Dasha
—Aquí no hablamos árabe.—le digo con firmeza, utilizando el inglés.—Podemos hablar en ruso si así lo desea, o en inglés.
Él me observa con intensidad y sonríe de lado.
—¿No hablas árabe?—pregunta en inglés. Noto que hace una mueca, como si le desagradara el hecho de que no entiendo su idioma natal.
—No es un idioma que me llame la atención.—respondo.—Soy Dasha Kuznetsov, dueña del hotel-Casino—me presento con profesionalismo. Extiendo mi mano en su dirección y él se la queda viendo.
—Esa no es la manera correcta de dirigirse al Emir de Emiratos Árabes Unidos—me corrige.
—Disculpe, su alteza, pero no estamos en Medio Oriente.—le aclaro.—Está muy lejos de casa y aquí, en mi territorio, las cosas funcionan de manera diferente. Por ende, no espere una reverencia de mi parte, porque no es mi estilo inclinarme ante nadie.
Mis palabras lo sorprenden, ya que su expresión cambia. A decir verdad, hasta sus escoltas lucen avergonzados. Pienso que él me mandará a la mierda, pero en lugar de eso una sonrisa se expande en su rostro.
—Tienes carácter.—reconoce.—No conocí jamás a una mujer así.
—Hay una primera vez para todo.—hablo.
Él extiende su mano y aprieta la mía.
—Hassan Mahaluf, príncipe heredero de Emiratos Árabes Unidos.—se presenta con elegancia.—Es… todo un placer conocerla.
—Gracias. Espero que su estadía aquí esté siendo tal y como deseaba.—le digo.
—Fabulosa.—dice con más calma—Tiene un excelente equipo. Admiro mucho que sean mujeres independientes quienes trabajan con usted.
—Gracias. Supongo que ya conoció a Irisa y Katia.—señalo a las chicas que conversan con algunos invitados.
—Sí, ambas muy encantadoras.—reconoce él.—Debo destacar que la fiesta está… bastante bien.
—¿“bastante bien”? ¿Qué quiere decir con eso?—pregunto.
—Es difícil que todos los sitios a los que un Emir frecuenta estén a la altura.—comenta.—No muchos pueden darse ciertos lujos como yo —dice con cierta arrogancia.
Yo me rasco el puente de mi nariz. Claramente piensa que voy a permitir que venga con aires presumidos. Pues no. Este hombre se equivocó de persona. A mí no me gusta que me critiquen, encima todo esto fue para él y ni eso valora.
—Entiendo.—digo, y doy un paso hacia él—¿Qué es ésta fiesta comparada con las trescientas camionetas que usted tiene? ¿O comparada con su auto Mercedes, decorado con diamantes? O mejor aún, en comparación con su jet privado bañado en oro. Es lógico que critique mi fiesta. —añado.—Disculpe, para la próxima pongo diamantes en cada esquina del lugar, ¿eso lo dejaría contento?
—Se está saltando muchas normas, señorita. Está hablando con un Emir, y debe rendirle respeto.—salta uno de sus escoltas.
—Pues, todos ustedes están ante la dueña de éste lugar—replico.—Así que primero que nada me deben respeto a mí. Si no les gusta cómo son las cosas aquí, están en todo su derecho de irse.
—Aún así le debe respeto.—sigue diciendo el mismo hombre.—Él es el príncipe heredero de…
—Estamos en Rusia.—le interrumpo —Aquí hay reglas, y muy diferentes a las de su país. El respeto se gana, no se impone.
—La dama tiene razón.—habla el príncipe.—Qué poca caballerosidad de mi parte. Le ofrezco mis más sinceras disculpas. ¿Podemos hablar en privado? Usted y yo.—me dice.
—Por supuesto.
Le señalo el jardín trasero y él les indica a sus escoltas que esperen aquí. Pasa por mi lado dejando una ráfaga de su perfume fino y camina a pasos firmes.
Lo sigo y cuando paso cerca de mis amigas, ellas me observan como preguntando qué pasa. Les susurro que todo está bajo control y que se encarguen de mantener contentos a sus escoltas.
Cuando salimos al patio él apoya su brazo en la baranda de piedra frente a él. Se toma unos segundos para apreciar la vista y yo me cruzo de brazos, estudiando sus movimientos.
