Capítulo 9

4184 Words
– Con esto ya este todo hecho. – dijo él, antes de desaparecer de la habitación. En ese momento, Carmilla volvía a estar en el tejado donde el vampiro la trajo en brazos, mirando a su alrededor por si aparecía ya. Mientras lo esperaba, le vino a la mente lo que dijo Mónica, sobre no recurrir a la venganza para aliviar ese odio hacia Rizort, y menos hacia Blade que lo amaba. En el fondo quiso echarse atrás, pero era de esas que cumplían su palabra, el Conde Kamazotz le dio esa vida, para así poder vengarse de aquellos que mataron a sus padres, a cambio de ser su hija inmortal para siempre, era un precio que no le importaba aceptar, ya había dejado de ser Carmilla Fitzroy, ahora era la hija del Conde Kamazotz. –  Me alegra saber que no cambiaras de opinión, – dijo una voz. –  eso me hace sentir calmado y humorado. Carmilla se giró hacia la voz, y vio que el Conde, siendo una manada de murciélagos, aterrizaba en el tejado cambiando a su forma humana por así decirlo. Entonces, él se acercó a ella hasta estar frente a ella, y vio en ella un rostro perdido y pensativo. – ¿Qué ocurre pequeña? –  pregunto él, sin saber que significaba esa mirada aún. –  Conde… tengo una duda que me acaba de venir a la mente. – dijo ella, alzando los ojos hacia él. – ¿Cuál? –  Ahora que soy su hija vampira, ya no se me reconocerá como Carmilla Fitzroy ¿verdad? –  pregunto ella, él asintió. – ¿Como se me conocerá ahora, tengo algún otro nombre que haya pensado ponerme? – ¿Puede ponerte uno nuevo? –  pregunto él, sorprendido pero deseoso de poder afirmar esa duda. –  Ahora soy su hija, puede hacer lo que quiera conmigo, ¿no es así? – dijo ella, sin signo de temor o desconfianza. El vampiro quedó asombrado ante la nueva actitud de esa chica de pelo n***o y largo, viendo seriedad, pero pasividad al mismo tiempo, como si en verdad no odiase ser ahora una vampira, ni ser llamada por otro nombre y esas cosas, no tenía dudas sobre su nuevo estado inmortal, y eso dejó asombrado al vampiro, que se río en bajo, a la vista de ella, que parpadeó un poco confusa. –  juju, si tienes razón, ahora que eres mi hija, tengo que ponerte un nombre con el que todos deben respetarte, ya hace tiempo que lo tengo en mente el nombre… – dijo él con una sonrisa. – ¿Ah sí? ¿Cuál? –  pregunto ella algo curiosa. Antes de contestar, él se acercó más a ella, y cuando estuvo frente a frente, se inclinó hasta estar en el oído de ella y apoyando una mano en el otro hombro de ella, haciendo que se sonrojará un poco. En ese momento, la brisa fresca de la noche sopló por detrás de ella, haciendo que el pelo se moviera hacia delante. –  Carmillus… Kamatz. – dijo él en susurro, como seductor. Al oírlo, Carmilla se quedó paralizada, ya que, ese nombre era muy parecido al suyo, solo que sonaba más oscuro y respetuoso, como el de él. En cierto modo, ese nombre le pegaba a ella, más que Carmilla, ese nombre pegaba a su carácter y su aspecto. Entonces, Kamazotz se apartó de ella, y la brisa dejó de sopla en ese instante, dejando ver el rostro sorprendido de Carmilla. – ¿No te gusta ese nombre? –  pregunto él, viendo su rostro. –  no… todo lo contrario, me gusta más que el de antes, es como si me hubiera llamado así siempre. – dijo ella, sonriendo un poco en bajo. –  Gracias… Kamazotz sonrió satisfecho ante ese agradecimiento, y sin esperar más el abrazo por la cintura para después irse volando hacia el castillo. No tardaron tanto en volver, él aterrizó en el balcón de la habitación de ella, que con su poder abrió la ventana para dejarla pasar primero, y él detrás de ella. Cuando estuvo dentro de la habitación, pudo ver al otro lado de la cama doble roja, un ataúd de color rojo oscuro. –  Eso es… –  Sí, el ataúd que dije que te traería, ordene