~Capítulo 12~

4986 Words
Dasha Elena y yo emprendemos camino a la compañía para reunirnos con los demás, y luego decidir quiénes irán al casino para terminar de organizar la fiesta y quiénes se quedarán siguiendo con el trabajo cotidiano. Cuando llegamos vemos a unos cuantos reporteros junto a la vereda, frente a la compañía. Al parecer están a punto de atacar con preguntas. Boris y el nuevo guardaespaldas, Dan, nos escoltan hacia la puerta principal. No logramos llegar muy lejos porque los buitres se nos vienen encima haciéndome todo tipo de preguntas relacionado con Gael: —¿Tiene una relación amorosa con el empresario Gael Moore?—pregunta uno de ellos. —Testigos afirman que anoche el señor Gael Moore le dio un romántico beso a usted, ¿es cierto?—indaga otro. —¿Qué puede decir sobre las fotografías que circulan en las r************* , donde se la ve a usted muy cariñosa con Gael Moore? Las preguntas continúan una tras otra. Yo no digo nada al respecto y avanzo con las rapidez hasta que ingreso a la compañía. Los de seguridad les cortan el paso a los reporteros, y ellos continúan gritándome preguntas. —Dios, qué intensos son.—me quejo. —La estuve llamando en el correr de la mañana por esa misma razón.—habla Elena, avanzando a mi lado.—Hay fotografías por todo internet. Usted y el señor Gael Moore se están… besando. Al parecer alguien tomó la foto anoche, luego de la exposición de arte. Entramos al elevador. —No tengo nada para decir. Es un simple beso, nada del otro mundo.—digo. Ella asiente y se queda en silencio. —La señorita Nora Franklin también me llamó. Se enteró de la noticia y estaba un poco triste.—me comunica. —No me interesa su estado de ánimo.—zanjo. —Ella quiere hablar con usted. —No tengo tiempo, ni ganas, de hablar con esa mujer.—espeto. Las puertas se abren y ambas nos dirigimos a mi oficina. —Quiero que contactes a Irisa, y le pidas un informe detallado sobre los casinos de Rusia, y luego llama a Katia y pídele lo mismo con el hotel.—le ordeno a Elena. —Bien, enseguida me pongo a trabajar.—dice. Se queda en su puesto de trabajo y yo ingreso a mi oficina. Cierro la puerta tras mi espalda y suelto un suspiro. Me detengo de golpe al ver a Gael sentado en mi silla giratoria. —Hola. ¿Qué haces aquí?—le pregunto, mientras me acerco. —Te estaba esperando.—habla. Se pone de pie y avanza hacia mí.—Al parecer nos tomaron una fotografía anoche. —Lo sé, hay reporteros en la entrada.—le comento. Él se acerca a mí y yo lo evado, pasando por su lado y me dirijo a mi lugar. Dejo la cartera a un lado y ordeno las carpetas que están esparcidas por el escritorio. —¿Les dijiste algo?—pregunta. —No, decidí ignorar sus preguntas.—respondo con indiferencia. —¿Yo no debería hablar entonces?—prosigue. Levanto la vista y lo miro, está de pie del otro lado. —¿Hablar sobre qué? No tenemos una relación. Solamente tuvimos sexo. Tú y yo estamos de acuerdo en que queremos conocernos más, ¿no? Pero no hay porqué dar explicaciones o ponerle una etiqueta a esto. Él se acerca y se pone a mi lado. —Lo sé. Es mejor ir con calma, para no toparnos con sorpresas más adelante.—dice en voz baja. Sus palabras me toman por sorpresa. Me pregunto qué habrá querido decir con eso. —Tienes razón —concuerdo. Él lleva su mano a mi cintura y me pega a su cuerpo. Pongo mis manos en su pecho por instinto, y en cuanto sus labios tocan los míos me dejo llevar por el momento, cerrando mis ojos. Los besos de Gael son adictivos y sumamente delicados, y cada toque suyo hace que mi sangre hierva por dentro. Los golpes provenientes de la puerta hace que la magia de esfume. Nos separamos y tardamos unos segundos en recomponernos. —Señorita Dasha, el señor Piero Ricci vino a verla.