Dasha
Llego a la exhibición media hora tarde.
A decir verdad no tenía ganas de venir, pero finalmente opté por aparecer, ya que Gael había estado insistiendo en el transcurso de la tarde; tampoco quería quedarme en casa, sabiendo que estaban todos allí. Necesitaba despejarme un poco.
Vistiendo un atuendo blanco ingreso a la galería de arte, y los cuadros coloridos logran captar mi atención.
Acepto la copa de champagne que me ofrecen en cuanto entro y recorro todo el lugar a pasos lentos, mirando las pinturas: los colores vivos resaltan de inmediato y tienen cierta elegancia cuando les prestas atención a los detalles. Tal parece que las pinturas están inspiradas, o reflejan, a las personas en general.
—Amantes.
Escucho una voz a mi espalda, y me giro con lentitud. Ese par de ojos grises me observan de nuevo.
—¿Disculpa?—pregunto, al no entender a lo que se refiere.
—La pintura—señala el cuadro frente a mí—, así de llama: Amantes.—me explica.
Miro nuevamente el cuadro, prestando más atención, y me doy cuenta que entre las pinceladas coloridas se logran ver dos cuerpos humanos entrelazados, sin que se logre identificar el género de ambas personas. Queda a la interpretación de cada uno decir si se trata de dos hombres, dos mujeres, o un hombre y una mujer.
—Es… una pintura muy interesante—reconozco.
—Me enorgullece admitir que fui su fuente de inspiración.—comenta, poniéndose a mi lado.
Yo lo miro de reojo, con curiosidad.
—¿Hace referencia a usted y su pareja?—señalo el cuadro.
—No, más bien a un viejo amor que tuve.—dice.
Yo asiento, sin decir nada más. No quiero entrar en ese terreno, porque lo que menos quiero es que él descubra que esa mujer que tanto buscó está aquí frente a él ahora. Es mejor dejar el pasado atrás y no traerlo al presente. Me estaría ahorrando un montón de problemas.
—Quiero pedirte disculpas. Realmente te difundí con otra persona.—se disculpa.—Cuando hablé con Gael, me comentó sobre ti y en cuanto me dijo sobre tus grandes negocios, supe que yo estaba equivocado. Así que, realmente te pido perdón por si me comporté erróneamente.
—Entiendo. Sí me incomodó la manera en que apareció frente a mí, pero podemos empezar de nuevo. Si ya está consciente de que no soy esa chica.—comento con calma.
Tiende su mano en mi dirección, mirándome a los ojos.
—Piero Ricci. Es un placer conocerla.—adopta un aire profesional.
—Dasha Kuznetsov. El placer es mío.—contesto, aceptando su saludo.
En cuanto su mano toca la mía, vuelvo a sentir que tengo 19 años, y que recién lo estoy conociendo… el saludo es tan similar que por una milésima de segundos flaqueo un poco, pero me recompongo de inmediato.
Un carraspeo hace que vuelva a la realidad, y suelto su mano.
Gael se encuentra a pocos pasos de nosotros, acompañado de la misma mujer que vi junto al italiano hace algunas horas atrás.
Ella mantiene una sonrisa amigable en el rostro, saludando a las personas que pasan por su lado. Mientras que Gael no me quita la mirada de encima.
—Querida, te presento a Dasha Kuznetsov.—el italiano rompe el silencio.—Señorita Dasha, te presento a mi pareja: Fiorella Bianchi.
Ella se acerca y me da un apretón de manos.
—¡Es un placer conocerte! Espero que la exposición te guste.—comenta con voz alegre.
—Igualmente.—le sonrío.—Todo está muy lindo. Los cuadros realmente son fantásticos, te felicito.
—Ay, gracias. Lo mejor de hacer mis presentaciones es cuando recibo los buenos comentarios de quiénes vienen. Realmente agradezco tus palabras.—se lleva una mano al pecho.
Es realmente bella, y también tiene mezclado el acento italiano cada vez que habla.
