Melissa Hansen
Hoy desperté con una sonrisa. No es que lo haga a menudo, considerando mi situación, pero he decidido que, ya que tengo los días contados, cada uno será una obra maestra. Mi enfermedad terminal me lo ha dejado claro: no hay espacio para el arrepentimiento y menos para continuar viviendo en la monotonía. Así que, aquí estoy, dispuesta a sacudir mi vida y de paso la de Dante también.
Él aún está en la ducha, ajeno a mis pequeños planes. No sabe que ayer, en una de mis “compras estratégicas”, encontré unas cápsulas de tinte innovadoras que actúan horas después de aplicarse. Y, por supuesto, no pude resistirme a añadir una en su shampoo. Según las instrucciones, su cabello pronto adquirirá un tono…VERDE. ¡Ah, la ironía de ser yo quien se divierta mientras él, el hombre serio y pragmático, se retuerce de vergüenza!, creo que es lo justo después de ser ignorada por 5 años.
Me miro al espejo y no puedo evitar sonreír al ver mi elección para hoy: un vestido rojo ajustado, con un escote tan pronunciado que podría considerarse un arma de distracción masiva.
Nunca he sido del tipo de mujer que presume, pero, vamos, la genética me favoreció, considerando las circunstancias, no veo por qué no usar mis “atributos” a mi favor.
Decidí preparar un desayuno digno de una portada de revista. No porque me apasione cocinar, sino porque quiero que Dante baje la guardia, pues bien alguna vez mi abuelo decía que a un hombre se lo mantiene feliz con buena comuna, además de otras cosillas.
En fin hoy me lucí con: tostadas integrales con aguacate perfectamente machacado, huevos cocidos a la perfección y una ensalada de frutas que más parece una obra de arte. Todo acompañado de café n***o, porque sé que lo prefiere así. Sí, hoy seré la esposa abnegada.
Cuando escucho la puerta del baño abrirse, me acomodo estratégicamente en la cocina, asegurándome de que el vestido haga su trabajo. Dante entra al comedor y se detiene en seco al ver la mesa puesta para dos. Sus ojos van de los platos a mí, levanta una ceja con ese gesto suyo tan típico, mezcla de escepticismo y sarcasmo.
—¿A qué se debe tanto cariño? —pregunta, con ese tono que logra irritarme y divertirme al mismo tiempo.
Yo sonrío con la dulzura más fingida que puedo lograr y le respondo:
—¿Cariño? No seas modesto, Dante. Solo estoy siendo una esposa abnegada. Quiero consentir a mi adorado marido.
Él frunce el ceño ligeramente, pero no dice nada. Se sienta con cautela, como si esperara que el desayuno estuviera envenenado. Cuando acerco su taza de café, me inclino lo suficiente para que el escote haga su aparición estelar. Es un movimiento calculado, al parecer funciona a la perfección. Lo noto: su mirada baja por un segundo antes de volver a mi rostro con rapidez, pero no lo suficientemente rápido como para que yo no lo vea.
—¿Esta vez no le pusiste azúcar a los huevos? —dice con su tono sarcástico, intentando desviar la atención de su evidente incomodidad.
Me río suavemente y respondo:
—Oh, no te preocupes, “mi amor”. Esta vez fui muy cuidadosa. No querría confundir la sal con el azúcar otra vez. Puedes comer con total tranquilidad.
Él toma un bocado, aún desconfiado y yo me siento frente a él, observándolo con una sonrisa tan inocente que estoy segura lo pone más nervioso. Cabe recalcar que es interesante ver así a un “CEO todopoderoso “. Mientras mastica, noto cómo su mirada vuelve a desviarse, como si intentara decidir si el desayuno es parte de alguna broma más grande o si realmente estoy siendo amable.
Decido que hoy lo acompañaré a la empresa. No porque me interese su trabajo, sino porque quiero conocer mejor su rutina, por supuesto, encontrar sus puntos débiles.
