Desde las escaleras, me quedé quieto junto a mis hermanos, Oleg e Iván. No era la primera vez que escuchábamos sus discusiones desde las sombras, pero esta vez algo se sentía distinto, como si un frío nuevo nos abrazara el alma. El aire olía a perfume ajeno, mezclado con el tabaco rancio que papá usaba para calmar su ira.
Mamá estaba sentada junto a la ventana, con la mirada fija en un punto indeterminado. Sus manos temblaban sobre las rodillas, y su respiración se entrecortaba. Papá, de pie, con las manos en los bolsillos, parecía más agotado que nunca, como si el peso del mundo le cayera sobre los hombros.
—No sé si pueda seguir soportando esta situación —dijo mamá con una voz baja, pero cargada de un filo que dolía.
Papá suspiró, y un destello de sombra cruzó por su mirada.
—No es lo que piensas —respondió, cada palabra cargada de un esfuerzo extraño—. Nunca lo ha sido, Olga.
Ella alzó la mirada. Su rostro se veía tan cansado que parecía que los años la hubieran vencido.
—¿Ah, no? —preguntó—. ¿Entonces qué es, Andrei? ¿Cómo se llama cuando te vas y vuelves oliendo a un perfume que no es mío? —Su voz tembló, pero la vi apretar los labios con furia.
Papá bajó la vista, como si buscara algo en el suelo o quisiera huir de su propia sombra.
—Lo hago por ti —dijo—. Siempre lo he hecho por ti. Cada vez que me pierdo en… lo que debo hacer, pienso en ti.
Ella lo miró con unos ojos llenos de lágrimas que apenas contenían el torrente de dolor.
—¿Y por qué nunca me has permitido demostrarte que te amo lo suficiente para aceptar lo que sea que escondes? —le preguntó.
Él negó con fuerza.
—No —respondió, su voz más oscura que antes—. Eso nunca. No puedo dejar que cargues con eso.
Ella cerró los ojos, y un suspiro tan frágil salió de sus labios.
—Entonces quiero el divorcio —dijo, con voz clara, aunque sus labios temblaban.
Papá se quedó quieto. Su rostro perdió color y, por un instante, pensé que se desplomaría. Pero entonces sus ojos ardieron de un fuego que conocía demasiado bien.
—Olga —susurró, su tono grave, casi animal—, tú sabes que en lo que estamos metidos las parejas no se divorcian. —Cada palabra era como un golpe de martillo—. En la mafia, ninguna pareja se separa después del matrimonio, a menos que uno muera. Y yo jamás te voy a dejar ir. Eres la madre de mis hijos, mi esposa, mi mujer. —Su voz se quebró con una pasión oscura—. Te amo.
Mamá lo miró, con los labios temblando, y supe que en su pecho se libraba una batalla más grande que el miedo.
—No puedo seguir así —dijo ella, respirando con dificultad—. Ya no más, Andrei. Duele demasiado.
Papá entrecerró los ojos. Su rostro se transformó en una máscara de ira.
—¿Es por uno de ellos, ¿verdad? —espetó, su voz cargada de celos enfermizos—. ¿Quieres irte a buscarlos? ¿Revolcarte con alguno? ¡Nunca!
—¡Por Dios santo, Andrei! —gritó ella, su voz cargada de furia y resignación—. ¿Todavía con lo mismo después de tantos años? ¡Ya basta!
La mirada de papá brilló con una ira venenosa. Pero yo sabía que lo único que lo descontrolaba de verdad era la idea de perder a mamá.
—¡No me vas a dejar! —rugió—. ¡Tú eres mía, Olga! ¡Siempre serás mía! —Sus palabras retumbaron en las paredes como un eco maldito.
Mamá respiró hondo, sus hombros temblaban con cada sollozo que luchaba por salir.
—Nikolai murió —dijo ella, la voz rota—. ¿No lo sabías? Hace años. —Vi cómo la cara de papá se desfiguraba, como si le hubieran arrancado el alma. Ella aprovechó el momento—. Él jamás me amó. Fue un compromiso estúpido elegido por nuestros padres. Fue a ti a quien elegí. Y a Viktor e Igor… no los he visto desde que me casé contigo.
El ceño de papá se frunció con una furia que le quemaba los ojos.
—¿Cómo sabes lo de Nikolai? —preguntó, la incredulidad le tensaba los labios.
—¡Porque me llamaron de servicios sociales! —respondió mamá, la frustración le estalló en la voz—. Su esposa tenía una hija antes de casarse con él y preguntaban si podíamos acogerla.
Papá quedó en silencio. Yo lo conocía demasiado bien: planeaba algo.
—¿Por qué nunca me lo dijiste? —preguntó él, ahora con un tono más suave, casi envenenado.
