El Reino Feérico nunca había conocido el silencio, siempre existía el murmullo de las corrientes de luz, el canto distante de las flores astrales, el tintinear cristalino de las alas al cruzarse en el aire; era un mundo hecho de sonidos suaves y eternos.
Pero ahora…no se oía nada.
Ni viento.
Ni magia.
Ni vida.
El nombre había caído sobre el reino como un eclipse. La Heredera del Alba.
Lyrianne permanecía inmóvil dentro del círculo de luz. Su respiración era lenta e irregular, sus alas, extendidas, brillaban con una intensidad que no le pertenecía del todo, como si otra voluntad estuviera despertando dentro de su esencia.
—Eso no es posible… —susurró una de las guardianas.
—La línea se extinguió hace eras —dijo otra.
El Consejo habló, sus voces superpuestas como ecos de un mismo pensamiento:
—Creímos lo mismo.
Lyrianne tragó saliva.
—¿Qué… significa eso?
La luz alrededor de ella pulsó.
No respondió de inmediato.
Como si eligiera cuidadosamente cuánto revelar.
—Significa —dijeron al fin— que tú no eres solo hija del Reino Alto, pausa.—Eres hija del origen.
El aire vibró.
Aldren entrecerró los ojos.
—Hablen con claridad.
Una de las figuras del Consejo descendió unos centímetros. Su resplandor era más antiguo que el de las demás, con matices que recordaban al amanecer antes del primer sol.
—Antes de los reinos, antes de la magia, antes del tiempo, una imagen apareció entre ellos.
Oscuridad infinita.
—Existía el Vacío.
La imagen cambió.
Una chispa.
Pequeña.
Frágil.
—Y dentro del vacío, nació la primera luz.
La chispa creció hasta convertirse en un resplandor inmenso.
—Esa luz dio origen a toda vida, toda magia, toda existencia.
Lyrianne sintió que su pecho ardía.
—La llamaron… Alba Primordial.
Aldren habló:
—Una entidad creadora.
—Sí.
—Y también destructora —añadió él.
El Consejo no lo negó.
—Porque toda creación exige un precio.
La imagen cambió otra vez.
La luz y la oscuridad chocando, un desgarramiento, una g****a en la realidad.
—Cuando la primera luz creó los mundos, el vacío respondió.
La g****a se abrió más.
—Y de esa g****a nació…Todos lo dijeron a la vez:
—El Intersticio.
El nombre pareció absorber el brillo del entorno.
Lyrianne sintió un escalofrío recorrerle las alas.
—Entonces… él es…
—El equilibrio opuesto —respondió el Consejo—. Donde existe creación, existe disolución.
Aldren cruzó los brazos.
—Eso ya lo sabía. Lo que quiero saber es por qué ella importa.
Silencio.
La luz descendió lentamente hasta rodear a Lyrianne.
—Porque el Alba no desapareció.
Pausa.
—Se fragmentó.
El corazón de Lyrianne latió con fuerza.
—Y uno de esos fragmentos… vive en ti.
El mundo pareció inclinarse, ella retrocedió un paso.
—No… eso no…
Pero lo sentía.
Siempre lo había sentido.
Esa energía dentro de ella que a veces brillaba demasiado.
Esa fuerza que ni siquiera las sanadoras del reino podían explicar.
Ese poder que crecía cuando protegía a alguien.
Aldren habló con voz baja:
—Por eso sobreviviste a la caída.
Lyrianne lo miró.
—No fue suerte.
La verdad cayó entre ellos.
El Consejo continuó:
—El Intersticio no despertó por azar.
Una pausa pesada.
—Despertó porque te sintió.
El reino entero tembló suavemente.
Muy lejos, las corrientes de luz cambiaron de dirección.
—Eres su opuesto natural —dijeron las voces—. Su única amenaza real.
Lyrianne susurró:
—Entonces… yo causé esto.
—No —respondió Aldren.
Todos lo miraron.
Su voz era firme.
—La existencia de una luz no crea la oscuridad. Solo la revela.
El Consejo guardó silencio.
Como si evaluara sus palabras.
Luego habló:
—Sin embargo… la profecía permanece.
Una figura luminosa alzó una mano.
El aire se rasgó.
Apareció un texto antiguo, escrito en símbolos arcaicos que flotaban como cenizas doradas.
Lyrianne los entendió.
No sabía cómo, pero los entendió.
Leyó en voz alta:
—“Cuando el Alba despierte y el Vacío responda, dos portadores del umbral deberán unirse. Uno contendrá la sombra. El otro sellará la g****a. Solo así el mundo seguirá cantando.”
El silencio se volvió insoportable.
Aldren habló primero.
—¿Dos portadores?
La luz respondió:
—Tú… y ella.
Lyrianne sintió que el suelo inexistente se volvía inestable.
—¿Qué significa “sellar la g****a”?
El Consejo no respondió.
Y eso fue respuesta suficiente.
Aldren los miró fijamente.
—Díganlo.
Silencio.
Las luces titilaron, y finalmente, hablaron:
—Significa que uno de ustedes deberá convertirse en el sello.
El aire se volvió hielo.
Lyrianne apenas pudo respirar.
—¿Convertirse…?
—En prisión.
El reino entero quedó inmóvil.
Ni una partícula de luz se movía.
Aldren habló, bajo:
—¿Quién?
El Consejo respondió:
—Aún no está escrito.
Pausa.
—La profecía está incompleta.
Lyrianne levantó la vista.
—¿Cómo puede estar incompleta una profecía?
Las luces parpadearon.
—Porque alguien la rompió.
El impacto de esas palabras fue mayor que cualquier revelación anterior.
Aldren entrecerró los ojos.
—¿Quién?
El Consejo respondió:
—El mismo que sobrevivió la última vez que el Intersticio despertó.
Silencio.
Lyrianne miró lentamente al mago.
—Aldren…
El viento inexistente del Reino Alto se agitó.
La luz vibró.
Y la respuesta llegó.
—Tú.
El mundo pareció detenerse.
Aldren no habló.
No negó.
No explicó.
Solo sostuvo la mirada de Lyrianne.
Y en sus ojos oscuros, había memoria, dolor, y una culpa tan antigua que ni el tiempo había logrado borrarla.
El Consejo pronunció la última frase:
—El destino fue alterado una vez, y el precio… aún no ha sido pagado.
Muy lejos, más allá de los reinos, más allá de la luz—
algo abrió los ojos, y supo.
La profecía había comenzado.