Dante es un hombre pragmático, un adicto al trabajo que se cree dueño del mundo. Siempre tan arrogante y controlador, como si todo girara a su alrededor. Pero yo sé que, debajo de esa fachada, hay grietas que puedo aprovechar.
—Hoy iré contigo a la empresa —anuncio mientras termino mi té de menta.
Dante me mira como si hubiera perdido la cabeza.
—¿Tú? ¿A la empresa? —pregunta, claramente incrédulo.
—Por supuesto. ¿Acaso no puedo interesarme por el trabajo de mi querido esposo?; recuerdo que el propósito de traerme a Noruega era el que tenías que demostrar un matrimonio sólido.—respondo, dándole un sorbo a mi té y mirándolo con fingida devoción.
Él suspira y se lleva la mano al rostro, como si la sola idea lo agotara.
—Haz lo que quieras —dice finalmente, resignado.
Mientras se levanta para terminar de arreglarse, noto que aún no hace efecto el shampoo. Pero no tengo prisa; la diversión recién comienza.
Cuando salimos de casa, todo parece normal. Dante se mantiene en su papel de esposo distante y yo me aferro al mío de esposa curiosa y aparentemente amorosa.
Pero justo cuando llegamos al ascensor de su oficina, noto que algo cambia. Las luces del lugar iluminan su cabello de una forma que dan apertura al gran Dante Olsen. Tan seguro, tan imponente, tan… VERDE.
Al principio, no se dio cuenta. Yo, por mi parte, me mordía el interior de la mejilla para no soltar una carcajada. Sus mechones, normalmente de un rubio oscuro impecable, empezaban a adquirir un tono verde intenso, algo parecido al color de cabello de “El Guasón” enemigo eterno de Batman.
El contraste con su seriedad me resultaba sencillamente poético.
—¿Por qué te estás riendo? —pregunta Dante, mirándome de reojo mientras ajusta el nudo de su corbata.
—¿Riendo? ¿Yo? Para nada. Solo estaba pensando en lo guapo que luces hoy, querido —respondo, con una dulzura que casi me provoca náuseas.
Él me dedica una mirada sospechosa, pero no dice nada más. Claro, aún no había notado que su cabello comenzaba a parecerse al de un personaje de cómics.
Al llegar al vestíbulo de su oficina , la mujer que supuse era su secretaria, a quien Dante ni saludó pues pasó de largo, sonreía de forma discreta, Dante era completamente ajeno a lo que estaba causando; mientras yo lo sigo disfrutando cada segundo.
Al ingresar en su imponente y sofisticada oficina, Dante se sienta en su gran silla de cuero, cuando yo tomo asiento frente a su escritorio, llega apresurado Hendrik, su fiel asistente quien se queda con la boca abierta.
—Señor Hansen… su cabello… —balbucea, señalándolo con una mezcla de horror.
Dante frunce el ceño y levanta una mano para tocarse el cabello, pero todavía no alcanza un espejo. Yo, mientras tanto, me paro y me acerco hacia el hombre y le susurro:
—Sí, está probando algo nuevo. El verde es lo último en moda masculina, ¿no crees?
La asistente, asiente frenéticamente, aunque claramente no está convencido. Dante, aún ignorante del caos que está causando su cabeza, me lanza una mirada de advertencia.
—¿Qué estás tramando Melissa? —murmura, mientras recibe la carpeta que Hendrik le trajo.
Yo pongo mi mejor cara de ángel.
—¿Tramando? Nada, querido. Simplemente estoy disfrutando de un día contigo. ¿Eso es tan difícil de creer?
Él no responde, pero sé que no me cree. Lo divertido es que todavía no tiene idea de lo que realmente está pasando. Así que como nota mental debo agradecer a Hendrik por no escandalizar.
El momento glorioso llega cuando después de una hora de trabajo intenso me dice que irá al baño, uno privado que tiene en un apartado en esta oficina. De pronto escucho un grito:
—¿Qué demonios…? —murmura, mientras se ve en el espejo.
