GIANNA
La tormenta debía pasar y él debía irse.
Su presencia en la villa me incomodaba y saberlo merodeando cada parte lo consideraba horrible. Como si una bestia al acecho de tratara sabía que debía estar observando. No tenía dudas en que podía matarme si lo deseaba pero confiaba en que podría controlar esas ganas sabiendo perfectamente lo que causaría con ello.
La tormenta no pasaría pronto, pues los monzones de los meses invernales siempre solían traer consigo tormentas que duraban días y días. Posiblemente no estaba en sus planes pasar tanto tiempo, sin embargo, no podía zarpar en un barco en medio de una tormenta a menos que deseara morir y aunque quisiera hacerlo, pues un rey sin heredero debía ser cuidado como si se tratara de alguna joya invaluable.
Los hombres que había traído consigo parecían haber sido lo único bueno, pues las mujeres de la villa parecían extasiadas con la presencia de la guardía real, incluso Hela quien ya había puesto sus ojos en un atractivo guardía que según ella robaba miradas.
—Dichosa tú que puedes dormir con quien quieras.
—Si me permite decirlo, dichosa usted que según el reino se acuesta con el hombre más deseado de los dominios del reino—murmuró haciéndome sonreír.
¿Dichosa?
—Al menos me alimenta la satisfacción de que el reino lo piense, pero cualquier buen sentimiento que podría invadirme es eliminado cuando recuerdo lo infeliz que es y la forma poco ortodoxa que tiene de pasarme sus amantes en la cara.
—No hay hombres a decir verdad. Así que no se preocupe. La humillación la siente usted, pero es claro que ninguna de esas mujeres que duerme con su marido aspira a ser algo más que una compañera de cama y aunque lo hicieran, dudo que pudieran hacerle cara para robar su posición.
—No necesitan robarla cuando él quiere dárselas en bandeja de plata.
Hela chasqueó la lengua mientras terminaba con mi tocado. Se inclinó para poder decir lo que había llegado a su cabeza y con una sonrisa, musitó.
—Él rey no es absoluto en todo y hay cosas contra las que no puede luchar y el poder de su familia es uno de ellos. Anoche estaba furioso, creo que usted le agota la paciencia. Los guardias han dicho que no permitió que nadie le viera anoche y eso hablaba de su mal carácter.
Sonreí.
—Me alegra amargar sus días después de que él me ha amargado seis años. Si pudiera encontrar una forma de amargarlo lo haría, pero cuando dice que no le importa lo que haga o deje de hacer me pone en una situación complicada.
Llevaba pensando toda la noche en como hacerle la vida imposible durante estos días llenos de tormenta pero ni una buena idea había llegado a mi cabeza y eso me llenaba de coraje. A él le era sencillo amargar mis días.
—Tiene muchas formas, ahora que está a su merced.
—¿Él está en la mía o yo en la suya?
—Depende de quien deteste más a quien.
Depende de quien deteste más a quien.
La villa era enorme y pensar en no toparme con él era posible, pero no cuando el destino estaba empeñado en que le viera la cara a todas horas. Mi mañana constaba de un delicado itinerario, tenía que ver mis flores middlemist, una especie rara de flor con bellos pétalos y un color salmón. Mi madre había sido una amante de la jardinería innata y yo había heredado ese gusto de forma culposa. Adoraba las flores y era fiel creyente de que las plantas sentían el estado de ánimo. Dude en ir, no quería que mi carácter fundamentado en la presencia de mi marido en la casa, las marchitara.
El jardín me dió la bienvenida pero el silencio que lo caracterizaba esta vez estaba roto por el sonido de las espadas. Mi vestido detuvo ese ligero vaivén cuando descubrí el centro del jardín siendo sede de un encuentro amistoso entre Maxim y el que reconocía, era Keran, el comandante de la guardía real y su más cercano vasallos. Mis ojos se quedaron fijos en ambos hombres mientras sus cuerpos sudorosos comunicaban que llevaban rato sometidos a una fingida batalla.
¡Por Dios poderoso!
En tiempos pasados había apreciado el torso del rey. Posiblemente mi mente enamorada hubiera dicho que no había ningún hombre más fornido que él en todo el reino, pero eso había cambiado, ya no estaba enamorada y me encontré sometida a la terrible verdad, no era porque estaba enamorada, era porque realmente era así pero ahora su brazo y pecho estaban cubiertos de perfectos tatuajes que parecía haberse hecho en algún punto de los pasados seis años.
Mis ojos no pudieron despegarse de aquella zona hasta que mi análisis de tan espectacular espécimen de hombre terminó. Agradecí que estuviera demasiado ocupado como para ver que mis ojos estaban fijos en él, pero mi presencia no tardó en ser comunicada por uno de los mayordomos que de la misma forma que los demás, habían venido con él para garantizar su comodidad.