—Gael me habló sobre ti, y se quedó corto cuando me dijo que eras muy hermosa.—comenta ella, mientras entrelaza su brazo con el de Piero.
Dirijo mi vista a Gael, que se nos une a la conversación poniéndose a mi lado.
—Gael siempre muy halagador.—inquiero, y le doy un trago a la bebida.
—Así que eres la nueva socia.—salta Piero.
—Es así—concuerdo.
—¿Tienes pareja?—me pregunta Fiorella con algo de picardía.—¡Ya sé! Estás saliendo con Gael.—señala.
—No. No estoy saliendo con nadie.—niego.
Gael se tensa a mi lado, pero sonríe de lado.
—Oh, pensé que estaban juntos.—murmura ella. Piero la observa con diversión.—Los vi muy lindos en el restaurante, y pensé que estaban saliendo como pareja.
—Yo pensé lo mismo.—concuerda Piero.
—Solamente somos socios, y estamos haciendo todo por el bien de los negocios.—digo sin más.
—Bueno, pero una distracción tienes que tener. Tanto trabajo te consume.—dice ella.—Yo me estreso mucho.
Todos nos reímos, pero noto que Gael se ríe más que nada para no quedar mal con ellos.
—Pero tengo a Piero, y él me alienta cuando estoy sin inspiración. Al final del día estamos los dos juntos, comentando sobre nuestro día. Es lo que importa.
Ella habla con tanta dulzura, que realmente se le nota el amor que siente por el italiano.
Él la rodea la cintura con el brazo, y le besa la mejilla.
—Ahora que recuerdo, querido, tengo que presentarte a un grupo de viajeros que conocí en California. Están aquí y realmente quiero que los conozcas.—ella se dirige a Piero.
—De acuerdo, cariño. Vamos.
—Los dejamos, chicos. Disfruten de la exposición.—se despide ella.—Tenemos que salir, porque me encantaría conversar más contigo—me dice.
—Sí, cuando quieras podemos juntarnos —accedo.
—Bien, mañana pasaré por la compañía y lo hablamos.—yo asiento.
Ellos se van, dejándonos solos a Gael y a mí.
Yo bebo mi champagne en silencio, mientras miro los demás cuadros. De reojo veo a la pareja que se acaba de ir, saludando a un grupo de cuatro personas. Hablan y se sonríen, mientras señalan algunas de las pinturas.
—¿Estás mejor?—habla Gael.
—Un poco, sí.—contesto, prestándole atención.—¿A ti te pasa algo?
—No, nada.—responde un poco cortante.—¿Por qué lo preguntas?
—Porque querías yo viniera y antes de llegar a la galería te llamé, pero no respondiste.—comento.
Tiene una expresión rara en el rostro, como si estuviera molesto por algo que desconozco.
—No escuché la llamada. Si me llamaste hace un rato, probablemente yo ya estaba aquí. Entre la música y la charla, se complica para oír algo más.—dice.—Tampoco sabía si ibas a venir.
—No me sentía muy bien, y prefería quedarme en casa. Pero, bueno, al final decidí venir porque… en parte necesito despejarme un poco.—inquiero.
—Ya veo.
Yo lo miro sin entender la actitud tan distante que tiene. No sé qué le pudo haber pasado para que se comporte así conmigo.
No me mira, ni siquiera cuando me habla. Sus ojos permanecen vagando por el lugar, dándome a entender que su atención no está puesta en mí. Eso es una falta de respeto.
—¿Podrías mirarme? Estamos hablando, por si no te diste cuenta.—suelto.—Porque pareciera que tu atención está en otro lado.
Él me mira y yo frunzo el ceño ante su comportamiento tonto.
—¿Qué te pasa?—cuestiono.
—Nada.—responde, y suelta un suspiro.—Es que… tú estás rara, no sé. Pareciera que me ocultas cosas.
—¿Yo oculto cosas? —digo incrédula.—Creo que el único que oculta cosas aquí, eres tú.—recuerdo los documentos sobre el hotel del inmundo padre de Nora.