Yo, por supuesto, me acercó. No quiero perderme ni un segundo de esto.
Cuando finalmente llegó, lo miró en el espejo, su reacción es todo lo que había soñado y más.
—¿Qué le pasó a mi cabello?—grita, pasando las manos por sus mechones verdes como si eso fuera a devolverles el color original.
—Oh, Dios mío, Dante. ¡Es impresionante! ¿Sabías que el verde resalta tus facciones? —comento con la voz más seria que puedo lograr.
Él se gira hacia mí, su rostro rojo de furia.
—¿Esto fue idea tuya, verdad?
Yo doy un paso atrás, llevándome una mano al pecho como si su acusación me hubiera herido profundamente.
—¿Yo? ¿Cómo podrías pensar algo así? Tal vez fue el estrés… o un mal shampoo o quizá son canas verdes que te salen por ser un ogro viejo.— le digo en tono fingido.
Él entrecierra los ojos, claramente dudando entre gritarme o investigar lo sucedido. Finalmente, opta por lo segundo y agarra su teléfono para llamar a su asistente. Mientras tanto, yo me siento en su silla giratoria y empiezo a dar vueltas lentamente.
—Dante, si me hubieras escuchado y usado productos naturales, esto no habría pasado. Pero no, tú siempre tan terco… —le digo, intentando sonar sabia.
—Melissa, te juro que si descubro que tuviste algo que ver con esto… —amenaza, mientras yo le sonrío como una niña traviesa.
—¿Qué vas a hacer, Dante? ¿Matarme? Ah, espera, eso ya está en proceso —respondo con un dramatismo digno de un Oscar, ocultando la verdad detrás de mis palabras.
Él se queda en silencio, claramente derrotado por la lógica aplastante de mis palabras, pues lo hecho está hecho y no lo podia cambiar, así era la vida, no puedes retroceder el tiempo y cambiar lo que hiciste mal.
El resto del día en la empresa fue igual de glorioso. Cada reunión a la que asistimos juntos, pues si lo acompañé como una pegatina a absolutamente todo, el pocas veces se molestó en presentarme como su esposa, pero eso era algo que a mí no me afectaba.
Yo solo disfruté como se convirtió en un desfile de miradas furtivas, murmullos y risitas contenidas. Yo me aseguré de sentarme siempre a su lado, luciendo mi vestido rojo con el escote que dejaba a todos incómodos, incluido Dante.
En un momento, durante una presentación, él me susurró:
—¿Puedes dejar de provocar a medio departamento con ese vestido?
—¿Provocar? Solo estoy aquí para apoyarte, querido. Es lo que haría cualquier buena esposa.
Él se pasó una mano por el rostro, claramente arrepentido de haberme dejado acompañarlo ese día. Pero, para mí, fue perfecto. Al fin y al cabo, si me queda poco tiempo de vida, no hay nada mejor que invertirlo torturando elegantemente a mi esposo.
Después de una interminable reunión que, para ser honesta, apenas entendí porque estaba más ocupada admirando cómo la luz del salón acentuaba el verde del cabello de Dante, sucedió algo que no esperaba: la entrada triunfal de un abogado de la empresa.
¡Oh, vaya!, qué entrada. Alto, con un traje perfectamente ajustado que dejaba claro que él sabía cómo lucirse, además de una sonrisa tan encantadora que parecía salida de un comercial de pasta dental. Su nombre era Liam Halvorse, eso dijo al presentarse, era hijo de uno de los socios que Dante odiaba con toda su alma, ¿por qué? No lo sé solo era observadora y esto se veía muy interesante.
—Dante,, ¿qué pasó aquí? —dijo Liam mientras señalaba la cabeza de mi esposo con una mezcla de incredulidad y burla mal disimulada.
Dante lo fulminó con la mirada.
—No es tu problema, Halverse. ¿Qué haces aquí?— preguntó mordaz.