Éste tipo de personas son bastante… ¿Cómo decirlo?... influyentes. Tiene muchísimo dinero, casi podría decirse que es la persona con más dinero en el mundo. Tiene poder, recursos, y no se anda con rodeos para lograr sus propósitos. Claro está que también es peligroso meterse con alguien así. No soy estúpida.
—Es usted muy interesante.—es lo primero que dice, sin mirarme.
—Me lo dicen seguido.—concuerdo.
—Es todo lo que un hombre necesita.—se voltea hacia mí.—: muy bella, inteligente, independiente y astuta en los negocios.—me halaga.
—Gracias. Todo eso lo sé.—añado.
Él se acerca lo suficiente para que su rostro quede cerca del mío.
—Imagino que ya sabe por qué estoy aquí.—murmura.
—La verdad no.—niego, sin alejarme de él.—¿Le interesan mis Casinos? ¿Mi Hotel? ¿Está vacacionando?—indago.
—Todo eso.—responde.
—Le agradecería que sea más específico.
Él desvía la mirada unos segundos, como buscando las palabras adecuadas, y suelta un suspiro.
—Estoy buscando a alguien que gobierne a mi lado. —dice finalmente.
Yo frunzo el ceño y soy un paso atrás. Me río, alejándome de él.
—¿O sea que, de todos los países posibles, vino a Rusia en busca de su mujer ideal? Qué romántico.—me burlo.—Si quiere una sumisa más, le recomiendo que vaya, no sé, a Indonesia o China.—comento vagamente.—Dicen que las mujeres en ese tipo de países son menos complicadas a la hora de conquistarlas.
Él se ríe ante mi comentario y toma delicadamente mi brazo, haciéndome girar hacia él. Mi pecho casi toca el suyo y, más allá de que está prácticamente tapado por ese atuendo, aparenta tener un buen cuerpo.
—Cuando una mujer me llama la atención sé que realmente vale la pena, y usted me atrajo de inmediato. En cuanto atravesé esas puertas, su belleza me dejó realmente fascinado. En fotografías es hermosa, pero en persona… lo es mucho más.—dice.
—No me gusta compartir.—suelto, dándole a entender que no me gusta cómo funcionan las cosas en su país.—Que un hombre pueda tener varias esposas, no me parece justo. ¿Por qué una mujer no puede tener el mismo derecho, y tener varios esposos? —cuestiono.
—Son reglas que están desde antes de mi nacimiento. Así ha sido desde siempre.—dice.
Yo me suelto de su agarre.
—Pues no estoy de acuerdo con esa tontería, con todo respeto. Así que, mi respuesta a cualquier pregunta que se haga, es un rotundo no.—sentencio.
—¿Se está negando a vivir una vida rodeada de lujos? Todo lo que desee se lo concederé de inmediato. Usted ordene y yo cumplo. Viajes, edificios, oro, diamantes… lo que sea.—dice de inmediato.
Lo medito por unos segundos. Sin dudas es una oferta muy tentadora. Tendría todo lo que siempre he querido sin la necesidad de trabajar. Pasaría a ser mucho más grande de lo que soy. Estaría a otro nivel. Pero vivir bajo su techo, órdenes, reglas… eso no podría hacerlo jamás. De por sí todo es muy diferente en su país, son sumamente estrictos con la mayoría de las cosas. Tendría que renunciar a mi vida con tal de servirle a él.
No vine a éste mundo para seguir las órdenes de un hombre, para ser su sombra, mucho menos para compartir un mismo lugar con otras mujeres. Eso nunca.
—Usted mismo lo dijo: soy una mujer independiente. —le respondo.—No necesito de un hombre para tener lujos, mucho menos someterme a sus reglas y mandatos con tal de tener todo lo mejor. Así que, agradezco su oferta, pero paso.
Él traga saliva, claramente enojado.
—¿Está segura? Es una oportunidad que muchas mujeres desean.—me advierte.
—Estoy completamente segura.—afirmo.
Él estudia mi rostro, sin poder creer lo que está escuchando. En otras circunstancias hubiera aceptado, pero ésta vez no. Y me sorprende a mí misma que me esté negando, porque es justamente lo que quiero: tener poder y dinero de sobra. Pero no de una persona como él. Si me meto en ese terreno, sé perfectamente que no podré salir de allí. Los árabes son complicados, y no se andan con tonterías. Un paso en falso y estaría perdiendo mucho, inclusive mi propia vida.