a mis subordinados que lo trajeran aquí… – dijo Kamazotz detrás de ella. –  Imagine que te gustaría ese color… – ¿Hay algo de mí que aún no sepas? –  pregunto ella, algo burlona y sonriendo. –  Dímelo tu. – dijo él con ironía. –  Muy pronto tu sabrás más cosas de mí, aparté de lo que dicen los libros… –  Supongo que si… – dijo ella. Entonces, Carmilla rodeó la cama para acercarse a ese ataúd, que para ella era hermosa, a pesar de saber que se usaba para meter los cuerpos de los difuntos, y para que los vampiros pudieran descansar también, aunque ellos dos no necesitaran dormir siempre en ellos, solo en ocasiones especial. Cuando estuvo al lado, se arrodillo para tocarlo un poco, notando que estaba limpio y suave, como si fuera nuevo, curiosa, lo abrió, deslizando la tapa hacia abajo un poco, hasta que pudo ver el contenido. Vio que, por dentro, los cojines del interior eran de color n***o, con una almohada pequeña de color n***o también, pero lo que más le llamó la atención, fue los objetos que había dentro; unas fotos, objetos, y una ropa bien doblada debajo de todo eso, un vestido de color blanco puro, liso y ligero. Confusa, apartó el resto de objetos y sacó el vestido para tenerlo de frente y verlo. – ¿Qué es esto? –  pregunto ella confusa a sí misma. Tan concentrada estaba, que no notó a Kamazotz detrás de ella, sentado en el borde de la cama observando tranquilo. Él se imaginó que ella reaccionaría de esa forma al ver ese vestido en su nuevo ataúd, y no pudo evitar reírse un poco, llamando la atención de Carmilla, que se giró de cabeza a él confusa e algo inquieta. -------------0--------------- – No te asustes… ese vestido, era el vestido de novia que tu prometido tenía preparado para ti, supe de él y fui a buscarlo para tenerlo aquí, pensé que querías usarlo en algún momento… – contestó él algo divertido. – ¿Lo pidió Blade? –  pregunto ella sorprendida, volviendo a mirar el vestido, sonrojada. –  Es… precioso. –  admitió ella, sonrojada, pero sonriendo un poco. –  Es verdad, me gustaría verte con el puesto… pero quizás pido demasiado. –  confesó él, bajando la mirada con los último. – ¿Y todo esto que hay en el ataúd? –  pregunto ella, dejando el vestido a un lado sobre el ataúd para coger el resto de cosas. – ¿Por qué hay cosas mías dentro del? –  Siempre se hace esto… aparté de la tierra de tu patria, también se suele tener objeto de tu vida humana, como tesoros… cogí lo que me pareció más valioso para ti… – contestó él, ahora con seriedad. –  Ya veo, así que es eso… – dijo ella. Estuvo un rato observando los objetos; las fotos, que eran de ella con sus padres y su hermana pequeña, viéndose felices en ellas, también había otros objetos, joyas que sus padres le regalaron con cariño, y un colgante donde estaba ella y su hermana en cada tapa. Todos estos objetos eran tesoros que su familia le dio antes de lo ocurrido, y quiso guardarlos por siempre, no le extraño que el vampiro supiera de ellos a través de su sangre. –  Gracias por hacer esto… – agradeció ella, de espaldas al vampiro, guardando de nuevo los objetos dentro del ataúd y después cerrarlo. –  Era lo mínimo que podía hacer… ya que has aceptado ser mi hija inmortal, te aseguro de que no te arrepentirás de ello. – aseguro él con seguridad propia. –  Yo también lo creo, siento que ambos nos parecemos en esto de perder a personas queridas, ¿no le parece, padre? –  pregunto ella, girándose a él, con el vestido en los brazos, para después dejarlo en la cama junto a él. –  Por tu expresión diría que ya tienes planeado un plan para vengarte pequeña mía… – dedujo él sonriendo sarcásticamente. – ¿Me equivocó acaso? Ella no contesto a esa pregunta, solamente estuvo observando el vestido blanco bien estirado en la cama, con un rostro serio