Había llegado a Nueva York y me dirigía al hospital donde mi abuela Anne estaba internada. En el camino no dejaba de pensar en todo, en el próximo bebé, en la vida, en mi futuro... En mi futuro sin él. Mi madre me esperaba afuera de la habitación, ya había concluido la operación y había sido más que exitosa. —Hasta que al fin llegas, hija, ¿qué tal el vuelo? —miré de reojo a la habitación de mi abuela, levanté mis hombros sin respuesta alguna—. Te ves pálida, ¿te sientes bien? Me toqué la cara, la sentí fría. —Sí, eso creo, me sentía un poco mareada cuando aterricé —recordé que tenía el test de embarazo en el bolso, simplemente aplané mis labios cómo sí no tuviera más respuestas que dar. Saqué el test y se lo di en la mano, sin miedo a nada—. Tengo que decirte algo. Mi madre lo tomó c

