Capítulo 3 POV Oleg

963 Words
Crecer con Sofía fue un regalo y un desafío. Cuando llegó a nuestra casa con apenas doce años, era una niña frágil, de ojos grandes y asustados, que se movía como un animal acorralado. Con el tiempo, la vi reír, vi cómo su confianza crecía y cómo encajaba en nuestra familia como si siempre hubiera estado allí. Pero la niñez no dura para siempre. Al llegar a la adolescencia, todo se volvió más complejo. La niña de mirada melancólica y risas tímidas dejó de existir, y en su lugar apareció una joven segura de sí misma, con una presencia imposible de ignorar. Su cabello, antes descuidado y siempre recogido en una trenza, comenzó a caer en cascadas sobre sus hombros. Su sonrisa se convirtió en un arma encantadora sin que ella misma lo notara. No quería darle demasiada importancia, pero cada día era más difícil ignorar los cambios. Salir al centro comercial con ella e Iván solía ser una actividad sencilla, una excusa para escapar de la rutina en medio del invierno moscovita. Aquella tarde no fue diferente. Caminamos entre escaparates iluminados, con ella liderando el camino, entusiasmada por comprarse algo con su propio dinero. No llevaba mucho, pero parecía disfrutar el proceso de comparar precios y probarse ropa sin necesariamente comprarla. La calefacción de las tiendas nos brindaba un respiro del frío que azotaba las calles, cubiertas de una fina capa de nieve. Cuando señaló una boutique de moda y entró sin darnos opción a negarnos, Iván y yo la seguimos, intercambiando miradas cómplices. El ambiente estaba impregnado con el aroma de telas nuevas y perfume floral. Sofía caminaba con confianza entre los estantes, eligiendo una prenda tras otra. La observaba de reojo mientras se ponía un vestido frente al cuerpo y lo evaluaba en el espejo, inclinando la cabeza y entrecerrando los ojos con gesto analítico. Me sorprendió darme cuenta de cuánto había cambiado. —¿Qué opinan? —preguntó de pronto, girándose hacia nosotros con una blusa en las manos. Iván se rió, apoyándose en una mesa de exhibición. —Ni idea, no soy experto en moda femenina. —¿Oleg? —insistió ella, clavando sus ojos en mí. Intenté mantener la compostura. —Te queda bien —dije, sin mirarla directamente. —No me la he puesto todavía —bromeó con una sonrisa juguetona. Iván rió de nuevo mientras yo asentía en silencio. Ella desapareció entre los pasillos hasta encontrar los probadores. Nos quedamos esperando fuera, y el tiempo se hizo eterno. No sabía por qué, pero mis manos estaban heladas. Pasaron algunos minutos y me impacienté. Miré a Iván, que estaba distraído con su teléfono. Decidí acercarme a los probadores. La cortina de uno de ellos estaba apenas entreabierta. Mi intención no era espiar. Lo juro. Pero mis ojos fueron atraídos como si algo invisible los empujara a mirar. Y entonces la vi. Sofía estaba de espaldas, frente al espejo, vistiendo solo su ropa interior. La luz blanca y fría del vestidor resaltaba el contorno de su piel y la curva de su espalda. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal y sentí el aire atascado en mi garganta. No era la primera vez que la veía con menos ropa; creí que la imagen no debería afectarme. Pero lo hizo. Joder, lo hizo. Quise moverme, retroceder, pero mi cuerpo no obedeció. Mi mente gritaba que desviara la mirada, pero el impacto de la revelación me dejó clavado al suelo. Sofía ya no era una niña. Y esa certeza me golpeó como un puñetazo. Un ligero cambio de movimiento en mi periferia me alertó. Giré la cabeza con lentitud y lo vi. Iván estaba allí, a mi lado. En silencio. Con la misma expresión congelada en su rostro. No necesitábamos hablar para entendernos. Ambos habíamos sentido lo mismo. Ambos sabíamos lo que significaba. El tiempo pareció detenerse. Ninguno de los dos se movió de inmediato, como si estuviéramos atrapados en una burbuja de irrealidad. Hasta que un leve crujido en el suelo nos hizo reaccionar. Nos dimos la vuelta en silencio, saliendo sin hacer ruido. No había nada que decir. Nada que discutir. Nos ubicamos de nuevo en la entrada de los probadores y esperamos. Mi corazón latía con fuerza, pero mi expresión permanecía inmutable. Iván también estaba inexpresivo, pero sabía que su mente seguía atrapada en la misma imagen que la mía. Pasaron unos minutos más antes de que Sofía saliera. Llevaba un par de prendas en los brazos y una expresión satisfecha en el rostro. —Creo que me llevaré estas —dijo con entusiasmo. Iván asintió con una sonrisa forzada. Yo intenté aparentar normalidad. —Pensé que te probarías más —comenté sin pensar. Ella arqueó una ceja y se cruzó de brazos. —Los hombres nunca prestan atención. Estuve en el probador un buen rato, pero seguro ni notaron que no salí a mostrarles nada. Su tono era juguetón, pero mi estómago se encogió. Tragué saliva y sacudí la cabeza. —Tal vez querías que te ignoráramos —solté, intentando tomar el control de la conversación. Ella rodó los ojos con una sonrisa. —Claro. Me encanta gastar tiempo eligiendo ropa para que nadie me diga si se me ve bien o no. Iván soltó una carcajada nerviosa, pero no dijo nada. Yo tampoco. No podía. No después de lo que había pasado. Cuando salimos de la tienda, el aire gélido de Moscú nos golpeó el rostro, despejando un poco mi mente. La luz de los anuncios brillaba sobre la nieve, reflejándose en los charcos congelados. A lo lejos, el bullicio de la ciudad seguía su curso, indiferente a lo que acababa de ocurrir. Pero la sensación seguía ahí. No sabía qué iba a pasar a partir de ahora, pero una cosa era segura: la deseaba.
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