—Es una pena.—dice finalmente.—Si decide cambiar de opinión, estaré encantado de recibirla en mis aposentos. Una mujer con carácter es lo que necesito. Mis puertas estarán abiertas para usted siempre. Jamás me he inclinado ante una mujer… pero por usted lo hago.
Sus palabras suenan a verdad, lealtad. Habla con tanta seguridad que hasta me hace dudar de mi decisión… Pero más allá de su atenta mirada, y lo real que resulta su relato, me mantengo firme con mi palabra.
—Espero que disfrute de la fiesta. Quizás si socializa un poco allí dentro, encuentre a esa mujer que busca.—señalo el interior, donde hay mucha gente.
Ladea la cabeza, como contradiciendo mis palabras, y tras un leve gesto con su cabeza se retira.
Me quedo sola. Apoyo mis manos en el barandal y chasqueo la lengua.
Las buenas oportunidades aparecen cuando una ya tiene planes que no puede cambiar. Y dichas oportunidades siempre traen algo malo, por ejemplo, en éste caso sería que se me presentó un príncipe de un país un poco… raro en términos generales. Fácilmente podría terminar tras las rejas si pongo un pie allí.
—¿Algo de lo que deba preocuparme?
Escucho la voz de Irisa a mi espalda.
—Un nuevo pretendiente, nada más. —le resto importancia.
—Eso es algo positivo. Y no es cualquier persona, estamos hablando de un príncipe, amiga mía.—dice poniéndose a mi lado.
—Su país es muy turbio. —comento.
—Es cierto.—concuerda.—¿Dices que no vale la pena el sacrificio?—indaga.
—No lo creo.—respondo indecisa.
Ella me observa, entendiendo la situación.
—Bueno, ya tienes a tu enamorado en New York.—me recuerda.
Yo sonrío. Otro gran problema me espera allá. Gael no es tan peligroso, es más llevadero.
—¿Por qué mejor no vuelves a la fiesta y te tomas varias fotografías con el gran Emir?—alardea.—Eso hará que las r************* exploten. Hay que sacarle provecho.
—Tienes razón. Ven tú también y aprovecha.—la tomo del brazo y ambas volvemos a entrar.
Hay unos cuantos periodistas sacando fotos y haciendo algunas preguntas a las personas importantes que se encuentran en la fiesta. El príncipe está dando alguna que otra entrevista y cuando me ve llegar pide que nos tomen una foto a los dos juntos. Yo me acerco a él y dejo que las cámaras se roben nuestra atención.
Katia e Irisa también se toman fotografías con él y en otras salimos todos.
Me alejo del Príncipe cuando algunos reporteros me piden, por favor, que responda algunas de sus preguntas. Obviamente accedo:
—¿Cómo se siente con la llegada del Emir Hassan Mahaluf, de Emiratos Árabes Unidos?—me pregunta uno de ellos.
—Es un honor para todas nosotras recibirlo aquí en el hotel-Casino. Hemos organizado esta gran fiesta exclusivamente para él. Un excelente recibimiento para alguien tan importante como lo es el príncipe heredero.—respondo, con una sonrisa estampada en mi cara.
—¿Es cierto que la llegada del Príncipe va más allá de negocios?
—Eso deberían preguntárselo a él.—digo con algo de humor.
—Lo hicimos. De hecho él nos dijo que es usted una mujer por la que vale la pena luchar.—comenta el mismo hombre.
—Es un hermoso halago. Él es muy… simpático.—añado.
—¿Hay algo detrás de estos rumores entonces?—insiste.
—Puedo decir que su presencia es muy importante para mí. Él es reconocido mundialmente, y sin dudas su llegada es muy favorecedora.
—¿Qué nos podría decir sobre Gael Moore?—me pregunta una mujer.
—Bueno, Gael es un buen hombre y trabajar junto a él es algo positivo.—respondo con calma.
—Se los ha visto juntos en varias ocasiones, fuera del trabajo. También una cámara los captó besándose. ¿Hay algo más que una simple relación de trabajo entre ambos?—su pregunta me toma desprevenida.
No quería oír eso de su parte. He estado evadiendo el tema que ahora no sé qué responder.
Me quedo en silencio, tratando de eludir la pregunta. Pienso en excusas que me saquen del apuro, pero nada se me viene a la mente.
