El bosque de Arandor no aparecía en los mapas.
No porque los cartógrafos ignoraran su existencia… sino porque quienes intentaban dibujarlo jamás regresaban con la memoria intacta. Algunos volvían con los ojos vacíos. Otros, murmurando palabras que nadie comprendía. Y unos pocos —los más desafortunados— regresaban convencidos de que el bosque no era un lugar, sino una criatura.
Los árboles crecían tan juntos que apenas permitían el paso de la luz. Sus troncos, retorcidos como dedos artríticos, se inclinaban unos hacia otros como conspiradores silenciosos. El musgo plateado que los cubría brillaba débilmente, y entre las cortezas se enroscaban lianas negras que, si uno observaba demasiado tiempo, parecían moverse por voluntad propia.
El aire era denso. Pesado. Antiguo.
Olía a tierra húmeda, a hojas muertas…y a magia.
No la magia domesticada de los hechiceros de corte, ni la magia salvaje de los druidas de frontera. Era algo más profundo. Más viejo. Algo que no respondía a ningún amo.
En el corazón de aquel bosque se alzaba una torre.
No había camino que condujera a ella. Ningún sendero, ninguna huella, ninguna señal de que alguien hubiese pasado jamás por allí. Era como si la torre hubiera brotado de la tierra igual que un colmillo de piedra.
Oscura. Alta. Silenciosa.
Su punta se perdía en la niebla perpetua que envolvía la copa de los árboles. Las ventanas eran largas y estrechas, semejantes a heridas abiertas en la roca. No había antorchas, ni braseros, ni velas… y aun así, desde su interior emanaba siempre una luz azulada, fría como la superficie de un lago en invierno.
Allí vivía Aldren.
Aldren el Implacable.
Aldren el Hechicero del Viento.
Aldren, el hombre cuyo nombre bastaba para cerrar puertas y apagar risas en las tabernas.
Esa noche, la tormenta rugía alrededor de la torre.
Los relámpagos desgarraban el cielo y el trueno rodaba entre los árboles como una bestia invisible. El viento golpeaba la piedra con violencia, colándose por las grietas y haciendo vibrar los antiguos estandartes que colgaban de las paredes del gran salón.
Dentro, el aire estaba inmóvil.
Esferas flotantes de energía azul iluminaban la estancia, proyectando sombras lentas sobre los estantes repletos de libros antiguos. Los lomos gastados susurraban historias de hechizos olvidados y reinos desaparecidos. Símbolos arcanos, grabados en el suelo, brillaban con un pulso tenue, como si la torre respirara.
En el centro del salón, Aldren observaba una llama suspendida en el aire.
No era fuego común.
No consumía oxígeno.
No producía humo.
No emitía calor.
Solo ardía.
Sus ojos —oscuros, de un café profundo como madera antigua— no parpadeaban. Reflejaban la llama con una quietud inquietante. No había en ellos locura ni crueldad… pero tampoco paz. Aquella mirada pertenecía a alguien que había visto demasiado y había sobrevivido a costa de algo irrecuperable.
—El poder… —murmuró con voz baja y grave— no sirve de nada si no hay nadie con quien compartirlo.
La llama titiló.
Durante un instante pareció inclinarse hacia él, como si comprendiera.
Aldren extendió la mano y la apagó con un gesto mínimo. La oscuridad ocupó su lugar durante un latido… y luego las esferas flotantes brillaron un poco más, como si celebraran la ausencia de su hermana de fuego.
El mago exhaló lentamente.
El silencio volvió.
Pero algo había cambiado.
No fue un sonido.
No fue una luz.
No fue un movimiento.
Fue una sensación.
El viento.
Aldren ladeó apenas la cabeza.
La tormenta seguía rugiendo… y, sin embargo, una corriente distinta se deslizó por la sala. No era violenta ni fría. Era suave. Delicada. Casi tímida.
Y lo más inquietante de todo:
No era suya.
—Eso… —susurró— no es obra mía.
El viento respondió.
No con palabras, sino con obediencia.