—¿Yo? ¿De qué estás hablando?—me dedica una mirada confusa, sin entender de qué hablo.
—¿Jugaremos a hacernos los tontos? Perfecto.—asiento y termino el champagne que me queda en la copa.
—Yo a ti en ningún momento te mentí. He demostrado interés en querer conocerte más, pero…
—Ay, Gael, estoy hablando de los negocios. —me quejo.—¡Deja el sentimentalismo de lado, por favor!
Cuando logro darme cuenta del peso de mis palabras, cierro la boca de golpe y lo miro como diciendo “perdón”. Es que, a ver, yo no soy sentimental. Toda la vida tuve en la mente “progresar” “tener dinero” “ser mi propia jefa”. Jamás puse mis sentimientos por encima de las cosas. Entonces, que venga él ahora y saque el tema del “interés personal” hacia mí, no me agrada. Y eso está mal de mi parte, porque se supone que mi objetivo principal es conquistarlo, acercarlo a mí y con lo que acabo de decirle prácticamente lo mandé de paseo.
Es que dos por tres se me olvida que él forma parte, y una muy importante, en todo esto.
Ahora, al mirarlo, me siento como la mierda. Porque se nota la decepción en su rostro, como que no se esperaba que yo le dijera tal cosa.
—Gael, yo…
—Parece que entendí mal las señales.—dice en voz baja.
—No, no…—intento enmendar el error que cometí.—Lo que quiero decir es que…
—Descuida.—me interrumpe.—Haré lo que tú quieres: dejaré el sentimentalismo de lado.
—Gael.—lo llamo.
Se aleja de mí y yo aprieto mi mandíbula con rabia.
—Genial, como si no tuviera problemas ya.—murmuro.—Ahora Gael se suma a la lista.—bufo.
Lo miro y veo que se despide de los italianos, aunque no logro escucharlos. Ellos me observan de reojo y noto que Fiorella me hace señas para que vaya tras Gael.
Suelto un suspiro. ¿Yo, ir tras un hombre? Nunca en la vida lo hice. Ni siquiera intenté impedir que mi padre se fuera de la casa, tampoco lo hice con Khan.
¿Por qué debería detener a un hombre que apenas conozco? Ah, claro, él es mi víctima. Eso cambia muchas cosas.
Le entrego mi copa a uno de los meseros que pasea por el lugar, y voy tras Gael.
Lo veo abandonar el lugar, y la mitad de sus guardaespaldas se le unen en el camino, y se dirige hacia su auto, donde su chofer lo está esperando con los demás guardaespaldas.
Camino lo más rápido que puedo por mis tacones. Boris viene de inmediato hacia mí cuando me ve, pero le hago señas para que espere en el vehículo.
Choco con una pareja mayor que se dirige hacia la exposición, me lanzan alguna que otra grosería por mi torpeza pero los ignoro. «¿Por qué camina tan rápido éste hombre?» Maldigo tratando de seguirle el paso.
—¡Gael!—le grito para que se detenga.
Él gira en mi dirección, y sus guardaespaldas se ponen alertas de inmediato. Ellos se vienen contra mí, pero Gael se les interpone en el camino.
Boris viene corriendo, al igual que Elías, y el otro hombre de seguridad que custodiaba la mansión pero que ahora es parte de mis guardaespaldas.
—Ella está conmigo.—les dice Gael.—Pueden volver a sus puestos.—indica.
Sus hombres se alejan, y yo les indico a los míos que nos den privacidad.
—¿Qué se te ofrece?—me pregunta con caballerosidad.
—Mira…—intento disculparme pero no me salen las palabras.—No quise decir lo que te dije.—me las arreglo para hablar.
—Yo soy quien debe disculparse por creer que estabas interesada en mí. Fue un error mío.—dice de repente.—Creí que después de la cena que tuvimos… había algo más.
Abro la boca para hablar, pero la cierro al no encontrar las palabras adecuadas. Vuelvo a abrirla, pero la cierro nuevamente.