Todos ellos me miran, esperando una respuesta de mi parte. Incluso el príncipe, que está siendo entrevistado a pocos metros de distancia, también me observa de reojo.
—¿Hay algo más que una relación estrictamente profesional?—vuelven a insistir.
Dudo por un instante. Pienso en las repercusiones que tendrá mi respuesta y opto por decir la verdad a medias:
—Por el momento no tengo ningún tipo de relación, con nadie.
**
A la mañana siguiente me despierto sobre las diez de la mañana.
La noche había sido un poco larga, ya que estaba bastante entretenido el entorno. A las 4 a.m. me había ido a la cama, un tanto ebria y muy bien acompañada.
Bostezo y alcanzo mi celular para revisar los mensajes: Gael me dejó un par. Decido responderlos más tarde y salgo de la cama. La persona que se encuentra acostada a mi lado, suelta un quejido.
—¿Qué hora es?—pregunta aún medio dormido.
—Tarde. Iré a darme una ducha, cuando salga no te quiero ver aquí.—le digo, envolviéndome en una bata de seda.
—¿Cómo? —pregunta, incorporándose—¿No vamos a desayunar juntos?
Yo suelto una carcajada.
—¿Piensas quedarte y jugar a la parejita? No, gracias.—le corto el rollo, encaminándome al baño.
—¿Nos volveremos a ver? Me la pasé muy bien.—dice.
Yo detengo el paso y me giro para verlo. Está sentando en la cama, sonriendo como idiota.
—No estuviste mal. Te llamo si necesito de tus servicios.—respondo, y él frunce el ceño.
—¿“mis servicios”? ¿Por quién me tomas?—dice indignado.—No estoy aquí como si fuese un gigoló. Ambos quisimos esto.
—Fue un decir, no hagas dramas. Mejor vístete, Manuel.—chasqueo mis dedos.
—Me llamo Miguel.—me corrige.
—Es lo mismo. No sé qué haces en mi cama todavía. Toma tus cosas y vete.—señalo la puerta.—¿Estás esperando algo de mi parte? Puedo pagarte el taxi si quieres.
—¿Por qué me tratas así? Prácticamente me estás echando de aquí.
—“Prácticamente” no. Te estoy echando.—espeto.
Él se me queda viendo confundido, pero no pone objeción. Yo lo ignoro y entro al baño, cerrando la puerta tras de mí.
El chico es un huésped que conocí la noche anterior en la fiesta. Hubo buena onda en cuanto nos conocimos y, bueno, las cosas terminaron de buena manera. Un encuentro casual, nada más.
Tomo una ducha rápida, me pongo ropa interior de encaje n***o y encima mi bata. Me seco el cabello con el secador y lo dejo suelto. Me aplico un poco de maquillaje y salgo del baño.
Reviso toda la habitación, asegurándome que el hombre se ha ido, y salgo al balcón para tomar un poco de aire fresco.
Leo los mensajes que Gael me envió: en uno me pregunta cómo está yendo todo por aquí, el siguiente dice que cuando pueda lo llame porque quiere oír mi voz… No respondo porque seguramente en New York recién sean pasadas las tres de la madrugada. Quizás él esté durmiendo.
Decido volver a la habitación y me pongo un pantalón de vestir azul, una blusa de seda negra y un saco a juego con el pantalón, de color azul también. Elijo unas sandalias de tacón negras y guardo mis pertenencias en una cartera. Debo bajar y encargarme del hotel-Casino.
Le mando un mensaje a Irisa y me dice que ella se encuentra en el Casino, y estará allí todo el día. Katia, en cambio, está en el Hotel, como siempre. Así que yo me quedaré aquí supervisando todo.
Rusia es el país más grande del mundo, así que mis tres hermosos emprendimientos están distribuidos a lo largo de todo el país. Los ingresos que generan cada uno de ellos van en aumento, y todo es gracias al excelente trabajo que hago. Contrato a las mejores personas claro está.
Elías está esperándome cuando subo a la última planta, donde se encuentra mi oficina personal. Me abre la puerta y yo ingreso.
—Tráeme un café.—le ordeno mientras me quito el saco y lo dejo en el respaldo de mi silla.
—Pero no soy su asistente…—murmura.
—¿Te pregunté? No, ¿verdad?—inquiero.—Sin azúcar.