—me avisa Elena desde el otro lado de la puerta. Yo frunzo el ceño y Gael me observa en busca de una respuesta. —Dile que pase.—respondo. —¿Hay algo que deba saber?—me pregunta Gael.—¿Viene por alguna reunión? —Sé tanto como tú, guapo. No sé qué querrá ese hombre.—digo y aprovecho para arreglarme el labial. Segundos después la puerta se abre e ingresa el hombre de ojos grises. —Hola, buen día.—nos saluda. Yo aprovecho para rodear el escritorio y dirigirme a él. —Lamento llegar sin previo aviso, pero debo hablar no la señorita… Kuznetsov.—nos dice. Por la pausa que hizo al pronunciar mi apellido, deduzco que nada bueno trae su visita. Mis alarmas se encienden cuando me lanza una mirada interrogativa, pero aún así trato de permanecer serena. —Gael, puedes comenzar la reunión con los demás. Iré en unos minutos.—le indico. Él alterna la mirada entre el italiano y yo, pero finalmente asiente. —Gusto en verte, Piero.—lo saluda. —Igualmente.—el italiano palmea el hombro de Gael en cuanto él pasa por su lado. Antes de salir, me mira por encima de su hombro y yo le sonrío para tranquilizarlo. —Usted dirá.—rompo el silencio. Le indico que tome asiento en el sofá, y yo vuelvo a mi silla.—Es… inesperada su visita. —Sí, lo sé. Pero, digamos que el asunto que me trae aquí el día de hoy es importante.—dice con voz neutral. Yo lo miro, a la espera.—Dasha Kuznetsov, ¿no?—dice. —Así es. Piero Ricci, ¿no?—le respondo de igual manera. Él se ríe, asintiendo con la cabeza. —Haremos un pequeño juego: una verdad y una mentira —habla, y mis cejas se elevan con sorpresa y confusión.—Empezaré yo. Le contaré una pequeña historia, muy bonita, y usted intentará adivinar la verdad y la mentira dentro de esa historia. No es muy difícil. Yo apoyo mis codos sobre el escritorio y entrelazo mis dedos. No me gusta lo que escucho. Siento que está a punto de soltar una bomba en mi dirección. —De acuerdo.—acoto, haciendo un ademán para que comience. —Hace aproximadamente 11 años conocí a una hermosa chica. Ella en ese entonces tenía 19 años, y yo 35.—comienza el relato y yo me tenso al instante. Intento estar tranquila, y no darle razones para desconfiar de mí. Si lo echo, o le muestro mi descontento, él se dará cuenta que algo no anda bien aquí. Me obligo a mirarlo con atención, como si su historia fuese algo totalmente nuevo para mí. —Yo estaba viviendo en Rusia, temporalmente—retoma—, y esa chica me encantó desde el primer día que la vi. Comenzamos a salir, yo le regalaba cosas y la ayudaba a pagar sus estudios. Quería que tuviera todo, porque se lo merecía. »Ella se negaba a recibir ayuda de mi parte, pero yo insistía y al final terminó aceptando dinero de mi parte. Yo era un alma solitaria, no tenía hijos, y me había divorciado luego de unos cuantos años de matrimonio. Y aunque al principio quería solamente diversión, pues el amor tocó mi puerta nuevamente. Realmente me enganché con ella, y quizás te preguntes “¿Era amor? Porque la diferencia de edad era notoria”. Para mí quince años no eran nada, no cuando se trataba de amor. »Estuvimos saliendo por dos años, más o menos. Yo la consentía tanto, que para mí comprarle cosas no era un problema. Realmente disfrutaba haciéndolo. Si me preguntan qué fue lo que me atrajo de ella… Diría que fue su forma de ser, esa sencillez que la caracterizaba, esas ganas de progresar, esa frescura y que siempre era tan directa a la hora de hablar y decir las cosas. Me mantengo atenta, oyendo cada cosa que dice. Siento que mi pulso cardíaco se ha acelerado. Volver a revivir lo que pasó me pone nerviosa y ansiosa. Las ganas de salir corriendo me acorralan. No sé con qué fin me está diciendo todo esto. Quizás espera una reacción mía, que le diga algo, que confiese… pero no lo haré. Prefiero tragarme las palabras que tengo estancadas en la garganta, antes de confesar la verdad ante él. —La burbuja en la que vivía no era eterna, claramente. La magia se esfumó y ella conoció a alguien más… o eso me dijo. —comenta con dolor.