confiar en que sabrás escucharlos y apoyarlos en los aspectos más mundanos de su vida” Aunque sabía que su padre tenía razón, no cambió su actitud. Era más fácil dejarse llevar por sus instintos. No quería pasar todo el tiempo luchando contra la otra parte de su alma. Las tierras de la manada eran ricas y apetecidas por alfas codiciosos y grupos de lobos errantes. Vivían en constante amenaza y él debía asegurarse que nadie se atreviera siquiera a considerar que tenía una posibilidad contra sus hombres. Para todo lo demás, tendría un beta y una luna que se encargaran de esos asuntos. Durante los siguientes dos años el distanciamiento entre su padre y él solo parecía aumentar. No se involucraba en los asuntos de la manada más allá de entrenar con los guerreros y patrullar los bordes del territorio. Pero en una noche, en unas pocas horas, todo cambió. La tranquilidad de la noche fue interrumpida por un movimiento inusual de guerreros en la villa. “¡Adrian!” su madre se acercaba a él con pasos tambaleantes “¡Adrian! ¡Tu padre está herido! ¡Está muy malherido, puedo sentirlo!” prácticamente se arrojó a sus brazos. “¿Herido? ¿Qué sucedió?” miró a su alrededor, desconcertado. “Lobos errantes en la frontera sur” susurró su madre, su respiración entrecortada. “¿Errantes? ¿Por qué nadie me alertó?” sintió la rabia llenar su pecho. Hizo un gesto a una de las omegas para que se encargara de su madre y echó a correr fuera de la casa. Sin demora, dejó que su lobo tomara el control y trató de comunicarse con su padre, pero no respondía. “¡Kostas!” gritó a través del enlace “¿Dónde estás?” “Cerca del peñón” respondió el beta de su padre. Era evidente que estaba en medio de la batalla “Son demasiados, Adrian” No necesitaba escuchar más. Se obligó a recorrer la distancia que lo separaba del enfrentamiento a toda velocidad. ¿Por qué no había recibido la alerta? Esto era culpa de su padre. Intencionalmente le había ocultado el ataque, lo que era absurdo. Él era el mejor guerrero. El más ágil y fuerte. ¿Qué pretendía? Todo su ser se estremeció cuando alcanzó a escuchar los gruñidos y gemidos de la lucha. Eran al menos una veintena de lobos errantes. Atacaban en grupo, así que los guerreros tenían dificultad de lidiar con ellos. Vio al pie del peñón a su padre, que lidiaban con tres lobos al tiempo. Su pelaje se veía más oscuro, debido a la profusa hemorragia que brotaba de su cuello. Era evidente que estaba llegando a su límite, pero no estaba dispuesto a rendirse. La rabia lo cegó y todo a su alrededor desapareció. Solo quería acabar con esos malditos que se habían atrevido a cruzar los límites de su tierra. Se arrojó sobre el errante más cercano. No podía pensar, no razonaba. Solo se movía según su instinto. Finalmente, luego de unos instantes – no podía decir si habían pasado minutos u horas – un profundo silencio lo rodeó. Se detuvo en medio del campo y solo se divisaba a su alrededor los cuerpos sin vida de los enemigos. Más guerreros habían llegado para ayudar a sus compañeros. Al girar la cabeza, vio un cuerpo tendido, rodeado por un charco de sangre. El alfa había recuperado su forma humana y Adrian corrió hacia él. “¡Padre!” por primera vez en dos años, su lobo le cedió el control sin resistencia. Se inclinó para tomarlo en sus brazos. Debía llevarlo a la casa cuanto antes. “Adrian…” la voz del hombre era apenas un susurro “Eres el nuevo alfa…” “No digas tonterías” le interrumpió fríamente “Solo deben atender tus heridas y estarás bien” “No… el momento ha llegado” cerró los ojos un instante. “No es mi momento. No estoy listo para ser alfa. Lo has dejado muy claro en los últimos dos años” replicó con amargura. “Debes proteger a la manada… siempre” su padre se aferró a sus brazos, su mirada fija en él “Siempre la manada primero, lo sabes. Tu lobo es fuerte. Tú eres fuerte y sé que no permitirás que nadie amenace a nuestra gente… Que nadie los lastime… Escucha a Kostas… Escúchalo… Sé que lo respetas y valoras su opinión… Él te enseñará a controlar a tu lobo. Debes aprender a controlar a tu lobo. La manada te necesita…” “Solo déjame sacarte de aquí “dijo Adrian tratando de ignorar sus palabras, pero la opresión en su pecho evidenciaba que habían calado en su mente y en su corazón. “Estoy orgulloso de ti, hijo” “No, no lo estás” trató de incorporarse, pero su padre usó las últimas fuerzas que le restaban para detenerlo. “Estoy orgulloso de ti, Adrian” repitió y cerró los ojos. Adrian se detuvo. Su cuerpo protestaba por el esfuerzo. ¿Por qué estaba allí? Nunca visitaba esa parte del territorio. Frente a él, el peñón no era más que una mancha oscura y atemorizante. Abstraído por sus recuerdos, no se había percatado que había llegado hasta allí. Y como solía suceder cada vez que estaba en ese lugar, volvía a experimentar la dolorosa punzada en el pecho cuando el vínculo del antiguo alfa con su manada se rompía y la cálida corriente de energía que recorrió su cuerpo cuando el poder de alfa se trasladó a él. Volvió a su forma humana y se dejó caer sobre el césped. Su cuerpo lleno de sudor, su corazón latiendo a toda velocidad. Miró el cielo estrellado, sin una sola nube. Sí, había logrado proteger a su manada, ahuyentar a los lobos errantes, dejar claro a los demás alfas que sus tierras no pasarían a otras manos. Pero su fuerza no haría que el agua volviera a brotar en el manantial. Su fuerza no haría que lloviera y los campos reverdecieran. No se trataba solo de proteger la manada, se trataba de su supervivencia y debía hacer lo necesario por garantizarla.
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