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La Omega Muda del Alfa Bestial

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Blurb

“Abominación, Despreciable, Asquerosa, Patética.” 

Esas son las palabras que Riley ha escuchado toda su vida. 

Después de años de ser despreciada, maltratada y culpada por pecados que no comprende, los insultos ya no duelen, sino que le recuerdan lo que todos en la manada creen que es. 

Un monstruo. 

Como hija de un Alfa, Riley debería haber sido amada, protegida, valorada. 

En cambio, aquellos que deberían haberla protegido son los que más la atormentan. Su padre es cruel, y su medio hermano Damien se deleita en convertir su vida en una pesadilla. Abandonada, Riley sufre años de abuso antes de que la chica que solía ser simplemente desaparezca. 

Sus gritos de ayuda quedan sin respuesta. 

Su voz se apaga. 

Y nadie viene a salvarla. 

Cuando ya no puede soportar más el peso de su sufrimiento, Riley tiene que tomar una decisión. Continuar sufriendo en silencio o alejarse de la manada y del único hogar que ha tenido. 

Descubre el secreto que su padre le ha estado ocultando. 

Una verdad que explica la razón del odio de su padre. 

Un futuro mucho más peligroso que cualquier cosa que haya enfrentado antes. 

Luego está el otro problema.

Él. 

El Alfa bestial con una reputación despiadada, está decidido a convertir a Riley en suya, no como su compañera sino como su sirvienta. 

Sin embargo, bajo su feroz exterior, se oculta una inesperada gentileza, y Riley tiene que decidir si confía en el hombre que tiene el poder de destrozarla por completo o huir en la dirección opuesta.

¿Descubrirá Riley toda la verdad y encontrará el amor con el Alfa Bestia, o terminará enfrentándose a otra amarga decepción?

Texto original: https://www.dreame.com/story/758078208-the-beastly-alpha-s-mute-omega

