El tiempo seguía detenido, las hojas permanecían suspendidas en el aire como si alguien hubiera pintado el bosque en un lienzo invisible. El arroyo cercano continuaba congelado en medio de su corriente, cada gota inmóvil como pequeños cristales suspendidos en el espacio. Nada se movía, nada respiraba, nada existía fuera del círculo de magia que Tharvion había creado. En el centro del claro, Lyrianne seguía de rodillas. La luz dorada que brotaba de su pecho se había suavizado, pero no había desaparecido. Ahora brillaba con pulsaciones lentas, como el latido de un corazón antiguo. Los símbolos que rodeaban su cuerpo —los sellos que habían guardado su memoria durante toda su vida— seguían flotando a su alrededor. Pero ya no estaban intactos, uno de ellos se había roto. Los demás… comenzab