—Quería terminar todo conmigo, y yo accedí. No tenía caso forzar las cosas. La quería, claro que sí, pero tener a alguien a mi lado por la fuerza no era algo que yo acostumbraba a hacer. »Con el corazón roto, respeté su decisión y le pusimos punto final a lo que tuvimos. Yo decidí volver a Italia y enfocarme en mis negocios. Eso debía servirme como distracción. Tampoco era como si tuviera muchas opciones. El tiempo pasó y no volví a saber de ella. Todo fue tan raro, que parecía irreal. Es decir, ¿cómo podía alguien desaparecer así, tan repentinamente? Nueve meses después, volví a Rusia y la busqué: fui a la universidad donde me dijo que estudiaba pero no estaba registrada, nunca lo estuvo. La busqué en los hospitales y tampoco la hallé. ¿Era posible que se la tragara la Tierra? Mi mente me estaba jugando una mala pasada, quería delatarme. Mis manos estaban cerradas, formando un puño. Mi mandíbula estaba tensa. Me dolía la cabeza. Sentía mis piernas débiles. —Y aquí estoy ahora.—finaliza.—¿Podrías decirme cuál es la mentira y cuál es la verdad?—me pregunta, volviendo a la tranquilidad. —Supongo que… —me hago la pensativa.—tal vez jamás conoció a esa chica, esa puede ser la mentira que dijo. Y la verdad podría ser… que sí se divorció.—añado vagamente. Él me inspecciona con atención, en silencio. Yo le sonrío, haciéndome la tonta. —Una historia muy… emotiva, casi de telenovela.—me burlo.—Sigo sin entender por qué me la contó. Si le soy sincera el cliché no es de mi agrado, el romanticismo no me llama la atención. —comento. —Es usted una excelente actriz.—añade.—¿El nombre de Jereni Petrov le resulta familiar?—pregunta con cautela. Yo niego con la cabeza. —¿Está segura?—insiste. —¿A dónde quiere llegar? Le agradecería si aprieta el acelerador, porque tengo una reunión a la cual asistir.—inquiero. —Bien, seré breve. Ya que ambos estamos apurados.—asegura. Se pone de pie, mientras arregla su traje oscuro. Carraspea y me mira a los ojos. —Sé que eres Jereni Petrov. Cambiaste tu identidad hace muchos años, lo que aún no sé es por qué lo hiciste. Admito que tu apariencia es muy diferente, pero tengo certeza que eres esa chica de la cual me enamoré hace 11 años.—espeta con seriedad. Me quedo muda, helada en mi asiento. Trago saliva, incapaz de hablar. Tiene que ser una broma. No entiendo cómo se pudo enterar de eso si yo me encargué de borrar absolutamente cualquier registro sobre mí. Debe estar tratando de hacerme flaquear. Obviamente no tiene pruebas. Nada más está empeñado con encontrar a esa “antigua yo”, y a toda costa quiere que se lo confiese. —¿Usted está bajo supervisión psiquiátrica?—le pregunto, sonando tranquila. —¿Qué? —Es muy grave confundir a dos personas, señor Ricci. Obviamente sólo una persona con la salud mental en mal estado hace tal cosa. Es claro que me está confundiendo con esa chica. Claramente hay un error.—añado. Me pongo de pie y avanzo hacia la puerta. —Gracias por su visita, señor Ricci. Pero, a menos que se trate de negocios, le agradecería que no venga más.—espeto, y abro la puerta. —Manterrò il tuo segreto, ma niente è gratis, bella bugiarda.—murmura en italiano. [Voy a guardar tu secreto, pero nada es gratis, bella mentirosa] —¿Ahora me va a chantajear con algo que no es cierto? No entre en ese terreno.—le advierto cuando llega a mi lado. —Non voler accettare la verità è da codardi.—dice acercando su rostro al mío. [No querer aceptar la verdad es de cobardes] —Es de cobardes no soltar el pasado.