Autor: Cat Smith

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Cantante
Punto de vista de Riley Solo tenía seis años, pero mi padre había inculcado muchas regla fundamentales. Nunca pensé que el día que las rompiera, todo sería tan horrible. Perdida en el calor del sol de verano, envuelta por la alegre atmósfera mientras los miembr0s de la manada y otros niños corrían jugando imprudentemente, me sentía animada y sin darme cuenta, mi padre había observado desde la casa de la manada mientras yo avanzaba dando saltos; mi voz se elevaba en majestuosos tonos angelicales mientras cantaba desde un espacio en mi corazón, donde todo mi dolor y todo mi sufrimiento se lavaban en un mar de calma y serenidad. Nunca me había sentido tan en paz ni tan en sintonía conmigo misma. Una mano se cerró alrededor de mi garganta, estrangulándome a mitad de la canción, interrumpiéndome de inmediato. Arañé la mano, tratando frenéticamente de romper su agarre, mis uñas arañaban y escarbaban, mis piernas iban pateando inútilmente mientras me levantaban o más bien me izaban del suelo con notable facilidad. Me giró para enfrentarme a él. Me quedé sin palabras. Nunca había visto a mi padre tan furioso antes. Que un niño cante no debería ser motivo suficiente para castigarlo. Al menos, eso es lo que imaginaba. Era joven, tonta, y no había comprendido la magnitud de la ira o el odio de mi padre hacia mí. Todavía era inocente. Todavía era ingenua. Dirigí la mirada hacia mi hermano Damien, suplicándole que me ayudara, pero él negó con la cabeza y apartó la vista, con una expresión decidida en el rostro. No era la primera vez que mi hermano no acudía en mi auxilio, pero sí era la primera vez que comprendía cuánto me odiaba. En esta ocasión, estaba completamente sola. Las lágrimas recorrían mi rostro, mientras luchaba por tomar aire. Podía sentir mi corazón latiendo rápidamente, mi frente estaba perlada de sudor. No podía respirar. Mis ojos se abrieron por el pánico. Los ojos de mi padre se entrecerraron mientras me acercaba a su rostro, sus labios ahora a centímetros de mi oído. —¿Qué te dije sobre cantar? Te dije antes que está expresamente prohibido —gruñó, sacudiéndome como si fuera una muñeca de trapo mientras lloraba en silencio, mis ojos le estaban suplicando su perdón. —Lo siento, Padre —jadeé como pude, mientras su mano se aflojaba apenas, permitiéndome tomar el oxígeno tan necesario. —¿Lo sientes? —rugió, y los miembros de la manada se volvieron hacia nosotros con curiosidad, algunos de ellos incluso se mostraron sorprendidos por la fuerza del Alfa hacia su propia hija, algo que ya no les sorprendería en los años venideros—. ¿Lo sientes? —repitió peligrosamente mientras aún me sostenía firmemente en su agarre, con sus ojos brillando—. No tienes idea de lo que casi haces —respiró. La confusión luchaba dentro de mí. ¿Cómo podía considerarse tan peligroso cantar? ¿Por qué merecía una reacción tan fuerte por parte de mi padre? No entendía. Los otros niños podían cantar, ¿por qué yo no? ¿Era porque le recordaba a mi madre? Nunca hablaba de ella, y en casa no tenía fotografías ni recuerdos claros de la mujer que había muerto al darme a luz. Mi padre se negó a responder mis preguntas y eventualmente dejé de preguntar por completo sobre mi madre. —No volverá a suceder —balbuceé, mientras él lentamente me bajaba al suelo, su respiración era pesada y sus ojos llameantes de ira—. Lo prometo. No lo olvidaré la próxima vez. Continuó estudiándome, sus ojos iban oscureciéndose con una expresión indescifrable en su rostro. Retorcí mis pequeñas manos, sintiéndome ansiosa. Los miembr0s de la manada volvieron a sus asuntos, pero mi padre nunca apartó sus ojos de mí. Mi hermano Damien se fue, dirigiéndose a la casa de la manada, como si tuviera una idea de lo que estaba a punto de suceder y no pudiera soportar presenciarlo con sus propios ojos. Él es solo dos años mayor que yo, pero Damien era con mucho el favorito de los dos. Mi padre nunca tenía una palabra de enojo para él, solo para su hija, yo. —Nunca puede volver a suceder —murmuró mi padre, con un extraño brillo en sus ojos—. El poder que tienes, solo puede terminar en la destrucción de nuestra manada. Eres una abominación. Una desgracia para el nombre de mi familia. Tu seductora madre me engañó, pero tú, tú no lo harás —desahogó en voz alta. Lágrimas corrían por mi rostro. Luchaba por comprender lo que estaba diciendo. Lo que me estaba diciendo. Di un paso atrás y caí, raspando mi palma en el suelo y soltando un grito de dolor. Me ardía. El cuerpo de mi padre se alzaba sobre mí. Podía sentir mi delgado cuerpo temblando mientras apretaba los labios. Levanté una mano, desesperada por evitar que me hiciera daño. Se arrodilló, sacudiendo la cabeza. Mi respiración se cortó. Sus ojos destellaron entre su color normal y n***o. Su lobo emergió a la superficie, solo para ser controlado nuevamente. Estaba luchando internamente con algo. Tan joven como era, incluso yo podía sentir la angustia de su lobo por lo que estaba a punto de hacer. Me deslicé hacia atrás, pero mi padre agarró mi brazo, impidiéndome huir. No podía moverme. Mis ojos se deslizaron lentamente hacia abajo mientras escuchaba el sonido distintivo de sus uñas creciendo en garras. El miedo secó mi boca y comencé a entrar en pánico. —¿Qué estás… —susurré, con mi voz temblando. Di un grito cuando vi su mano levantarse en el aire. Lo vi apretar la mandíbula y rechinar los dientes. —Esto es por tu propio bien y el bien de la manada —me advirtió solemnemente. —¡No! —grité, el sonido desgarrador y fuerte quedó resonando por todo el lugar. Sentí el dolor primero. El dolor insoportable mientras hundía sus garras en mi garganta, apuntando directamente a mis cuerdas vocales. Era como si mi garganta estuviera en llamas. Mis gritos se cortaron abruptamente. Sentí la sangre al tragar mientras mi garganta se convulsionaba. Sentí que me dejaba caer con fuerza al suelo, mis manos estaban arañando inútilmente la hierba dura. Pensé que iba a morir de verdad. Estaba segura de que esta vez me había matado de verdad. Había tanta sangre, tanto dolor y sin embargo, mi padre no dijo una palabra. Solo observó mientras me acurrucaba en posición fetal, con tanto dolor que en un momento deseé la muerte para que el dolor terminara. Eventualmente, se detuvo. Mis heridas se curaron lentamente, el dolor se desvaneció hasta que no quedó nada. Me senté con cuidado, llorando. Toqué mi garganta, sorprendida de no sentir nada desgarrado o roto. Mi padre me observó atentamente mientras abría la boca. El miedo se apoderó de mí. Intenté formar una frase, una palabra, un sonido. Pero no había nada. Silencio absoluto. Cuanto más intentaba hablar, más entretenido parecía mi padre, podía ver la satisfacción apoderándose de su rostro. —Puedes curar, pero incluso tu cuerpo tiene límites —murmuró—. Supongo que eres demasiado joven para poder curar algo tan extenso como las cuerdas vocales —añadió con indiferencia. Lo miré desde abajo sintiéndome traicionada. Parecía complacido mientras se enderezaba. Mi boca se abría y cerraba sin emitir sonido alguno. Él solo se rio entre dientes. —Ya no tenemos que temer que olvides mi regla —dijo mientras comenzaba a levantarme torpemente—, y has visto cuál es el castigo por olvidar mis reglas. Si piensas que esto es injusto —hizo una pausa y me clavó una mirada tan hostil que me paralizó—, entonces considera lo que podría pasarte si olvidas alguna de las otras reglas que te he dicho. Solo había silencio. Entendí las implicaciones de lo que no estaba diciendo. Me estremecí. En un día había perdido la poca inocencia infantil que tenía y lo que estaba frente a mí no se parecía a nada más que a un monstruo, en lugar de un padre que es mi propia carne y sangre. Me miró impacientemente y agitó una mano despectivamente, arrugando la nariz. —Ve y límpiate. Estás cubierta de sangre y hueles horrible —gruñó. Comencé a cojear lentamente hacia la casa, consciente de que todos los ojos estaban puestos en mí, algunos de ellos me miraban con cierta simpatía, pero la mayoría eran fríos o desconfianza. Pensé que ese día había sido el peor de mi vida, pero a medida que pasaron los años, hubo tantos que era imposible distinguir cuál día fue peor que otro. Cuando cumplí dieciséis años, no solo mi padre me atormentaba, sino también mi hermano Damien y el resto de los miembr0s de la manada.

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