Prólogo
Antes de que el cielo se rompa
El día en que la sombra recordó su nombre
Mucho antes de que el eclipse tocara el cielo de Arandor…
la oscuridad ya había despertado.
No hubo testigos.
No hubo gritos.
No hubo relámpagos quebrando el firmamento ni terremotos anunciando el desastre.
Solo ocurrió.
Y lo más aterrador de todo fue precisamente eso: que ocurrió en silencio.
El bosque de Arandor —antiguo más allá de la memoria de los reinos, más viejo incluso que las canciones de los sabios— se detuvo durante un solo latido del mundo. No fue un fenómeno visible. Nadie lo habría notado si hubiera estado observando. Pero el bosque lo sintió.
Las hojas dejaron de moverse.
El aire dejó de fluir.
Una semilla suspendida en su caída permaneció flotando como si el tiempo hubiese olvidado qué hacer con ella.
El viento… se detuvo.
Y el viento jamás se detiene.
Los animales alzaron la cabeza al mismo tiempo. Un lobo en el oeste, un ciervo en el centro, un búho en el norte. No se vieron entre sí. No compartieron pensamiento. Pero algo ancestral, algo grabado en la raíz misma de la vida, les dijo que el mundo acababa de cambiar.
Bajo tierra, en túneles donde nunca había entrado la luz, las criaturas ciegas se retorcieron inquietas. Los hongos luminosos se apagaron por un instante. Incluso la savia que corría dentro de los árboles vaciló en su camino.
Porque en lo profundo…
algo había pensado.
No fue un pensamiento con palabras.
No fue un sonido.
No fue una voz.
Fue conciencia.
Una presencia que no necesitaba forma para existir.
Había dormido durante siglos incontables, sellada bajo capas de piedra, raíces y tiempo. No soñaba. No respiraba. No latía.
Pero recordaba.
Recordaba la luz que la había herido.
Recordaba el poder que la había contenido.
Recordaba la traición.
Y ese recuerdo fue suficiente para despertarla.
Allí, en el lugar donde ni siquiera la magia se atrevía a descender, algo se agitó. No era cuerpo ni sombra, ni niebla ni humo. Era más antiguo que todos esos nombres. Era la idea misma de la oscuridad, el eco de una voluntad que existía desde antes de que el mundo aprendiera a nombrar las cosas.
No tenía ojos… pero veía.
No tenía oídos… pero escuchaba.
No tenía boca… pero comprendía.
El sello se debilitaba.
Lo sintió como una g****a diminuta en una prisión infinita.
Durante eras había permanecido inmóvil, paciente, esperando que el mundo olvidara. Esperando que quienes la encerraron desaparecieran. Esperando que el tiempo hiciera lo que siempre hace:
romper incluso lo eterno.
Un estremecimiento recorrió la tierra.
Fue tan leve que ningún humano lo sintió.
Pero la magia sí.
Y la magia nunca ignora una amenaza.
En el extremo sur del bosque, oculto tras muros de raíces gigantescas y pétalos que jamás se marchitaban, se alzaba el Santuario Antiguo. No figuraba en mapas. No aparecía en crónicas. Ni siquiera los viajeros que atravesaban Arandor durante toda su vida llegaban a saber de su existencia.
Era un lugar reservado para los secretos que el mundo no debía recordar.
En el centro del santuario reposaba un monolito blanco cubierto de símbolos arcanos. Las runas habían sido talladas antes de que los primeros reinos levantaran murallas, antes de que las primeras guerras dieran nombre a la ambición. Eran palabras escritas en una lengua tan antigua que ya no pertenecía a ningún pueblo vivo.
Durante siglos habían permanecido apagadas.
Hasta ese instante.
Una tras otra, las runas comenzaron a brillar.
No con violencia.
No con estruendo.
Sino con una luz plateada, fría y solemne.
La piedra vibró.
Una g****a microscópica atravesó uno de los símbolos.
No se rompió.
Pero cedió.
Y eso bastaba.
Muy lejos de allí, en el norte, una torre de piedra negra se alzaba solitaria sobre un claro donde nada crecía. Ni hierba. Ni flores. Ni insectos. El suelo parecía haber olvidado cómo dar vida.
La torre no tenía guardias. No tenía puertas visibles. No tenía estandartes ni emblemas.
Aun así, nadie se acercaba.
Porque todos sabían a quién pertenecía.