y pensativo. Con eso el vampiro afirmó sus sospechas, por lo que, se puso de pie y estando detrás de ella, la abrazo por encima de los hombros, apoyando la barbilla en uno, mirando también el vestido blanco, que era también hermoso para él. –  Padre… lo siento, pero, tengo que pedirle que haga algo por mi… solo una cosa, nada más. –  pidió ella sin mirarlo, sonando como si se disculpará y le supiera mal algo. –  Lo que quieras, hija mía… no dudes en pedirme lo que sea. – aseguro él en su oído, sacando los colmillos seductoramente. Ya se hizo de día, y con él hubo avisos de gente encontrada muerta en callejones, sabiendo que eran obra de vampiros. La gente sabía que el vampiro que vivía en el Castillo Kamazotz, podía salir a la luz del día, pero que no solía hacerlo a menudo, por eso estaban tranquilos a saber que atacó por la noche, eso indicaba que no atacaría por el día. La policía se ocupó de los cuerpos, ya que, habían abandonado la búsqueda de Carmilla Fitzroy, dándola ya por muerta. Los criados de la Casa Fitzroy, poco a poco se fueron yendo de allí, perdiendo la esperanza de que su señora estuviera viva, solo la joven criada quiso quedarse allí, limpiando y cuidado de la casa sin descanso alguno, teniendo fe de que su ama volvería pronto. Durante todo el día, Mónica estuvo en su habitación durmiendo, luciendo cansada y con fiebre, por lo que sus amigas tuvieron que dejarla en casa con su familia cuidándola. Blade también estuvo en su habitación encerrado, a pesar de los fuertes golpes que su padre daba a la puerta para que abriera la puerta o saliera de una vez de allí, pero enseguida se cansaba de ellos y volvía bajo al bar para trabajar, ya que, su sueño de tener el dinero de Carmilla se había esfumado finalmente. Cuando Rizort bajo al bar, otro joven, un mensajero, subía por las escaleras con una carta en las manos. Cuando llegó al pasillo, dio unos pasos hasta ponerse frente a una puerta, en la de Blade. Picó un par de veces con suavidad, viendo que no tenía respuesta, paso la carta por debajo la puerta y se marchó sin más. En esa habitación, oscura y cerrada, Blade estaba encima de su cama, arrinconado en un rincón abrazando sus piernas, ocultando así el rostro. Cuando oyó algo liso deslizarse por el suelo, alzó el rostro, y vio en el suelo frente a la puerta, una pequeña carta, con su nombre en él. Curioso, pero sin querer moverse de su sitio, fue a coger esa carta y volver a la cama, la observo entera, viendo que su nombre estaba escrito con tinta roja en vez de negra, y solo vio dos letras, pensó que eran las iniciales de la persona que la envió, “C.D.” Sin esperar más, la abrió y sacó la hoja donde había escrito de esa misteriosa persona. Cuando la leyó, vio que también estaba escrito en rojo, como si se hubiera utilizado sangre, pero no lo creyó posible, y se puso a leer con calma, al principio. Distinguido Blade, Le escribo está carta para hacerle saber de algo que le interesará saber, algo sobre su amada prometida Carmilla Fitzroy. Le informó de que ella, está en mi castillo conmigo, disfrutando de mi compañía, en verdad tiene mucha suerte joven, tiene un cuerpo suave y una piel muy hermosa, a simple vista parece una niña inocente, pero ya veo que es toda una mujer, fuerte y valiente, tanto que podría ser toda una mujer de las tinieblas. Blade fue leyendo, y no podía creer lo que estaba leyendo, pero también se puso furioso en como ese sujeto le decía esas cosas de Carmilla, dando a entender que en verdad ella estaba con él. Intentando mantener la calmar, siguió leyendo hasta acabar de leer la carta. Si quiere recuperar a su prometida antes de que sea tarde, le espero en mi castillo a media noche, una vez allí sabrá encontrarla en una habitación con luces dentro, yo de