—No te preocupes, es mi culpa.—dice, al verme batallar internamente.—Repito: fue un error mío creer que había algo más.
Inhalo, exhalo y digo lo primero que se me viene a la mente:
—Es que sí lo hay, Gael. Hay algo más.—suelto.—¿Entiendes? Quiero conocerte. Esa cena que tuvimos, fue hermosa. Y fuiste todo un caballero conmigo. Y, más allá de que no recuerdes nada, quiero que sepas que todo estuvo muy lindo.
Las palabras salen sin precio aviso de mi boca. Hasta yo misma me sorprendí por haber dicho eso. Lo que me lleva a dudar si aún sigue siendo todo parte del juego.
Sus ojos se mantienen fijos en los míos, lo que me obliga a tragar saliva por el repentino nerviosismo que me dio.
—¿Estás segura? —pregunta, buscando indicios de mentira.
«Vamos, Dasha. Lo tienes ahí.» Me digo mentalmente.
—Sí.—digo con seguridad.
Se muerde el labio inferior y toma mi rostro entre sus manos. Me mira por última vez a los ojos, y finalmente une sus labios con los míos.
Y es aquí donde me pregunto si esto tendrá resultados positivos para mí, o si seré víctima de mi propio juego.
**
Me despierto gracias al sonido de un teléfono móvil, el cual suena en algún rincón de la habitación.
Intento moverme y salir de la cama, pero unos fuertes brazos me tienen acorralada, impidiendo la huida.
Me giro y veo que Gael duerme profundamente, abrazado a mí.
Intento apartar su brazo con cuidado, pero él suelta un gruñido y me abraza con más fuerza.
«Mierda» Susurro bajito. El aparato sigue sonando y no sé dónde mierda está. Puede ser mi teléfono, o el de Gael. Realmente no lo sé.
Miro la hora en el reloj de la pequeña mesa de luz a mi lado y mi boca se abre en una “o” al ver que son las nueve de la mañana, ¡las nueve!
—¡Carajo!—gruño y empujo a Gael lo suficiente, alejándolo.
Se despierta de golpe, sobresaltado por mi grito.
—¿Qué pasó? ¿Qué pasó?—dice con un tono más ronco de lo normal, mientras se frota los ojos.
—¡Son las nueve de la mañana! Es muy tarde.—me quejo.
Comienzo a buscar mi ropa pero no sé dónde está.
—Ay, maldita sea. ¿Es tú teléfono el que suena? Ese ruido ya me está hartando.—le digo, y me arrodillo para revisar debajo de la cama a ver si encuentro alguna de mis pertenencias, o el aparato.
—No lo sé…—murmura desorientado.
—Gael, despiértate, por favor.—chasqueo mis dedos con impaciencia.
Encuentro mi vestido blanco y comienzo a vestirme, sumamente apurada.
Él se quita las sábanas de encima y sale de la cama. Estira sus brazos, desperezándose.
—Buen día.—dice sonriendo, aún con cara de dormido.
—Buen día.—respondo, luchando con el cierre del vestido.—Éste cierre estúpido.
—Ven, déjame ayudarte.—me hace señas para que me acerque.—¿Por qué no te calmas, tomas una ducha y luego yo te llevo hasta tu casa para que puedas cambiarte de ropa?—me pregunta con calma.
—Son las nueve de la mañana, ¿entiendes lo que significa eso? Quiere decir que es muy tarde, por ende no podemos andar con vueltas.—trato de hacerle entender.
Yo me acerco a él y le doy la espalda. Pongo mi cabello a un lado, indicándole que suba el cierre.
—Tenemos un día ajetreado por delante, lo sabes.—repaso la agenda—Hay invitados que vienen desde Corea del Norte especialmente para conocer el casino principal y tenemos que ir a supervisar que todo esté en buenas condiciones. La fiesta debe estar espectacular.—le recuerdo.
—Lo sé, tienes razón. Pero, aún así, debes empezar bien el día.—me da un beso en el cuello.—Listo.