En lo alto, dentro de una cámara circular donde el aire olía a ceniza antigua, un orbe de cristal reposaba sobre un pedestal de hierro ennegrecido. Nadie lo había tocado en años.
Hasta que, sin aviso…
el cristal se agrietó.
Una línea delgada recorrió su superficie.
No se rompió.
Solo… se abrió.
Como si algo desde el interior hubiese intentado salir.
En el este, el Lago Espejo reflejaba el cielo nocturno con perfección sobrenatural. Sus aguas eran tan quietas que parecían incapaces de mentir.
Durante un instante imperceptible…
El reflejo de la luna se volvió n***o.
No desapareció.
Se oscureció.
Como si algo hubiera pasado frente a ella desde el otro lado del reflejo.
Las ondas se extendieron solas, aunque ningún viento soplaba.
En el oeste, las Montañas Umbrías exhalaron un suspiro.
No fue viento.
Fue memoria.
Un aliento frío emergió de sus cavernas más profundas, cargado con olor a piedra antigua y secretos enterrados. Las rocas crujieron. Los ecos despertaron. Algo en las entrañas de la montaña recordó que no estaba sola.
Y en el corazón mismo de Arandor, la profecía despertó.
Las palabras talladas en el monolito del santuario ardieron con intensidad repentina. La luz plateada se volvió blanca. Luego dorada. Luego casi viva.
Las letras se encendieron como si respiraran.
"Cuando la sombra reclame el bosque
y el cielo sangre oscuridad,
la luz deberá unirse a aquello que teme,
o el mundo aprenderá a arrodillarse."
El resplandor se extinguió.
El silencio regresó.
Pero el mensaje ya había sido pronunciado.
Y las profecías, una vez despiertas…
nunca vuelven a dormirse.
Bajo tierra, la presencia sintió el cambio.
No tenía rostro.
Pero sonrió.
No era una sonrisa humana.
Era una ondulación en la esencia misma de su existencia, una vibración en la nada. Había esperado. Había soportado. Había permanecido sellada mientras civilizaciones nacían y morían sobre su prisión.
Pero el mundo se volvía frágil con el paso del tiempo.
Los sellos se desgastaban.
Las voluntades se debilitaban.
La memoria se olvidaba.
Y cuando el mundo olvida…
la oscuridad recuerda.
El bosque exhaló.
El tiempo volvió a avanzar.
La semilla cayó.
El viento regresó.
Las hojas se movieron.
Los animales retomaron su camino sin comprender que el destino acababa de cambiar.
Porque las verdaderas catástrofes no comienzan con gritos.
Comienzan con susurros.
En un claro oculto entre raíces plateadas, una chispa azul apareció en el aire.
Era pequeña.
Frágil.
Pero viva.
Flotó unos segundos antes de descender lentamente hasta posarse sobre la frente de una figura dormida entre pétalos luminosos.
La luz se expandió.
Los párpados de la joven temblaron.
Y entonces…
se abrieron.
Sus ojos azules brillaron como si contuvieran el reflejo de estrellas invisibles. Su cabello rojo, extendido alrededor de su cuerpo como un halo de fuego silencioso, capturó la luz y la multiplicó.
Lyrianne respiró.
El bosque respiró con ella.
No sabía aún qué se había despertado bajo la tierra.
No sabía que su nombre ya estaba escrito en una piedra antigua.
No sabía que su destino acababa de ser pronunciado por una profecía.
Solo sabía una cosa:
El mundo se sentía distinto.
Como si algo la estuviera llamando.
Muy lejos de allí, en lo alto de la torre negra, un hombre despertó sobresaltado.
Aldren se incorporó de golpe, con el corazón golpeándole el pecho y la respiración irregular. No recordaba ningún sueño. No había imágenes en su mente. No había palabras.
Solo una sensación.
Una certeza.
Algo había cambiado.
Se llevó una mano al pecho.
El latido era demasiado fuerte.
—¿Qué fue eso…? —murmuró.
El silencio no respondió.
Pero el presentimiento permaneció.
Persistente.
Innegable.
Como un llamado.
Como si el destino, paciente durante años, hubiera decidido finalmente pronunciar su nombre.
Bajo el mundo, la oscuridad escuchó ese latido.
Y comprendió.
Dos.
Había dos.
La luz.
Y el portador de la sombra.
Perfecto.
El juego podía comenzar.
Porque cuando el eclipse cubriera el cielo…
uno de ellos tendría que caer.
Y esta vez…
la oscuridad no pensaba perder..