—Negocios, ya sabes, en representación de mi padre—respondió Liam con un tono despreocupado, antes de dirigir su atención hacia mí. Su mirada me recorrió de arriba abajo, deteniéndose un segundo más de lo necesario en mi escote. Y luego, como si no fuera suficientemente atrevido, extendió la mano hacia mí.
—¿Y tú quién eres, hermosa?
Me tomó por sorpresa, pero decidí seguirle el juego. Sonriendo con dulzura, estreché su mano.
—Melissa Hansen. Esposa de Dante.— respondí con el tono más dulce que tenía.
Liam arqueó una ceja, claramente intrigado, luego soltó una risa baja que, no voy a mentir, tenía cierto encanto.¿Qué? No me juzguen pasé años oculta, no viví, no salí, ni siquiera me he enamorado y ver ahora chicos lindos está dentro de mi menú para mis últimos días de vida.
—¿La esposa de Dante? ¿Cómo es posible que haya estado ocultando a alguien tan encantadora?
Dante, que había estado observando la interacción con una mandíbula visiblemente apretada, intervino antes de que pudiera responder.
—No estaba ocultando nada, Liam. ¿Tienes algo más que decir o podemos seguir con nuestras vidas?
Liam, ignoró por completo el tono cortante de Dante y siguió dirigiéndose a mí.
—Melissa, debes tener mucha paciencia para aguantar a este tipo. Me imagino que no te deja ni respirar con lo controlador que es.
—Oh, es un reto constante —respondí con una sonrisa inocente, sabiendo que esto solo iba a irritar más a Dante.
Liam, soltó una carcajada.
—Si algún día necesitas un cambio de aires, yo estaría encantado de mostrarte cómo se divierte alguien con menos… rigidez.— eso fue demasiado atrevido para mi gusto.
La habitación se llenó de una tensión palpable. Antes de que pudiera responder (aunque debo admitir que la idea de seguir coqueteando para ver hasta dónde llegaba la paciencia de Dante era tentadora), sentí una mano firme en mi cintura.
Dante me atrajo hacia él de un movimiento rápido y seguro, como si yo fuera un trofeo que alguien estaba intentando robarle. Su mano se posó en mi cadera con una firmeza que casi me dejó sin aire y su voz, profunda y ligeramente amenazante, rompió el silencio.
—Ella está perfectamente bien donde está. Pero gracias por tu… preocupación.
Liam levantó las manos en señal de rendición, aunque su sonrisa socarrona dejaba claro que estaba disfrutando de la situación.
—Tranquilo, Dante. Solo estaba siendo amable. No hay necesidad de comportarse como un cavernícola.
—Siempre es bueno dejar las cosas claras —respondió Dante, con un tono que sugería que la conversación estaba terminada.
Yo, por supuesto, no podía quedarme callada.
—Bueno, Liam, ha sido un placer conocerte. Tal vez podamos hablar más tarde, cuando mi esposo no esté tan… territorial.
La sonrisa de Liam se amplió, por un momento, pensé que Dante iba a explotar, no negaré que eso me encantó.
—Encantado, Melissa. Hasta la próxima.
Cuando Liam finalmente se fue, Dante no me soltó de inmediato. Su mano seguía en mi cintura, su mirada estaba fija en la puerta por donde aquel hombre había salido, como si esperara que volviera para otro round.
—¿Era necesario tanto dramatismo? —pregunté, girándome para mirarlo directamente.
—¿Dramatismo? —repitió, con una ceja arqueada. —Ese imbécil no entiende límites.
—¿Imbécil? Me pareció encantador. Muy… educado.
Su mandíbula se tensó visiblemente, pude notar cómo su otra mano se cerraba en un puño.
—Melissa, no te confundas. Liam no es encantador, ni educado. Es un oportunista, como su padre.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —pregunté con fingida inocencia, disfrutando cada segundo de su incomodidad.
Dante me miró directamente, sus ojos brillando con algo que no pude identificar del todo: celos, frustración, o tal vez ambas cosas.