—sentencio.—Usted se aferró a esa chica y ni siquiera pudo mantenerla a su lado. ¿Por qué no deja eso atrás y mira hacia adelante? Tiene una pareja al lado, céntrese en ella.—increpo. —Confiésame la verdad o buscaré a Gael Moore y le diré todo lo que sospecho.—me advierte.—Non ti ho mai giudicato e non lo farò ora.—baja la voz. [Nunca te juzgué, y no lo haré ahora] Me acorraló. El maldito me tiene entre la espada y la pared. Pienso en mis pros y contras, en lo que conlleva decirle la verdad o dejar que vaya y le cuente todo a Gael. En ambas opciones estaré perdiendo algo. «Piensa, Dasha, piensa» Debe haber algo con lo cual yo pueda chantajearlo. —Tu silencio es la respuesta.—dice finalmente. ¡Bingo! Una excelente idea aparece en mi cabeza. Hace el amague de salir, pero mi voz lo detiene: —¿Qué pensará la prensa sobre el incidente ocurrido el 13 de Agosto del pasado año? Se gira con lentitud y me mira con nerviosismo. Puedo descifrar un destello de miedo en sus ojos. —El derrumbe del edificio en Rumania fue accidental.—me dice. —¿Lo fue? —cuestiono.—No me costará nada indagar un poco y culparlo a usted. Tengo mucha influencia.—inquiero.—Cuando uno tiene dinero, puede señalar a cualquiera. No es nada nuevo en el mundo de los negocios. Culpable puede ser cualquier persona. —El edificio ni siquiera es mío. Mis arquitectos estaban en otro proyecto.—dice como si nada. —¿Y? La competencia siempre existe y ese edificio se estaba construyendo en uno de los mejores puntos de Rumania. Se sabe que muchas empresas estaban en disputa por comprar ese lugar. La orden para hacer explotar el sitio fue emitida de algún lado.—le informo.—¿Qué pasará cuando su nombre aparezca en todos los sitios Webs? —Pero yo no tuve nada que ver. Yo trabajo limpiamente siempre. —¿Y? Eso a nadie le importará cuando lean que usted fue el responsable. La gente cree en lo que lee, en lo que ve… No me costará nada ensuciar su nombre. —lo amenazo.—Pero no hay necesidad de llevar a ese punto. Manténgase lejos de mí y no habrá ningún problema.—le sonrío. —Solamente quiero que aceptes la verdad, que no te ocultes. Puedes confiar en mí, siempre lo hiciste. ¿Por qué quieres arruinar mi reputación? No estoy haciendo nada malo.—dice sin entender. —Si no deja ese tema de lado, me veré en la obligación de tomar cartas en el asunto.—zanjo.—Y las cosas se pondrán feas para usted. —No le diré nada a Gael Moore. Veo que eso es lo que te inquieta. —reflexiona.—Pero nadie me quita de la cabeza que tú seas Jereni Petrov.—afirma.—Y solamente quiero que en algún momento lo reconozcas. Sólo cuando ese momento llegue, te dejaré en paz. Se retira de la oficina y cierro la puerta de mala gana. ** Una semana más tarde me encontraba descendiendo de mi jet privado. Había aterrizado hacía pocos minutos en Rusia y me esperaban tres días muy ajetreados. Me dolía la cabeza debido al estrés que cargaba encima, y mi humor estaba peor que de costumbre. Le había encargado a Celine vigilar a Khan en mi ausencia, así como también que no se metiera en problemas. Le encargué, por sobre todas las cosas, revisar las cámaras y micrófonos del pent-house de Gael, y que me avisara si llegaba a recibir otra llamada telefónica desde la cárcel; Elena estaba al pendiente de mis asuntos allá en New York, por lo que debía ir a la compañía para ponerse al corriente de las novedades; Dimitri es mi fuente confiable dentro de la compañía, así que confío en que él seguirá dándome los avances que acontecen allí. Por otro lado, Boris se quedó a cargo de la mansión. Sabe cómo me gustan que funcionen las cosas, así que estoy completamente segura de que él sabrá manejar todo para que funcione correctamente mientras no estoy. Piero Ricci es caso aparte. Otro dolor de cabeza. Gracias a la amenaza que le hice, se ha mantenido al margen y no ha insistido más con el tema. Aunque sé que es cuestión de tiempo para que venga a j***r nuevamente con lo mismo. —¡Dasha!