—Gracias. Me lavaré los dientes, eso sí.—le indico y corro hasta el baño.
Anoche, luego de la exposición de arte, accedí a pasar la noche con Gael. Vinimos al pent-house, cenamos y luego tuvimos sexo. Estuvimos despiertos hasta tarde, y no sentí siquiera la alarma.
Ahora, estábamos más que atrasados.
Encuentro un cepillo de dientes nuevo en uno de los cajones, y me lavo los dientes con rapidez.
Gael ingresa al baño también y abre la regadera para templar el agua, mientras yo me arreglo el pelo con mi mano libre.
—¿Quieres ducharte conmigo?—me pregunta.—De todas maneras ya vamos retrasados.
—No, prefiero irme a casa. No quiero perder más tiempo. —le digo. Me enjuago la boca y me lavo la cara.
—Bueno. —dice. Toma su cepillo y se lava los dientes. —No no tardaré mucho, si quieres puedo llevarte.—me informa.
—Tú aséate tranquilo. Yo puedo irme en taxi.—le rodeo los hombros con mi brazo y le beso la mejilla.
—¿Segura?—insiste.
Yo asiento y me miro al espejo una última vez. Decido recogerme el cabello en un alto moño, quedando más presentable.
—Bien, voy a buscar mi teléfono, si es que lo encuentro, y me voy.—le digo.
Él termina de lavarse los dientes y me toma de la cintura.
—De acuerdo. Nos vemos en la compañía entonces.—me habla en voz baja.
Une nuestras bocas en un beso lento, con sabor a pasta dental. Luego me besa la mejilla y aprieta levemente mi nalga izquierda.
—Avísame cuando llegues a casa. O mejor aún, uno de mis guardaespaldas te llevará, así sé que llegarás segura. ¿Quieres?
—Bien, eso me parece perfecto. Gracias.—le acaricio la mejilla.
Le lanzo un beso y salgo del baño, en busca de mis pertenencias. Encuentro mi bolso en un sofá, y mis tacones tirados en el suelo, junto a las puertas del elevador.
Mi teléfono móvil estaba dentro del bolso, y tengo 4 llamadas perdidas de Celine, 2 de Boris y 10 de Elena. También hay 3 mensajes comunes de Irisa y dos video llamadas perdidas en mi w******p, por parte de ella también.
En ese instante me llega una nueva llamada entrante de Celine y decido responder.
—¿Qué pasa?—hablo, mientras me dirijo al elevador privado de Gael.
—¡Ay, al fin respondes, mujer! Pensamos que te había pasado algo.—se queja.
—No sabía que debía avisar a dónde iría y con quién.—digo irónica.
Ingreso al elevador y apoyo mi espalda en uno de los costados.
—No podíamos comunicarnos contigo, lógicamente nos preocupamos.—comenta.—¿Cómo salió todo con el galán?
—¿Por eso tanto alboroto? Tiene que ser una broma.—ruedo los ojos.
—Boris nos dijo que al parecer las cosas estaban un poco tensas anoche entre tú y Moore.—explica.
—Boris es un chismoso. Dile que creí haber sido lo suficientemente clara con él ayer.—inquiero.—Estoy yendo para la mansión ahora, espero que todo esté en orden y, sobre todo, espero que tú estés encargándote de Khan.
—Boris está un poco triste, ahora sé que tú tuviste que ver en eso.—me acusa.—Por otro lado, tú hermano no ha hecho otra cosa más que entrar y salir de una fábrica abandonada al sur de la ciudad. Parece que han estado transportando algo en diversos camiones, pero solamente lo seguí a él.—me cuenta.—Creo que estaban distribuyendo droga.
En cuanto las puertas se abren, avanzo a paso rápido en dirección a la salida.
—Necesito que me mandes la dirección de esa fábrica. Veremos qué se está moviendo en ese lugar. ¿Notaste algo sospechoso por parte de Khan? ¿Te vio?