—¡Porque jamás te prestas para hablar de ninguno de tus hermanos conmigo! —le gritó mamá, la voz cargada de dolor y un odio resignado—. ¡Como si fueran fantasmas que hay que olvidar!
En ese instante, vi cómo mamá se quebraba. Su llanto fue tan desconsolado que sus hombros temblaban, las lágrimas corrían como ríos imposibles de contener.
Papá, astuto como siempre, dejó que su expresión se suavizara. Se acercó a ella, le levantó el rostro con una mano que parecía tan delicada como una caricia y tan letal como un puñal.
—Olga… —susurró, con esa voz que solo él sabía usar—. Sé lo que soportas, amor mío. Pero también sabes que puedes confiar en mí. —La rodeó con sus brazos y la atrajo contra su pecho, como si con su abrazo pudiera borrar todos los pecados del pasado—. Eres mi luz, Olga. Lo que hago es para protegerte de lo que llevo dentro. Pero tú y los chicos son mi todo.
Ella temblaba entre sus brazos, como una marioneta rota, pero no luchó.
Con un suspiro resignado, papá la alzó en brazos, como si cargara con la última flor de un jardín en ruinas, y comenzó a subir las escaleras. Cada paso resonaba como una promesa y una sentencia.
—Podemos traer a la niña a casa —murmuró papá—. Buscarla, adoptarla si hace falta.
Ella alzó el rostro, y en sus ojos aún empañados por las lágrimas, vi nacer una sonrisa débil.
—¿Harías eso? —susurró—. ¿Después de todo este tiempo?
—Claro que sí, mi amor —aseguró él con una ternura venenosa—. Pero tendrías que quedarte conmigo, solo así podríamos ser una familia para esa niña.
Mamá solo asintió, abrazándolo como si él fuera lo único que la mantenía en pie. Mientras subían las escaleras, supe que él la estaba atando a su lado usando a quien fuera esa niña para ganar tiempo otra vez.
Yo lo sabía. Después de todo, de sus tres hijos, yo era el que más se le parecía. Y entendí que todo lo hacía para retenerla, para que nunca volviera a pronunciar la palabra divorcio. Papá era capaz de todo por mi madre.
Lo que no comprendía era por qué odiaba tanto a sus hermanos. Yo jamás permitiría que alguien me apartara de Oleg e Iván.
Claro, eso creía. Porque la vida tiene formas retorcidas de demostrarte lo equivocado que estás.
El día que la trajeron a casa, ninguno de los tres sabía qué esperar. Pero cuando la vi entrar, supe que nada volvería a ser igual.
Sofía tenía doce años, pero su mirada pertenecía a alguien que había visto demasiado. Sus ojos verdes, grandes y expresivos, nos atravesaron como cuchillas. Su cabello n***o caía en ondas que atrapaban la luz como un conjuro. Su piel pálida parecía irreal, como la de una muñeca de porcelana, pero había una firmeza en su porte que me desarmó.
—Hola, Sofía —dije, con una sonrisa temblorosa. Oleg e Iván guardaban un silencio extraño, como si algo oscuro se hubiera despertado entre nosotros.
—¿Hablas? —preguntó Oleg, alzando una ceja, su voz cargada de curiosidad y un leve filo.
Ella lo miró y asintió, su voz apenas un susurro.
—Eso es un avance —murmuró Iván, aunque algo en su tono me heló la sangre—. Pensé que ibas a ser como esos gatos callejeros, listos para arañar.
—Iván —lo regañé, aunque no pude evitar sonreír.
Ella pareció relajarse un poco, pero no dijo nada más. Sabía que confiara en nosotros llevaría tiempo.
Los días pasaron. Mamá hizo todo lo posible por integrarla, pero Sofía era un enigma: observaba el mundo como si esperara el golpe final. Fue Iván quien, con sus bromas, arrancó las primeras sonrisas, y Oleg quien la convenció de unirse a nuestros juegos. Yo solo la miraba, fascinado.
Y así fue como nos enredamos en un destino que ninguno había pedido.
Porque Sofía creció con los años. Sus ojos se hicieron más profundos, su cuerpo cambió y con él, nuestras miradas. A veces, mi mano rozaba su brazo y un escalofrío recorría mi columna. Su risa me quemaba por dentro. Su mirada me devoraba.
No era solo yo quien lo notaba.
—Hermano, Sofía ya no es una niña —dijo Iván una tarde, su voz cargada de un deseo que me asustó.
—No me digas —ironizó Oleg, rodando los ojos—. Cualquiera lo vería.
Y ahí lo supe: las bestias habían despertado.
Yo la deseaba.
Ellos también.
Y en el fondo, sabíamos que Sofía lo sentía.
Que los tres la deseábamos.