—exclama Irisa con alegría al verme llegar a la residencia privada. Elías, que fue quien me acompañó además de otros guardaespaldas, ingresa a la propiedad cargando mis maletas oscuras. —¡Qué alegría verte!—me habla ella. —Lo mismo digo, amiga.—correspondo levemente al abrazo que me da. —¿Cómo estuvo el vuelo?—me pregunta. Nos dirigimos al jardín y yo dejo mis pertenencias en una de las sillas. —Estoy realmente agotada.—me quejo. Ella deja las carpetas a un lado, y se quita los lentes de aumento. —Te entiendo. Debes estar con la energía en cero.—empatiza.—Ojalá pudiera decirte que te tomes el día para que te relajes… pero hay mucho que hacer. Yo suelto un suspiro y le hago señas para que me pase los documentos. —Te pasé todo por correo, los detalles y demás.—dice. —Leí todo de camino.—respondo. —Bien. Mañana a las 9 p.m. comienza la fiesta en el hotel-Casino. Sabes que tenemos un invitado de renombre.—me recuerda la presencia del árabe. —Lo sé. Aún no he tenido oportunidad de conocerlo.—murmuro sin apartar mis ojos de los documentos. Reviso las gráficas comparativas y noto un aumento en las ganancias. Hay comentarios por parte de los invitados, los cuales halagan el buen recibimiento y la excelente disposición del personal. Los hoteles se mueven bastante y tenemos huéspedes nuevos esta temporada. —El príncipe se está hospedando en el hotel, amiga. Tiene la mejor suite presidencial con todas las comodidades, por supuesto.—me cuenta.—Katia se está encargando de todo eso, y parece que el hombre está más que contento por la atención. —Excelente. Katia tiene un don para ser de mediadora.—comento, firmando unos cuantos documentos. —Sí, es cierto.—concuerda. Nos quedamos en silencio mientras reviso todo y firmo un par de cosas. Hacemos llamadas para ultimar detalles de la fiesta, cenamos juntas en el jardín y bebemos un poco de vino. Le cuento brevemente mi situación con Gael, la llegada de Piero Ricci (ella está al tanto de la “relación” que tuve con él, aunque no con todos los detalles). También le dije que Elena estaba viviendo en mi casa con su hermana, y también los choques que he tenido con Boris. —Pobre Elenita. Se nota que la está pasando mal.—se lamenta.—El que la estés ayudando habla muy bien de ti, dentro de todo. Yo ladeo la cabeza y me llevo una patata frita a la boca. —Tampoco hice gran cosa. —¿Cómo que no? Le abriste las puertas de tu casa, nena. Eso no lo hace cualquiera.—inquiere.—¿No me digas que el idiota de Boris volvió a decirte alguna tontería?—intuye. —Ya lo conoces. —ruedo los ojos. —Lo voy a llamar y lo pondré en su lugar.—señala.—Mejor hablemos de cosas alegres, por ejemplo: Gael Moore. Ese hombre es una maravilla. —¿Cuándo será el día en que dejes de hablar de hombres por un minuto?—me burlo. Ella suelta una carcajada y levanta su copa. —Cuando muera, quizás.—responde con diversión.—Pero, cuéntame sobre él. —No hay nada que contar. Solamente nos estamos conociendo.—le digo.—Es… interesante. —¿“Interesante” en qué sentido?—indaga.—Debes ser más específica. —Digamos que me llama la atención su forma de ser.—digo sin dar detalles. Me empino la copa, bebiendo el vino que queda en ella. —Ajá. ¿No será más bien que ese hombre te gustó más de la cuenta? —No, Irisa. —zanjo.—¿Cómo puede ser posible que él me guste si no lo conozco lo suficiente? —¿Nunca oíste hablar del amor a primera vista? Eso es real. A mí me pasa todo el tiempo.