Sentado frente a su escritorio, Maxwell trabajaba en unos documentos y atendía algunas llamadas, de vez en cuando, su mano vagaba hacia el bolsillo de su pantalón y apretaba suavemente en este para asegurarse de que aquella pequeña caja aterciopelada, estuviera en su lugar. Resultó que, haberle preguntado a Colette si era demasiado apresurado proponerle matrimonio a su dulce chico bonito, terminó en un viaje directo a la mejor joyería de la ciudad, donde pidió un hermoso anillo a juego de oro con detalles de plata. Y mientras el anillo de Rhory tenía pequeñas piedras del color de sus ojos, el de Max, contenía otras con el mismo tono del de su pareja. Y como no podía faltar, por supuesto que Maxwell hizo un pedido especial grabando en el interior de estos, recordándole su amor eterno con