—Buenos días, majestad—saludó dedicándome una reverencia mientras yo aprovechaba para caminar hacía ellos como si no me molestara haber sido interrumpida cuando apreciaba una magnífica vista.
Maxim terminó por aprovechar que Keran había volteado en mi dirección para después propinar un golpe a punto de vista traidor que terminó con el hombre en el suelo y con la punta de la espada en su cuello a un milímetro de arrebatarle la vida con una estocada traicionera.
—No te confíes Keran, menos centrándote en ojos traidores que pueden causarte la muerte. Hemos terminado por hoy. No necesitaré de sus servicios por ahora.
El comandante asintió y después Maxim alejó la espada de su cuello. Ya estaba. Se levantó del suelo sin perder de vista de la espada.
—Claro, majestad.
El mayordomo le ofreció un vaso de agua y lo rechazó haciendo un gesto un tanto grosero para que se marchara. Observé a ambos hombres desaparecer y después regresé mi atención a él. Maxim se afirmaba de su enorme espada, espada que atesoraba más que nada pues había sido un regalo por parte de su familia paterna y valía posiblemente mil villas como la que ahora nos hospedaba debido a la joya que decoraba su empuñadura, un rubí color púrpura, único en su clase y con ninguna otra piedra similar que le hiciera competencia en cuanto a rareza o precio.
—¿Apareceras delante de mí cada día?
—Es mi villa.
—No cuando yo estoy en ella. Olvide ordenar que se te encerrara en tus aposentos hasta que abandonara la isla—comentó para después levantar el arma y buscar su funda que permanecía sobre la mesita del jardín.
Levanté una ceja sin poder creerlo.
—¿Algún día tendrás límites? Primero me alejas del palacio que es mi hogar, después me encierras en una villa en una especie de monasterio y después quieres mantenerme en mi habitación. ¿Qué sigue? ¿Encerrarme en un baúl?
—Es buena idea.
Tomó un tenedor y picó con él un trozo de fruta que el mayordomo debió dejar allí para matar el hambre después del esfuerzo físico de la mañana.
—Mandaré a buscar un baúl de tu tamaño, querida.
—Estos son mis jardines. Me gustaría pedirte que no lo uses para tus entrenamientos matutinos si es que no quieres verme la cara, pues yo tampoco deseo hacerlo. Vete en cuanto pase la tormenta y te recomendaría que olvides las razones que te han traído aquí.
Lo miré sonreír burlonamente.
—¿Me estás ordenando hacerlo?
—Te lo estoy pidiendo.
Sus movimientos fueron rápidos, el arma que aún no había guardado en su funda terminó cerca de mi cuello de la misma que con Keran. Mis ojos vieron el filo relucir y el brillo de la espada me hizo dar un paso atrás. ¡Era un demente!
—No estás en condiciones de pedir o ordenar nada. Manténlo en mente. Ahora entiendo porque la decoración y las flores son tan básicas.
No había nada de básico, todo era perfectamente elegante como la villa administrada por una reina debía de ser.
—Solo me interesa lo que yo piense, si no te agrada no te juzgaré, son tus gustos, así que evitame la pena de tener que escucharte. Aleja tu espada de mi cuello.
No lo hizo, en cambio acercó el arma aún más no dejándome más remedio que tomarla para quitarla antes de que lograra herirme. El ardor del corte no tardó en aparecer pero el arma bajó alejándose de alguna zona donde pudiera hacerme daño.
La solté cuando estuvo abajo.
—He de admitir que eres valiente, pero también estupida.
—He de admitir que…eres necio y no entiendes nada de mí—repliqué para después darme la vuelta y alejarme, pero su voz me detuvo en mi tarea.
—¿Quién es más necio de los dos Gianna? ¿Yo por desear quitarte de mi vida o tu luchando por mantenerte dentro?
—Será más necio quien logre deshacerse del otro primero. Tu tienes todo en contra y yo todo a mi favor. La balanza se inclina hacía mi pero aun así te empeñas en poner al reino en riesgo por tus absurdos deseos de libertad. Cierra la puta boca, follate a tus zorras y dejame dominar la corte que me pertenece. No provoques una guerra por una mujer que está muerta.
—Tienes prohibido decir su nombre.
—¿De quién? ¿De la mártir de la corona?—pregunté de forma burlona—. Me odias y me tratas como lo haces, e incluso has provocado el mismo odio de mi para ti, por la simple razón de que me culpas de su muerte. ¿Pero quién la mató realmente? ¿Acaso no la mataste cuando te enamoraste de ella? Imagina tan solo un heredero nacido de una mujer vasalla y no de sangre noble. Alsten hubiera sido la burla de los reinos vecinos. ¿Cómo le habrían llamado a tu hijo con ella? ¿El príncipe de baja cuna? ¿El príncipe plebeyo tal vez?