—añade. —Tú eres demasiado enamoradiza, yo no.—le recuerdo. —Cierto. Se me olvidaba que mi corazón es de fuego y el tuyo de hielo.—piensa en voz alta, con un poco de humor.—Pero, aún así, tienes corazón. Y puede que ese hielo se derrita si llega una buena antorcha. Sí sabes a qué me refiero.—se ríe. —Tú y tu manera de describir las cosas.—me contagio de su risa. —Sólo déjate llevar. Quizás ese hombre es lo que necesitas para ser feliz.—inquiere con calma.—Llevas sola mucho tiempo, creo que te vendría bien tener compañía. —Nah, no lo necesito. Estoy bien sola. Ella me dedica una mirada como diciendo “Eso ni tú te lo crees”, pero no dice palabra alguna. Terminamos de cenar, mientras dialogamos un poco sobre los últimos acontecimientos aquí en el negocio, y cuando cae la medianoche Irisa se despide diciendo que pasará por mí temprano para ir al hotel-Casino y terminar de organizar todo para la fiesta del Príncipe árabe. Yo decido encerrarme en mi solitaria habitación, oyendo nada más que la baja canción italiana que escogí para despejarme un poco. Con mi copa en mano salgo al balcón y tomo asiento en un cómodo sofá. Me envuelvo con una abrigada manta y flexiono mis piernas sobre mi pecho. La noche estaba fría, muy diferente a la de New York. Aunque el cielo estaba estrellado. Caía una leve niebla por los alrededores, dándole un aire más deprimente al ambiente. Le doy un trago a la copa y me relajo un poco. Estos últimos días los había pasado con Gael, me quedaba todas las noches en su pent-house y nos divertíamos mucho: veíamos películas, él cocinaba para mí, nos contábamos detalles sobre nuestros Casinos y/u hoteles. Comentábamos sobre las noticias que salían a diario sobre nosotros, lo cual nos causaba gracia, pues ninguno de los dos había dado declaraciones. La pasábamos bien. No todo era sexo, aunque esa parte también me encantaba cuando llegaba. El repentino sonido de mi teléfono móvil me saca de mis pensamientos. Le doy un trago a la copa y la dejo en la mesa frente a mí. Tomo el aparato y veo el nombre de Gael en el centro. Sonrío y acepto la llamada: —Hola—hablo. —Pensé que estarías durmiendo, no sabía si llamar o esperar hasta mañana.—comenta del otro lado. Una diferencia horaria de 7 horas, lo había olvidado. Allá es más temprano, alrededor de las 17 hs. —Estaba tomándome una copa de vino antes de irme a la cama.—le cuento, mientras agarro la copa. —Oh, ¿tuviste un día largo? ¿El vuelo te cansó mucho?—pregunta. —Durante el vuelo adelanté trabajo y me puse al corriente.—hago una pausa para beber más vino.—Y cuando llegué a casa tuve que continuar trabajando. —Debes estar muy cansada.—murmura con pena. —Estoy acostumbrada.—ladeo la cabeza.—Ahora estoy descansando, aunque es medianoche—me río. —A mí me queda trabajo todavía, aún es temprano.—inquiere.—Te extraño, ¿sabes?—dice de repente. No puedo evitar sonreír al oír sus palabras. —No lo creo.—aseguro.—Con el trabajo, y demás, no notarás mi ausencia. En tres días estaré de vuelta. —Créeme, tu ausencia ya se nota. Y se va a notar aún más cuando llegue a casa y tú no estés allí, y mañana cuando me despierte y no vea tu rostro.—asegura. No sé si es consciente de lo que está diciendo, de lo que sus palabras están transmitiendo. Me pongo nerviosa y decido beber lo que me queda en la copa para bajar el nudo que se formó en mi garganta. ¿Por qué yo no puedo hablar abiertamente sobre mí o mis sentimientos, como lo hace él? Hasta Celine que parece ser una piedra, la cual no tiene sentimientos, demuestra más que yo. Quiero sincerarme a veces, pero no puedo. Es como si fuese una tortura para mí. Y no debería ser así. Quiero dejar de seguir la letra del libreto que yo misma creé y hablar, ser yo misma. Dejar de fingir un poco. —¿Tú no me extrañas?