Capítulo XIV - El Guardián Perdido

1043 Words
El silencio después de la luz fue absoluto. No hubo caída, no hubo golpe contra el suelo…Solo vacío. Aldren abrió los ojos lentamente. Durante un instante pensó que había perdido la vista, porque no veía nada; ni cielo, ni tierra, ni horizonte. Solo una extensión gris que parecía extenderse hasta el infinito. El aire tampoco se sentía real, no tenía olor, no tenía temperatura, no tenía vida. El mago inhaló con cuidado. —Un plano intermedio… Su voz no produjo eco. Se incorporó lentamente. Bajo sus pies no había piedra ni tierra, pero tampoco flotaba, era como si el mundo estuviera hecho de una superficie invisible que apenas sostenía su peso. Aldren cerró los ojos un momento, intentando concentrarse. Sintió su magia, débil. Como una llama atrapada bajo agua. —Ingenioso —murmuró. El Consejo no lo había destruido, Pero lo había apartado del mundo. Un exilio perfecto. Aldren caminó algunos pasos. Cada movimiento parecía más pesado de lo normal, como si el plano mismo estuviera drenando su energía. Entonces se detuvo, algo estaba mal, no con el lugar, con el silencio. Era demasiado profundo, demasiado… atento. Aldren extendió la mano y dejó que una pequeña chispa azul surgiera entre sus dedos. La luz iluminó apenas unos metros alrededor. Y fue entonces cuando lo vio. Marcas… Runas antiguas flotando en el aire, dispersas como restos de un hechizo olvidado. El mago frunció el ceño. —Esto no lo creó el Consejo. Se acercó, las runas no eran feéricas, ni humanas. Eran mucho más antiguas. Y estaban rotas. Una g****a atravesaba varias de ellas, como si algo hubiera intentado abrirse paso desde dentro. Aldren sintió un escalofrío recorrer su espalda. —No estoy solo aquí… La chispa azul tembló, por un instante creyó escuchar algo, un susurro. No una voz clara, más bien una respiración distante que parecía deslizarse por el vacío. Aldren apagó la chispa, la oscuridad volvió. Pero ahora sabía que el plano no estaba vacío, algo más estaba atrapado allí. Y tal vez… había estado esperando compañía. ********************************************************************************************************** Mientras tanto, en el bosque de Arandor… El lago permanecía inmóvil, la superficie del agua reflejaba el cielo gris de la tarde, pero el claro donde Aldren había desaparecido se sentía diferente ahora. Vacío. Lyrianne permanecía de pie en el centro del círculo de runas apagadas, no se había movido desde que el portal se cerró. El viento agitaba lentamente su cabello rojo, pero ella apenas lo notaba. Sus manos seguían cerradas en puños, la energía que antes brillaba en sus alas se había apagado casi por completo. El Consejo ya se había marchado. Pero sus palabras seguían allí. Separación necesaria. Equilibrio. Destino. Lyrianne levantó la mirada hacia el cielo. —Cobardes… El bosque no respondió, un grupo de aves cruzó el cielo a lo lejos. La vida continuaba como si nada hubiera ocurrido, eso la enfurecía más. Lyrianne caminó hacia el borde del lago y se detuvo frente al agua. Su reflejo la observó desde la superficie, pero no era el reflejo que recordaba. Sus ojos azules, normalmente brillantes, ahora tenían una dureza nueva. Una decisión. —No —susurró. Sus alas se desplegaron lentamente. —No voy a aceptar esto. La luz dorada comenzó a despertar otra vez en su interior. Débil al principio, luego más fuerte. Lyrianne extendió las manos hacia el círculo de runas que aún estaba ahí . —Si el Consejo pudo abrir ese portal… —susurró—entonces también puedo encontrarlo. La magia del bosque respondió. Pequeñas luces comenzaron a surgir entre las raíces de los árboles, espíritus del bosque la observaban, esperaban. Lyrianne cerró los ojos y dejó que su energía fluyera hacia la tierra. —Ayúdenme—pidió. Durante unos segundos no ocurrió nada, luego el agua del lago tembló. Una onda suave recorrió la superficie, las luces del bosque comenzaron a girar lentamente alrededor de ella. Algo estaba reaccionando, algo antiguo. Algo de lo que ella no tenía conocimiento. Lyrianne sintió una presencia despertar bajo las raíces del mundo. Un conocimiento olvidado. Pero antes de que pudiera comprenderlo— el aire se volvió frío, demasiado frío. Lyrianne abrió los ojos. La luz del bosque se apagó de golpe, el viento murió y el silencio regresó. Pero esta vez no era el mismo silencio, era más oscuro, más pesado, más… vivo. Lyrianne giró lentamente. —Sé que estás ahí. Las sombras entre los árboles se movieron. No como ramas, no como animales, como si fueran humo. Una forma comenzó a dibujarse entre la niebla. No tenía un cuerpo definido, solo oscuridad concentrada. —La sombra. Lyrianne desplegó sus alas por completo. La luz dorada volvió a brillar. —No me das miedo. La sombra no respondió, pero el aire vibró. Una risa suave se deslizó entre los árboles, no era fuerte, era peor. Era íntima. Como si alguien hablara dentro de su mente. —Ahora estás sola… Lyrianne apretó los dientes. —Vete. —El Consejo ya hizo mi trabajo. La sombra avanzó un poco más. El bosque retrocedió ante su presencia. —Lo separaron de ti. Lyrianne levantó una barrera de luz. —No pronuncies su nombre. La risa volvió. —Aldren. El nombre cayó como una piedra. Lyrianne lanzó un destello de energía dorada. La luz atravesó la niebla. Pero la sombra simplemente se disolvió y reapareció unos metros más lejos. —La distancia cambia a las personas… susurró la entidad. —El dolor también. Lyrianne respiró hondo. —No me manipularás. La sombra pareció inclinarse ligeramente. —No vine a manipularte. Pausa. —Vine a ayudarte. La luz en las alas de Lyrianne parpadeó. —Mentira. —¿Lo es? La sombra se deslizó lentamente alrededor del claro. —El Consejo lo encerró. —Yo sé dónde está. Lyrianne no respondió. Pero su corazón latió más rápido. —Puedo mostrarte el camino. La voz se volvió más suave, más peligrosa. —Y cuando lo encuentres… —podrás cambiar el destino. Lyrianne levantó la mirada hacia la oscuridad. Durante un instante, el bosque entero pareció contener la respiración. La sombra sonrió dentro de la niebla. Porque había plantado exactamente lo que necesitaba… Una duda, y a veces una duda era suficiente para abrir una puerta que ni siquiera el destino podía cerrar.
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