Sentí un líquido caliente en mi mano y después el sonido de una gota de sangre caer al suelo debido al profundo corte que me había hecho en la palma. Escuché el sonido de un objeto envolvente en el aire y después un cuchillo salió volando y pasó a no más de diez centímetros de mí. La filosa punta terminó enterrada en el concreto del pilar a mi lado.
—Cada día que paso aquí me doy cuenta que quieres morir, Battenberg y un día de estos terminaré cumpliendo tu jodido capricho.
—Un cuchillo, una espalda, tus manos, no importa cuantas veces siempre terminara igual, contigo enfadado y sin el valor para terminar ninguno de tus intentos por asesinarme porque no eres un rey estupido y sabes en el fondo que lo que digo es verdad.
—¡No tienes ningun puto derecho a decir eso de ella!
Voltee y entonces me encontré con que estaba más cerca de lo que pude haber imaginado. Nuestros zapatos terminaron chocando y lo primero que encontré cuando levanté la mirada fueron sus ojos furiosos.
—¿Y porque el reino si tiene el derecho de hablar de mí debido a tus amantes y a mi encierro? ¿Porque yo sí lo merecía y no ella?
A pesar de que la mayoría si creía sus mentiras sobre mi retiro voluntario, había otros que si pensaban que era porque me rechazaba, especialmente aquellas casas nobles que no eran partidarias de mi familia en absoluto. Esos rumores igual me rondaban como buitres ante un cadáver.
—Porque a diferencia de ella, tu si eres una jodida traidora—exclamó con completo desdén. ¿Una traidora? Mis ojos parecieron divertidos ante su afirmación, pero por dentro el carbón aún ardiendo del dolor de ser juzgada pareció desprender una ligera humareda y encender una pequeña llama.
Comprender que lo que decía me dolía me golpeó el ego.
—Entonces muere de coraje mientras está jodida traidora te dice la maldita verdad, porque nunca tendrás una mentira de mi boca, Luxemburg. Tu follate a tus amantes, deja que él reino hable a mis espaldas sobre que ni siquiera soy merecedora de la fidelidad de mi marido pero a mi dejame hablar como yo desee de tus errores y de la realidad de tus circunstancias, porque quien lanza una piedra, debe de preparar la cabeza para recibirla de regreso. Tus amenazas tienen la misma importancia para mí que él hecho de que te follaste a medio imperio.
Sus ojos que estaban fijos en mis ojos bajaron hacía mi escote y los mantuvo allí varios segundos. Mi mano ensangrentada terminó por posarse en su pecho dejando un camino carmesí. Al ver que no se apartaba recorrí su brazo hasta poder tocar su mano. Sus perfectos tatuajes se cubrieron de sangre y por una razón que desconocí terminó por aceptar mi tacto que lo guió hasta que posó sus grandes manos sobre el monte de mis pechos.
Un escalofrío me recorrió la espalda y bajó por mi columna hasta perderse en medio de mis piernas cuando deslizó sus dedos dentro del escote y no solo encima. Casi rozó uno de mis pezones con sus dedos y después conectó sus ojos con los míos. No me importó que el lindo vestido con ese escote V marchara las orillas del color carmesí. Mi cuerpo se erizó por completo y tragué saliva. ¿Cómo era posible que solo una simple acción pudiera provocar tanto?
Mis propios dedos se sentían bien, pero al parecer los dedos ajenos podrían sentirse mejor.
—Pudimos tenerlo todo Maxim, pero no me escuchaste y en cambio acrecentaste el odio que me tenías con el tiempo y alimentaste el mío con tus acciones—susurré mientras mantenía mi mano sobre la suya sobre mi escote.—No me provoques y no intentes hacerme daño, porque cada vez que intentes hacerlo, obtendrás lo contrario de lo que buscabas, eso puedo asegurarlo.
Me coloqué de puntillas para poder alcanzarlo aprovechando que estaba un poco inclinado. Me sacaba posiblemente dos cabezas y era totalmente aceptable sentirse intimidada ante un hombre tan alto y grande en tamaño, pero no era mi caso. Si decía que le era repulsiva mi cercanía debía molestarle. Mis labios se acercaron demasiado pero no llegaron a tocarle.
—Me has declarado la guerra y cuando salga de aquí obtendrás la ruina, así que te aconsejo no bajar la guardia, porque no dejas de ser un hombre y recuerda que eres susceptible a caer ante ciertas tentaciones en las que pareces deseoso de caer y pueden salirte caro.
Le hice sacar la mano de mi escote y regresé a mis aposentos con el aliento faltante y con el corazón latiendo a mil por ahora, además claro, de la poderosa sensación que me recorrió el cuerpo completo y terminó perdiéndose en mi entrepierna como una advertencia burlona que me decía que no debía jugar con fuego, a no ser que deseara terminar quemandome.