—Tiene todo que ver contigo. Eres mi esposa. Y no voy a permitir que alguien como él se pase de listo contigo.
—Ah, entiendo. Es una cuestión de ego, entonces. No quieres que nadie toque tu “territorio” —respondí, recalcando la última palabra con un tono burlón.
Él suspiró, claramente irritado.
—Llámalo como quieras, pero si vuelve a insinuarse, no responderé de mí mismo.
No pude evitar soltar una carcajada.
—Relájate, Dante. Eres más atractivo cuando no estás a punto de golpear a alguien. Aunque debo admitir que tu lado de macho alfa tiene su encanto.
Dante no respondió, pero su agarre en mi cintura se relajó ligeramente. Yo sabía que había ganado esa pequeña batalla. ¿Quién iba a imaginar que un abogado guapo y atrevido podía sacar lo mejor y lo peor de mi querido esposo en cuestión de minutos?
El reloj marcaba las siete de la noche cuando, después de un día agotador y cargado de emociones, decidí que era suficiente. Me sentía al límite, aunque el cansancio no había opacado del todo mi peculiar manera de disfrutar estos momentos. Con voz serena, le pedí a Dante que me llevara a cenar a cualquier lugar cercano.
Para mi sorpresa, no hubo objeciones. Tal vez él también estaba exhausto tras mi compañía ininterrumpida, o quizá simplemente quería evitar más juegos por el día. Accedió con un leve asentimiento y, poco después, nos encontramos en uno de esos restaurantes elegantes que parecían ser su refugio habitual.
Opté por un plato sencillo: una ensalada fresca acompañada de un filete perfectamente cocido. Evité el alcohol, como siempre lo hacía últimamente, consciente de que cualquier imprudencia podría traerme consecuencias innecesarias. En mi mente, mantener una dieta sana era una pequeña batalla que aún podía ganar, un pacto con mi cuerpo para alargar este viaje tanto como fuese posible. Y, de alguna manera, funcionaba. Especialmente ahora, cuando cada instante se tornaba en algo digno de atesorar.
Dante, por su parte, permaneció más callado de lo habitual durante la cena. Tal vez el día había sido demasiado intenso incluso para él. O quizá estaba procesando su incomodidad tras el encuentro con Liam, ese abogado descarado que se había atrevido a desafiarlo tan descaradamente frente a mí; o quizá que en medio de su elegancia su cabello verde llamara mucho la atención en un lugar como este. Fuera cual fuese la razón, su silencio no me molestó; al contrario, lo agradecí. Necesitaba esa quietud para saborear el momento, para anclarme al ahora.
Cuando finalizamos, su chofer nos esperaba pacientemente afuera. La vuelta al departamento fue rápida, silenciosa, pero no incómoda. Al llegar, me giré hacia él y, por primera vez en mucho tiempo, no hubo sarcasmo ni dobles intenciones en mis palabras.
—Gracias por la cena, Dante. De verdad lo agradezco.
Mi voz, por primera vez en todo el día, sonó suave, casi melancólica. Tal vez él lo notó, tal vez no. Solo me observó en silencio durante un instante antes de asentir con ese gesto casi imperceptible que era tan suyo.
Sin añadir nada más, me retiré a mi habitación. Estaba agotada, no solo por el trajín del día, sino por el peso invisible que cargaba cada jornada. Hoy, había sido suficiente. No tenía fuerzas ni ganas de seguir jugando con él. Por esta noche, preferí refugiarme en la soledad de mis pensamientos, en el calor del recuerdo de un día que, pese a todo, había sido único.
Al cerrar la puerta, permití que el cansancio me envolviera. Pero incluso en mi agotamiento, me sentí agradecida. Cada pequeño momento, cada sonrisa contenida, cada batalla verbal con Dante era un recordatorio de que aún estaba aquí, viviendo. Aunque mi tiempo fuera limitado, por ahora, me pertenecía. Y eso, al menos, era suficiente.