—pregunta. —Mi amiga Irisa está aquí conmigo, así que no estaré tan sola.—miento. —Ya veo—responde.—Al menos no estarás sola, eso me deja más tranquilo. Miro a mi alrededor, sintiéndome estúpida. Si él supiera que estoy completamente sola aquí, hasta sentiría lástima. Tengo todo y a la vez nada, me he dado cuenta de eso. Llegar a casa y no tener compañía fue algo que no me afectaba porque ya estaba acostumbrada, pero estos últimos días sí tenía personas que me recibían al llegar del trabajo: en la mansión estaban todos a toda hora. Y en el pent-house de Gael él siempre estaba allí también, esperándome cuando yo me retrasaba en la compañía. Ahora volver a este lugar que fue mi hogar durante años, se siente tan… vacío y diferente. Muy silencioso. —¿Sigues ahí?—habla Gael. —Sí, lo lamento. Estaba prestándole atención a Irisa.—vuelvo a mentirle. —Bien, yo debo irme. Todavía me queda una reunión.—me informa.—Descansa, te mando un beso. —De acuerdo. Adiós.—me despido y corto la llamada. Suelto un suspiro, y pienso en las estúpidas mentiras que le dije a Gael hace un momento. No sé por qué lo hice. Supongo que no quería que sintiera pena por mí. Me da rabia esto que siento. ¿En serio extraño a esas personas que me estresan a diario? Tiene que ser una broma. ** La fiesta estaba espectacular, a la altura, como siempre. La decoración, las luces, las mesas distribuidas. Todo gritaba “elegancia” por donde se lo mirara. Entro al lugar, acompañada de mis guardaespaldas, y la atención de todos viene a mí. Me dan la bienvenida y me felicitan por el lugar. Con una sonrisa en mi rostro saludo a todos los presentes, y me acerco a Irisa que habla con Katia. —¡Dasha!—me saluda efusivamente.—Estás divina. Sin dudas el color dorado te luce hermoso. —Gracias. Tú no te quedas atrás —señalo su vestido negro.—Elegante, como siempre.—le guiño un ojo. —El príncipe no debe tardar.—nos informa Irisa, alisando su vestido azul. —Estás nerviosa, ¿qué pasa?—le pregunto, elevando una ceja. —Le dije lo mismo. Está inquieta.—concuerda Katia. —¿El príncipe te tiene loquita?—me burlo. En ese instante veo a un hombre que resalta notoriamente entre la multitud, no sé si sea por la cantidad de guardaespaldas que le rodean o por su vestimenta tan característica del país que proviene: un Dishdash blanco acompañado de un pañuelo sobre su cabeza, de igual color. Si no recuerdo mal, dicho accesorio se denomina Ghutra o Kufiyya. El hombre no debe tener más de 35 años, y porta una elegancia atractiva. Su rostro se mantiene serio y distante, mientras sus ojos negros inspeccionan todo a su paso con sumo cuidado. Quizás está buscando algo para criticar o cuestionar. Cuando una persona está acostumbrada a vivir rodeada de lujos, oro y otras ostentosidades, desea que todo esté a la altura, vaya a donde vaya. Y ese hombre que nació en cuna de oro, pues obviamente observará todo con lupa. —Llegó mi amor platónico…—murmura Irisa, sin apartar los ojos de ese hombre. —Tampoco es la gran cosa.—añado, mirándolo de pies a cabeza. Katia me apoya, asintiendo y haciendo una mueca. En cambio, Irisa, nos observa como si estuviéramos locas. —Escuchen la hermosa voz que él tiene y después hablamos.—nos dice. Yo ruedo los ojos con diversión, y decido avanzar hacia el árabe. Veremos qué tan novedoso resulta ser. Carraspeo cuando llego frente a él, para llamar su atención. Sus ojos me escanean con lentitud y cuando sus hombres avanzan hacia mí de forma amenazante, él levanta su mano derecha y mueve sus dedos. Ellos retroceden al instante y él da un paso en mi dirección. —Jamal… —murmura en otro idioma. Supongo que es en árabe.
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