—No, nada. Él se movía de un lado al otro, entregando paquetes en zonas poco pobladas. Ya sabes, barrios turbios de la ciudad.—le resta importancia.—No me vio. Es más, cuando llegó a la casa se comportó normal, me decía algunas palabras en ruso, creo que eran insultos. Intentó pasarse de listo dos veces pero lo puse en su lugar y parece ser que entendió y ahora guarda distancia.
—Bien, en cuanto yo llegue hablamos con detalle.
**
—… justo aquí se encuentra la fábrica. Di unas vueltas por la manzana y alcancé a ver qué hay varios hombres armados asomándose por las ventanas y puertas, tanto en el sector delantero como en el de atrás. Está todo bien custodiado, así que ahí se está transportando mercancía pesada—me explica Celine, señalando el mapa de la ciudad el cual está extendido sobre la mesa en el jardín.
—Bien, mandaré a que revisen la zona.—aseguro.
—Debes tener cuidado. Sé por experiencia propia que ahí no se andan con juegos. Si ven algo que les resulte sospechoso, te pasan a mejor vida en cuestión de segundos.—me advierte.—Ya te dije, son barrios turbios.
—Lo sé. No mandaré a cualquier idiota.—afirmo.
—Puedes obtener información por parte de Khan. Él más que nadie sabe qué tipo de entregas se hacen ahí.—dice con obviedad.
—Eso ya lo pensé. Pero no puedo simplemente preguntarle sobre los negocios de Roxanne, porque yo no tengo la certeza de que a él no se le va a ocurrir la estupidez de ir con ella y decirle que estoy investigando sobre toda esa movida, ¿entiendes? Él debe pensar que yo le estoy dando vía libre para que siga con ella como si nada. —le explico.
—No quieres que él sepa que estás averiguando todo sobre los negocios sucios de esa mujer.—reflexiona.
—Exacto. —concuerdo.—Ese detalle solamente quedará entre tú y yo. Khan cree que yo simplemente quiero que él permanezca “trabajando” para Roxanne hasta que llegue el momento de eliminarla. Y tú tienes que seguirlo bien de cerca para averiguar si él me delata o no.
—De acuerdo. Estaba pensando en que quizás podamos ponerle una tarjeta espía en su teléfono móvil, de esa manera estaríamos escuchando en tiempo real todas sus llamadas.—opina.
—Sí, haremos eso. Ahora, cambiando de tema, ¿has intervenido el aparato de Gael? ¿Ha recibido alguna llamada telefónica ésta mañana?
—Eh, sí. Estuve al pendiente de las llamadas que recibió.—comenta, mientras abre su computadora y teclea.—Todas las llamadas han sido normales: Demian lo llamó, también los demás socios que, por cierto, me cayeron mal. En especial ese tal Harrison.—dice observando la pantalla.—También llamó su madre y hablaron de cosas triviales. Fuera de eso… a ver…—guarda silencio por un momento mientras sus ojos viajan de una esquina a la otra, en la pantalla.—Ah, sí, lo llamaron desde una línea fija.
—¿Pudiste rastrear de dónde provino la llamada?—pregunto con curiosidad.
—Sí, me llevó algo de tiempo pero lo conseguí. La llamada fue realizada desde la cárcel Rikers Island, ubicada aquí en New York. Debo mencionar que es de máxima seguridad.
Yo frunzo el ceño, totalmente anonadada. ¿Una llamada desde la cárcel? Ahora sí la mente me hizo cortocircuito.
—¿Estás segura?—le pregunto, sin poder creerlo. —¿Por qué recibiría una llamada desde la cárcel?
—Es raro, pero totalmente cierto.—me asegura.—Investigué un poco sobre ese lugar. Escucha: “La colonia penitenciaria de Rikers Island está clavada en un trozo de tierra que emerge del East River. La única vía de acceso al enorme correccional es un puente desde el barrio neoyorquino de Queens. Está integrada por diez unidades y ocupa una superficie equivalente a 300 campos de fútbol…”—lee con rapidez.—También leí por ahí que están considerando cerrar las instalaciones, a más tardar en cinco años y reemplazarla por cárceles más pequeñas en algunos barrios como Manhattan y Brooklyn.
