El viento volvió a soplar con fuerza, como si el bosque quisiera recordarles que el peligro no se había ido… solo estaba esperando.
Aldren observó el ala herida de Lyrianne con atención silenciosa. La magia había cerrado la superficie, sí, pero él sentía el daño más profundo: una fractura invisible en el tejido etéreo de su esencia. No era una herida común. Era una marca de algo antiguo.
—No puedes quedarte aquí —dijo al fin, con voz firme como piedra.
Lyrianne alzó el mentón.
—No necesito tu compasión.
—No es compasión —respondió él—. Es estrategia.
Sus palabras no sonaron crueles. Sonaron calculadas.
Ella entrecerró los ojos, estudiándolo como si intentara descifrar un hechizo escrito en un idioma muerto.
—Hablas como si todo fuera una partida que puedes controlar.
Sin responder, Aldren extendió la mano.
Una corriente de energía azul brotó de sus dedos, suave pero irresistible. La magia rodeó a Lyrianne con delicadeza… y aun así la elevó del suelo.
El aire vibró.
—¿Qué estás haciendo? —exigió ella, moviendo las alas con esfuerzo.
—Evitar que mueras en mi bosque.
—¡Bájame ahora mismo!
Pero él ya caminaba.
La niebla se abría a su paso como si lo obedeciera. Los árboles inclinaban sus ramas. Incluso el viento parecía contenerse mientras el mago avanzaba hacia la torre.
La puerta de piedra se abrió sola.
Y se cerró tras ellos con un eco profundo, antiguo, casi ceremonial.
El interior de la torre respiraba poder.
Lyrianne fue depositada con suavidad sobre una mesa de roble oscuro. Las esferas de energía flotaban alrededor como pequeños astros cautivos, iluminando muros cubiertos de símbolos arcanos que latían con un pulso lento, como si la torre tuviera corazón.
El techo se perdía en sombras insondables.
Estanterías repletas de libros ascendían hasta desaparecer en la penumbra. Frascos de vidrio antiguo contenían líquidos luminosos que cambiaban de color con cada latido de magia. El aire olía a incienso seco, a tormenta detenida… y a siglos.
Lyrianne observó todo.
No con miedo.
Con interés.
—Así que este es el lugar donde el gran Aldren se esconde del mundo.
El mago la miró con frialdad contenida.
—No me escondo. Me aparto.
—Es lo mismo.
El silencio entre ambos no fue vacío.
Fue tenso.
Aldren se acercó para examinar su ala.
—No la toques —advirtió ella.
—Si no la toco, no sanará.
—Sanará sola.
—Eres orgullosa.
Lyrianne sostuvo su mirada sin titubear.
—Y tú estás acostumbrado a que todos bajen la cabeza.
Las esferas de luz temblaron.
No por viento.
Por él.
—No sabes nada de mí —dijo Aldren.
Su voz ya no era fría.
Era peligrosa.
—Sé que te temen.
—El temor mantiene el orden.
Ella sonrió apenas.
No fue dulzura. Fue desafío.
—El temor mantiene la distancia. No el respeto.
Algo se tensó dentro de Aldren.
No magia.
Algo más profundo.
Con un gesto mínimo, las puertas del salón se cerraron de golpe.
El sonido retumbó como un trueno atrapado.
—Estás en mi torre, hada. Aquí mis palabras son ley.
Lyrianne descendió de la mesa. Sus piernas temblaron apenas, pero logró mantenerse erguida. Su tamaño era menor, su cuerpo más frágil… pero su presencia llenaba el espacio como si estuviera hecha de luz sólida.
Se acercó hasta quedar a pocos pasos de él.
—En mi reino, Aldren… la ley protege. No domina.
Sus alas brillaron con un resplandor tenue, como si respondieran a su voluntad.
—No vine aquí para inclinarme ante ti.
El mago guardó silencio.
Era la primera vez en años…que alguien lo miraba sin miedo.
Sin odio.
Sin ambición.
Solo con verdad.
Y aquello lo desarmaba más que cualquier hechizo.
—Eres imprudente —repitió, pero la dureza había abandonado su voz.
—Y tú estás herido.
El golpe fue invisible.
Pero certero.
Aldren se apartó con brusquedad, como si ella hubiera tocado una cicatriz que nadie más podía ver.
—Descansa —ordenó—. Cuando recuperes fuerzas, te marcharás.
—No puedo.
—¿No puedes… o no quieres?
Lyrianne caminó lentamente hasta una de las ventanas altas. Desde allí el bosque se extendía infinito, envuelto en bruma, como un océano verde detenido en el tiempo.
—Si la oscuridad que me atacó logra abrir un portal entre los reinos… no solo caerán las hadas —dijo en voz baja—. También caerá tu mundo.
Aldren se acercó detrás de ella.
Su presencia era como una tormenta contenida.
—He protegido este bosque durante años.
—Solo el bosque —respondió ella, girándose para enfrentarlo—. No el mundo.
Sus miradas quedaron a centímetros.
La diferencia de estatura desapareció.
La intensidad no.
El aire entre ellos cambió.
No era hostilidad.
No era magia.
Era reconocimiento.
Y algo peligrosamente cercano al destino.
Entonces—
Una vibración recorrió la torre.
Los símbolos grabados en el suelo comenzaron a brillar con un tono rojizo, irregular, como sangre despertando.
Aldren alzó la vista.
Por primera vez… parecía alarmado.
—No… todavía no.
Lyrianne también lo sintió.
El aire se volvió pesado. Antiguo. Incorrecto.
—Nos encontró.
Desde lo profundo del bosque surgió un sonido.
Grave. Hueco. Imposible.
No era un rugido.
No era un grito.
Era peor.
Era una risa.
Y esta vez…
no provenía del mundo de los hombres.