Él sale de la oficina, algo cansado, y yo tomo asiento. Me recojo el cabello en un rodete alto y despeinado, y procedo a encender mi computadora para trabajar.
Los siguientes minutos los dedico a responder correos, y contacto a Elena para pedirle detalles de la situación allá en New York. Se disculpa, diciendo que estaba durmiendo, y me desespero cuando ella no logra seguir el hilo de la conversación.
—Elena, te necesito lúcida.—me quejo.—Tómate un café, algo.
—Lo—bosteza—lamento… Es que son casi las cuatro de la mañana—murmura.
—¿Y? No te pregunté qué hora es allá.—zanjo.—Debes estar a disposición las 24 horas del día.
—Sí, lo lamento.
—Te envié varios correos electrónicos. Revísalos.—le ordeno.—Debes contactar al manager de Richard Fuller y decirle que tenemos una propuesta para hacerle.
—¿El modelo?—pregunta.
—Ese mismo. Tenemos que crear una nueva publicidad para atraer más huéspedes. Estuve revisando la estrategia de la competencia y tenemos que ir un paso adelante. Richard es un excelente modelo, así que él será la cara de nuestra portada.—le explico, mientras tecleo.—Necesitamos que firme contrato con nosotros, ¿entiendes?
—Habían rumores de que usted estaba saliendo con él.
—Son mentiras.—zanjo.—Además, ese no es asunto tuyo.
—Yo creo que la presencia de ese hombre será problemática.—comenta.
—¿Te pedí opinión?
—No, pero…
—Entonces no me la des. Céntrate en tu trabajo, y empieza ya mismo.—le corto la llamada.
Elías entra nuevamente a mi oficina y trae una taza de café.
—La puerta se golpea antes de entrar y cuando te autorice la entrada, entras.—le digo.
—Sí, señorita. Disculpe.
Pruebo el café y enseguida lo escupo dentro de la taza. Hago una mueca de asco y le indico que se lleve la porquería que trajo.
—Está horrible. ¿Quién hizo el café?—le pregunto con rabia.
—Eh, en realidad lo hice yo porque todos estaban ocupados y…
—Ay, ya, vete. Eres un inútil. No sirves ni para hacer un simple café.—le hago un ademán y él se va cabizbajo.
Vuelvo al trabajo y me desconcentro cuando busco en internet las últimas noticias en tendencia. Mi ceño se frunce al ver las imágenes de anoche con el titular: “Noche de sorpresas”. Leo en voz alta lo que aparece seguido a la foto que nos tomaron al Emir y a mí.
“El Príncipe de Emiratos Árabes Unidos, Hassan Mahaluf, impresiona a Dasha Kuznetsov en la exclusiva fiesta que se llevó a cabo en el prestigioso hotel-Casino, para darle la bienvenida al Emir. Al parecer, la señorita Kuznetsov causó una muy buena impresión ante él ya que en una reciente entrevista, realizada al mismísimo príncipe heredero, él dijo exactamente: «Ella es una mujer hermosa, en todo el sentido de la palabra. Estoy dispuesto a darle lo que me pida… Incluso pongo el mundo a sus pies si me lo pide». ¿Será éste el comienzo de un romance entre ellos?”
¿En serio ese hombre dijo eso? Tiene que ser una broma. Ni siquiera me conoce, ¿Que va a poner el mundo a mis pies? Sí, claro. Con esa labia barata a otro lado.
Nos han tomado más fotografías…
Me pongo de pie inmediatamente, aún con mis ojos fijos en la pantalla.
—Ay, no.—murmuro con expresión de sorpresa.—Mierda. Mierda.—me llevo una mano a la boca.—¡No, no, no!
Paso el centenar de fotos que alguien nos sacó: estábamos hablando en el jardín. Él me estaba haciendo esa estúpida propuesta. Las fotos son comprometedoras… bastante. El príncipe y yo estamos cara a cara, muy cerca uno del otro. Cualquiera pensaría que no estamos precisamente hablando.
—Maldita sea.—suspiro, sin dejar de ver las imágenes. Una peor que la otra.
El Emir tomando mi brazo. Yo riéndome de las cosas absurdas que decía. Él acercándose a mí. Yo acercándome a él. Ambos conversando. Yo cruzada de brazos… Hay muchas fotos.
Gael. Él se me viene a la mente… Estoy en problemas.