La tormenta comenzó a retirarse en círculo alrededor de la torre, como si una mano invisible la empujara hacia atrás. Los truenos se alejaron. La lluvia disminuyó. El cielo dejó de rugir.
En cuestión de segundos, el bosque quedó sumido en un silencio tan profundo que resultaba antinatural.
El mundo estaba escuchando.
Y entonces Aldren lo sintió.
Magia.
Pero no la suya.
No oscura.
No indómita.
Era una magia clara, ligera, pura como una nota musical sostenida en el aire. Una presencia luminosa que no pertenecía a aquel lugar.
Los dedos del mago se tensaron.
Aquello no debía estar allí.
Descendió por la escalera en espiral de la torre sin apresurarse, pero tampoco con calma. Su capa negra rozaba los escalones con un susurro constante, como si murmurara advertencias que solo ella comprendía.
Cuando abrió la puerta principal, el aire nocturno lo envolvió.
La niebla se apartó ante él.
No violentamente. No con temor.
Sino con respeto.
Aldren avanzó entre los árboles. Las raíces sobresalían del suelo como serpientes petrificadas, y las sombras se estiraban a su paso. El bosque entero parecía observarlo… pero no era él lo que llamaba su atención.
Era la luz.
Allí, bajo el roble más antiguo del bosque, brillaba.
No como una antorcha.
No como un hechizo.
Como un recuerdo.
El árbol era enorme, tan ancho que diez hombres no habrían podido rodearlo con los brazos. Sus raíces formaban una cavidad natural, un refugio moldeado por siglos de crecimiento paciente.
Y dentro…yacía una figura.
Aldren se acercó despacio.
Un hada.
Sus alas translúcidas estaban plegadas a su espalda como pétalos frágiles. Una de ellas estaba rasgada, atravesada por una g****a oscura que parecía absorber la luz a su alrededor. Su vestido, tejido con pétalos plateados, estaba manchado de polvo y pequeñas gotas luminosas que se desvanecían al tocar el suelo.
Sangre feérica.
El mago se arrodilló frente a ella.
Durante un instante no dijo nada. Solo la observó, como si tratara de comprender cómo algo así podía existir en un mundo como el suyo.
—¿Qué haces aquí… criatura del Reino Alto? —susurró al fin.
El hada no respondió.
Su respiración era débil. Apenas visible.
Aldren dudó.
No era compasión lo que lo detenía. Era prudencia. Las criaturas feéricas no aparecían heridas en territorios prohibidos por accidente. Cada una de sus acciones solía ser parte de algo mayor.
Aun así…
Extendió la mano.
Cuando sus dedos rozaron el ala rota, la magia respondió de inmediato. Energía azul fluyó desde su palma, recorriendo la herida como agua luminosa. La g****a comenzó a cerrarse lentamente, hilo por hilo, como si una costurera invisible trabajara desde el aire.
La respiración del hada se agitó.
Sus párpados temblaron.
Y entonces se abrieron.
Sus ojos eran del color del amanecer visto a través del rocío.
Durante un instante lo miró sin comprender. Luego su mirada se enfocó… y el miedo apareció.
Retrocedió débilmente.
—No… —susurró con voz frágil—. Un mago oscuro…
Las palabras atravesaron el aire como una daga silenciosa.
Aldren retiró la mano de inmediato.
—Si fuera tan oscuro como crees —respondió con frialdad contenida—, no estarías viva.
Ella lo observó con cautela. Su respiración aún era irregular, pero la lucidez regresaba poco a poco.
Intentó incorporarse.
El dolor la hizo estremecerse.
—¿Dónde estoy…?
—En el único lugar —dijo él— donde nadie te buscará.
El hada guardó silencio.
Su mirada recorrió el bosque, la torre, la niebla… y volvió a él.
Había miedo en sus ojos.
Pero también curiosidad.
El viento sopló suavemente entre las hojas, como si aprobara aquel encuentro.
Aldren lo sintió.
Algo en su pecho se tensó.
No era peligro.
No era magia.
No era amenaza.
Era algo peor.
Destino.
Y por primera vez en años…el corazón del mago latió con algo distinto al poder.