usted sería puntual… no soy de esos que esperan a probar bellezas como ella, le aviso por el bien de ella, ya sabe. Atentamente; C. Kamazotz. Kamazotz, ese nombre era conocido por toda Rumania, aunque no todos creyeran de su existencia, el vampiro Conde Kamazotz, antiguo rey de Rumania; Azeman Tepes. Blade no pudo creer que ese sujeto fuera él, y menos un vampiro, pero después de los diferentes avisos de cuerpos muertos en las calles con marcas en el cuello, hizo que creyera en esa posibilidad, y eso solucionaba el misterio de la desaparición de Carmilla, que no se encontró en ningún lugar, pero aún había un sitio donde nadie se atrevió a ir a mirar; El Castillo Kamazotz. Él pensó bien si ir allí o no hacerlo, no podía fiarse mucho de esa carta, pero entonces, del sobre cayó una pequeña foto rota, y cuando Blade la miró, quedó petrificado y boquiabierto, la foto era de Carmilla, y encima de ella había manchas de sangre recientes, eso mostraba que en verdad ese monstruo tenía a Carmilla en su poder, y le estaba desafiando a que fuera a buscarla si en verdad la amaba. Blade, con ver esa foto, no dudo en su decisión, decidió ir al castillo, poniéndose en pie con firmeza, arrugando la carta en la mano con fuerza y rabia. Antes de nada, pensó que no podía decirle nada de esto a su padre, y menos si se trataba de Carmilla, no deseaba que la hiciera sufrir, por lo que decidió ir a buscarla por su cuenta y llevársela lejos de él. Blade esperó a que estuviera a punto de anochecer para marcharse al rescate. Para que su padre no le viera irse, Blade decidió irse por la ventana, salto al árbol que estaba justo al frente y bajo al suelo sin hacer ruido. – “Espérame Carmilla, te salvaré de las garras de ese monstruo de sangre” – juro Blade en su mente, y se puso en marcha. Mientras, Rizort seguía sirviendo copas y comida en la caverna, sin dejar de mirar de vez en cuando las escaleras que llevaban a sus aposentos, deseando que su hijo bajará de una vez de la habitación. Tan concentrado estaba en ello, que se sobresaltó un poco cuando alguien puso una mano sobre su hombro, apartándola de un golpe y apartándose. – ¡Tranquilo Rizort, soy yo! – dijo el hombre de la mano, teniéndola ambas alzadas. –  Perdona que te haya asustado compañero. Rizort lo miró y vio que era su mejor amigo Oscar, y junto a él estaba el sacerdote más conocido de la ciudad, el padre Benedicto. Cuando los miró, Rizort suspiró hondo aliviado, la verdad es que estaba muy nervioso desde hacia tiempo, se sentía extraño, con una sensación de peligro, como si alguien deseara matarlo o algo así. –  Ah, Oscar, padre Benedicto, me alegra veros a ambos. –  saludo Rizort algo nervioso. – ¿Ha que debo el honor de su visita padre? –  pregunto. –  Me he enterado sobre Carmilla, sé que estaba prometida con tu hijo Blade y quise consolarlo un poco si no te importa, ambos se amaban profundamente. – dijo el padre Benedicto con sinceridad. –  Espero que no sea mal momento. –  En absoluto padre, viene en buen momento, debe está mañana mi hijo a estado encerrado en su habitación sin responder a mis llamadas a la puerta, no sé qué hacer con él. –  explicó Rizort, encogido de hombros. – ¡Pues no esperemos más, vayamos a verle padre! –  animo Oscar, que quiso acompañarlo también. Así fue como los tres fueron hacia allí, pero antes Rizort dejó que uno de sus trabajadores se hiciera cargo de todo, y así todo estuvo controlado mientras él estaba ocupado. Subieron por las escaleras hasta estar frente a la puerta de Blade, Rizort dejó que el padre estuviera frente a la puerta y picará en ella. Picó varias veces y no hubo respuesta, y eso a Rizort le sacó de quicio, pero se aguantó por tener al padre delante. –  Rizort, soy el padre Benedicto ¿me recuerdas? – dijo el padre