La torre tardó en tranquilizarse.
No fue inmediato.
No fue natural.
Fue como si la piedra misma se negara a olvidar lo que había ocurrido.
Las runas del suelo aún brillaban débilmente, como cicatrices que recordaban la herida. El aire seguía cargado, espeso, con ese residuo invisible que deja la magia cuando ha sido forzada más allá de sus límites.
Lyrianne estaba sentada en el borde del círculo protector, respirando despacio, intentando acompasar el ritmo de su corazón con el silencio.
Aldren permanecía de pie.
Inmóvil.
Observando.
No a la sala.
A ella.
No era vigilancia.
Era evaluación.
La luz dorada que había brotado de Lyrianne durante el enfrentamiento ya casi había desaparecido, pero aún quedaban destellos adheridos a su piel, como polvo de amanecer. Cada vez que respiraba, una chispa tenue escapaba de sus hombros, disolviéndose en el aire.
—Tu magia cambió —dijo Aldren finalmente.
Lyrianne levantó la vista.
—No.
Él entrecerró los ojos.
—Sí.
Silencio.
Ella bajó la mirada hacia sus manos.
—No cambió… —susurró—. Despertó.
El mago no respondió de inmediato. Caminó despacio alrededor del círculo, observando los restos de sombras que aún se arrastraban por el suelo como humo cansado. Cada fragmento se disolvía apenas tocaba los símbolos grabados.
Pero no desaparecían del todo, en su lugar.
Retrocedían.
Esperaban.
—Eso no fue un ataque común —dijo él.
—Lo sé.
—No estaba intentando herirnos.
Lyrianne tragó saliva.
—Eso también lo sé.
—Estaba intentando entrar.
El silencio volvió a instalarse.
No era incómodo.
Era compartido.
Aldren alzó una mano y el círculo protector se disipó en un suspiro de luz azul. El aire apenas pareció aligerarse.
—Esa entidad —continuó— no pertenece a ningún de los plano conocido. No es demonio. No es espíritu. No es sombra.
—Entonces ¿qué es?
El mago dudó.
Y ese detalle, mínimo pero evidente, hizo que Lyrianne sintiera un escalofrío.
Aldren nunca dudaba.
—Es algo que aprendió a existir —dijo finalmente— donde se supone no debería haber nada.
Lyrianne frunció el ceño.
—Eso no responde nada.
—Lo sé.
Ella se puso de pie con cuidado. Su ala herida tembló levemente, pero se mantuvo firme. Caminó unos pasos hasta quedar frente a él.
—Te llamó por tu nombre.
Aldren sostuvo su mirada.
No respondió.
—No me mires así —dijo ella en voz baja—. No soy un enemigo al que debas ocultarle cosas.
Las palabras no fueron duras.
Fueron sinceras.
Y por eso fue peor.
El mago desvió la vista apenas un segundo.
—Las entidades antiguas conocen nombres —dijo—. Es parte de su naturaleza.
—No. —Lyrianne negó suavemente—. Conocía tu pasado.
El silencio se tensó como una cuerda.
El aire volvió a enfriarse.
Aldren la miró otra vez.
—Hay cosas —dijo con voz baja— que no necesitan ser recordadas para seguir siendo peligrosas.
Lyrianne lo observó largo rato.
No con miedo.
Con comprensión.
—Entonces es verdad —murmuró.
El mago no preguntó qué.
Porque el ya lo sabía.
Ella dio un paso más cerca.
—No te está tentando con poder. —Su voz era suave, pero firme
—. Te está tentando con redención.
Esa palabra fue un golpe invisible.
Algo cruzó los ojos de Aldren.
Dolor.
Breve.
Enterrado.
—No existe tal cosa —respondió él.
Lyrianne no discutió.
Porque lo entendió.
El silencio se extendió entre ambos como un puente suspendido sobre un abismo invisible.
A lo lejos, fuera de la torre, el viento se movió entre los árboles del bosque. El sonido era leve, pero distinto. No era el susurro natural de las hojas.
Era ritmo.
Como pasos.
La torre lo sintió.
Las paredes vibraron apenas.
Lyrianne giró la cabeza.
—¿También lo oyes?
Aldren asintió.
Su expresión cambió.
No era alarma.
Era cálculo.
—No está cerca todavía —dijo—. Solo observa.
—Nos está estudiando.
—Sí.
El viento cesó.
Demasiado rápido.
Demasiado absoluto.
Lyrianne volvió a mirar al mago.
—¿Y ahora qué?
Aldren no respondió de inmediato.
Sus ojos recorrieron la torre, como si evaluara cada g****a, cada runa, cada sombra posible. Su mente claramente estaba adelantándose a eventos que aún no habían ocurrido.
—Ahora —dijo finalmente— hacemos lo único que esa cosa no espera.
Lyrianne alzó una ceja.
—¿Qué cosa?
El mago la miró.
—Descansar.
Ella parpadeó.
—¿Eso es una estrategia?
—Es disciplina.
La respuesta la hizo sonreír apenas.
No era una sonrisa alegre.
Era una sonrisa tranquila.
La primera desde que había llegado.
Aldren notó ese detalle… y apartó la mirada.
—La torre te guiará a una sala segura —añadió.
Lyrianne inclinó la cabeza.
—¿La torre?
Como respuesta, una de las esferas flotantes descendió lentamente hasta quedar a su lado, brillando con suavidad, como una luciérnaga obediente.
Lyrianne la observó con fascinación.
—Creo que le agradas —dijo Aldren.
—Creo que está escuchando.
El mago no negó eso.
Porque era cierto.
La esfera comenzó a flotar hacia el pasillo.
Lyrianne dio un paso para seguirla, pero se detuvo.
Miró a Aldren una vez más.
—No estás solo, ¿lo sabes?
La frase quedó suspendida en el aire.
No como consuelo.
Como verdad.
Aldren no respondió.
Pero tampoco apartó la mirada.
Lyrianne se dio vuelta y siguió la luz.
Sus pasos se desvanecieron lentamente en el corredor.
El silencio regresó.
La torre respiró.
Y cuando Aldren quedó solo—
las sombras en la base de la pared se movieron.
Apenas.
Lo suficiente.
El mago habló sin girarse.
—No te acerques.
Las sombras se detuvieron.
Un susurro, casi inaudible, trepó por la piedra:
“Ella abrirá la puerta…”
Aldren cerró los ojos.
Su voz fue apenas un hilo:
—Lo sé.
Oscuridad.
Quietud.
Y en algún lugar muy profundo de la torre, algo antiguo sonrió.