Yo me pongo de pie, pensativa. Camino de lado a lado, tratando de unir las piezas y entender cómo se relaciona Gael con un convicto.
—¿Se trataba de un hombre o mujer?—le pregunto a Celine.
—No lo sé, porque Moore rechazó la llamada.—dice haciendo una mueca.
—¿Cuándo lo llamó?
—Hoy. Hace exactamente cuatro horas.—añade mirando su reloj de muñeca.
—Quiero que le prestes atención a eso, vigila bien las llamadas que recibe. Y si él vuelve a comunicarse con esa persona, guarda la conversación y me avisas.—le ordeno.
Ella asiente de inmediato y se dispone a beber el café.
Yo tomo asiento frente a ella y termino de beber el mío.
—Así que pasaste la noche con Moore.—suelta Celine, y me guiña un ojo.
—Todo es por el objetivo final.—aclaro.
—Yo no dije nada.—se defiende.
En ese instante aparece Khan, seguido de Elena y una pequeña niña de vestido anaranjado. Trae un osito de peluche entre sus brazos.
—Hola, buen día.—saluda la pequeña.
—Buen día.—saludo de vuelta.
Las empleadas traen el desayuno para ellos.
—Estuve ordenando su agenda para el día de hoy, señorita.—me informa Elena.
—Bien. En unos minutos nos vamos.—le indico.
Noto que su hermana mira el yogurt que le han servido y disimuladamente hace una mueca. Al parecer no le gusta.
Yo la miro, para ver si dice que prefiere otra cosa, pero no lo hace.
—Has estado un poco perdida.—salta Khan, mirándome.
—A eso se le llama “trabajar”, por si no estás familiarizado con el asunto.—replico.
Miro nuevamente a la niña que intenta beber el yogurt con algo de asco. Se voltea hacia su hermana en busca de ayuda, pero Elena está haciendo un par de anotaciones en una libreta.
—¿No te gusta el yogur?—le pregunto a la niña.
Todos voltean a verla, y ella se pone nerviosa.
—Eh… lo que pasa es que… No quiero que usted piense que no valoro lo que hace por mí y por mi hermana… Beberé esto, gracias.—dice entre balbuceos.
—¿Te digo algo? A mí tampoco me gusta.—le susurro cómplice.—Pero tenemos una rica chocolatada, que seguramente sí te gusta. ¿Te gustaría probarla?—le pregunto, sonriendo.
—Oh, ¿en serio? Eso suena súper.—dice, y noto un brillo en sus ojos.
Le hago señas para que le cambien la bebida, y obedecen al instante.
Maggie mira a su hermana, que le sonríe con ternura.
—Gracias.—me dice la pequeña. Yo le guiño un ojo.
—Bien, Elena, es hora de irnos a la compañía. Estaremos gran parte del día en el casino.—le indico.
Ambas nos ponemos de pie y tomamos nuestras cosas.
—Maggie, debo irme. Ya hablamos, ¿recuerdas? Te quedarás en la habitación, y no tocarás nada.—le murmura Elena.
—Sí, lo sé. No te avergonzaré.—le dice de manera obediente.
Yo las observo y me maldigo por lo que diré a continuación.
—Tenemos un enorme jardín, puedes jugar si lo deseas. Eso sí, no vayas hacia el muelle porque puede ser peligroso.—hablo.—Aquí las empleadas querrán jugar contigo.
—Khan y yo también estaremos aquí. ¡Podemos jugar y hacer una guerra de agua!—salta Celine con emoción.—O mejor aún, disfrazarnos.
La niña chilla de emoción y aplaude.
—¡Sí, es muy divertido!—concuerda.
—Yo no quiero jugar.—suelta Khan.
Celine le lanza una patada por debajo de la mesa.
—Jugarás.—sentencia.