con calma. –  Me he enterado de lo ocurrido con Carmilla, y he querido venir a hablar contigo… por favor Blade, ábreme la puerta a mí y tu padre… Cuando acabo de decir eso, él y los demás esperando a que dijera algo o abriera la puerta, pero no hubo nada. Rizort sabía que su hijo no le arriería la puerta a él, pero si al padre y a Oscar, pero no entendió Porque aún no lo hizo ni dijo nada. el padre Benedicto se preocupado por la falta de repuesta, por lo que pidió a Rizort y a Oscar con la mirada que abrieran la puerta, aunque no le gustará entrar por la fuerza. Entonces, los dos usaron sus cuerpos de lado para empujar la puerta con fuerza, y de un empujón consiguieron abrirla y entrar. Cuando miraron la habitación, vieron que no estaba Blade, solo ellos. Vieron que la ventana estaba abierta, dejando entrar la brisa que movía la cortina, y haciendo que unos papeles de encima la cama de él se movieran un poco, eso llamó la atención de Rizort. – ¿Qué es esto? –  se preguntó él, al acercarse y ver la carta y la foto de Carmilla manchada de sangre. – ¿Qué demonios es esto? – ¿Qué pasa Rizort? –  pregunto su amigo Oscar a sus espaldas. – ¿Has encontrado algo? Rizort no contestó, lo que hizo primero fue leer la carta que encontró, sin poder creer lo que ponía. Cuando acabo de leer, sin querer girarse a ellos les dio la carta a Oscar y al padre Benedicto, que la leyeron enseguida, y el padre hizo el signo de la cruz sobre si mismo asombrado y aterrado. – ¡Por todos los santos! –  exclamó el padre. – ¡Que Dios este con ellos dos por favor! – ¡Rizort, tenemos que ir a buscarlos enseguida, vamos! –  propuso Oscar con seriedad. – ¡Yo y el padre Benedicto iremos contigo para ayudarte con ese monstruo! –  De acuerdo, vamos. –  acepto Rizort. Rizort no podía permitir que ese tal Kamazotz se quedará con Carmilla, ya que, la fortuna de su familia debía ser suya a toda costa, para eso debía casarla con su hijo pronto, pero antes debían recuperarla esa misma noche. Sin esperar más, los tres salieron de la habitación a toda prisa y a la vista de todos salieron corriendo hacia los caballos para cabalgar al castillo de Kamazotz. Ya se hizo de noche completamente, pero aún faltaban unas horas para la media noche. En ese momento, Carmilla estaba sentada en la cama de su habitación roja, apoyada en la cabecera con la mirada pérdida en el vestido blanco. Con ella estaba Kamazotz, apoyando en la pared junto a la ventana, donde podía verse el camino hacia la ciudad de Bransov, por allí vería al muchacho venir al castillo sin problema. – ¿Crees que vendrá de verdad? No muchos creen que yo exista. –  pregunto él, con los brazos cruzados. –  Tengo la sensación de que si, conozco suficiente a Blade como para venir a ver si estoy aquí en verdad. – dijo ella sin mirarlo. –  Él es así, desde pequeño que lo es. Kamazotz se giró a su hija, viendo que estaba triste y dolida, al mismo tiempo que rencorosa y furiosa de ellos. Él no tenía que hacerla cambiar de opinión, la convenció para vengarse de ellos, aunque amará a ese joven que le preparo ese vestido blanco que tenía en las manos sobre la falda. En el fondo, deseaba dejar de verla con ese aspecto de tristeza y odio, pero no tardaría en cumplirse ese deseo. –  Antes dijiste que te gustaría verme con este vestido puesto… – recordó ella, riendo en bajo un poco. –  Sí… –  Pues creo que te concederé ese deseo, para mi venganza es la mejor idea que he tenido. – dijo ella. Entonces, ella se puso en pie con el vestido en mano para dejarlo bien estirado en la cama. Sabiendo que iba a hacer, Kamazotz se giró a la ventana para estar de espaldas a ella por educación, ya que, se iba a quitar la ropa para ponerse ese vestido. Al vampiro no le falto ganas de girar y verla, pero se aguanto