Paris —¡Dije que no quiero ser molestada! —grito en cuanto no dejan de llamar a la puerta de mi oficina, la cual se abre sin que dé la autorización, revelando el rostro sonriente del rubio médico que me atendió el día de ayer—. ¡Oh demonios! —exclamo al cerrar la laptop frente a mí. —Señorita Kozlova, es tiempo de que usted vaya a tomar el reposo que le mandé —masculle el hombre con gran paciencia, sin borrar la sonrisa que mantiene marcada en sus bonitos labios. El médico Robert Smith, era un hombre bastante joven y guapo, podía andar en sus treinta años, y, con solo verlo, daba a entender que era un adicto al ejercicio y la vida sana, pues sus músculos resaltaban por donde quiera que se le viese. —¿Mi padre lo ha llamado? —Sí —admite al asentir con la cabeza—, y de verdad que está m