lo suficiente, recordando todo el rato de que era su hija y no su amante. –  Ya, puedes girarte. – dijo ella. Él así lo hizo, y se quedó sorprendido y fascinado. El vestido de ella era sencillo pero elegante, escote de corazón, con los tirante ni muy finos ni muy anchos, ajustado, pero sin que apretará mucho, era de un color blanco puro, dejando ver la hermosa palidez de ella bajo el vestido, no llevaba zapatos, iba descalza, mostrándola más hermosa con los pies libres, la falda llegaba hasta los tobillos. – ¿Qué tal me queda? –  pregunto ella sonrojada al verlo callado y mirándola. –  Estás… hermosa. – dijo él tartamudeando. –  Pareces un verdadero ángel. –  Un ángel de la Muerte, diría yo. –  corrigió ella, caminando hacia él hasta estar frente a la ventana. –  Debo parecer una niña pequeña, queriendo tener puesto este vestido para llevar a cabo una venganza. –  En absoluto, – aseguro él, estando detrás de ella, acariciando su melena negra y oliéndola. –  Ahora eres libre de hacer las cosas a tu modo mi niña… no dejes que los demás piensen mal de ti por ser como eres, a mí me gustas así… Esas palabras sonrojaron a Carmilla, y más notando que estaba detrás de ella tocando su oscura melena, tan negra como la de él. Entonces, algo llamó su atención, algo que la hizo abrir completamente los ojos, sin poder creerlo. Por el único camino hacia el castillo, iban Blade cabalgando con su caballo a toda velocidad, con un rostro decidido y valiente. –  Blade… – nombró ella asombrada. –  Vaya, el héroe sí que ha venido, parece decidido a “ayudarte” jujuju. –  se río él al asomarse y verlo. –  Y noto que no es el único que viene hacia aquí, tú también debes notarlo pequeña… En efecto, ella aparté de sentir a Blade venir al castillo, pudo sentir también el olor de tres humanos más, entre ellas la de Rizort, que hizo que sintiera de nuevo odio por la sangre. Viendo como estaba, Kamazotz quiso calmarla, y para eso, el abrazo entero, con los brazos incluidos, apretando con fuerza, pero sin exagerar, eso hizo que Carmilla se quedará quieta de la sorpresa, mirando de reojo al vampiro que apoyó la cabeza en su hombro izquierdo. –  Tranquila pequeña mía… – calmó él con voz algo seductora y apacible. –  Ahora podrás saciar esa sed de venganza que deseas dejar de sentir, ten paciencia y espera un poco más. Recuerda siempre, para los vampiros, aparte de la sangre virgen, hay otras sangres más sabrosas y deseosas de tomar… esas son, la de los seres amando, y la de los que deseamos que mueran en nuestras manos por algo que nos hicieron en vida… esas también son las más deseadas y sabrosas, recuérdalo siempre… Carmilla lo escuchó atentamente, temblando un poco por qué él la hablaba muy cerca del oído, sintiendo su gélido aliento. Sabía que él tenía mucha razón, solo tenía que probarlo para confirmar esa información. Al notar que estaba calmada, él la dejó de abrazar y se puso al lado de ella, observando el paisaje, esperando con ella que fuera ya media noche. – ¿Tu alguna vez probaste esas sangres, padre? –  pregunto ella, girándose a él. –  No… aún no, pero deseo que pueda alguna vez. –  contestó él resignado. –  Espero que disfrutes de está noche, ¿Quieres que, cuando ese bastardo y sus amigos venga… me ocupe de entretenerlos un poco? –  Sí… quiero estar a solas con mi antiguo prometido, solo un poco, sin que nadie nos interrumpa, – dijo ella con cierta maldad y ojos fieros rojos. –  perdona que tengas de ayudarme. –  se disculpó ella con sinceridad. –  Lo hago con gusto hija, así me alimentare de los otros dos, que no tienen que ver en esto. – dijo él divertido y mostrando los colmillos a la luz. –  Falta poco para que sea media noche, la luna está hermosa ¿ves?
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