Desde aquella tarde en la boutique, algo cambió dentro de mí. Pasé días intentando ignorar lo que sentía por Sofía, diciéndome a mí mismo que no tenía derecho a verla de esa manera. No era mi hermana ni mi prima consanguínea, pero habíamos crecido juntos. La barrera entre lo correcto y lo prohibido se desdibujaba y, cuanto más intentaba mantener la distancia, más imposible se volvía apartarla de mis pensamientos.
Desde que Sofía llegó a nuestras vidas, siempre había sido una presencia constante. La conocí siendo una niña frágil y asustada cuando llegó a nuestra casa tras perderlo todo. Al principio, era una sombra silenciosa que se deslizaba por los pasillos sin hacer ruido. Oleg y yo la observábamos desde la distancia, sin saber muy bien qué hacer con ella. Fue Mikhail quien le habló primero, quien le mostró paciencia y comprensión. Con el tiempo, Sofía comenzó a confiar en nosotros, a reír, a ser una más en la familia. Crecimos juntos, compartimos nuestras vidas y, sin darnos cuenta, la protegimos como si fuera un reflejo de nosotros mismos.
Sin embargo, la niñez no dura para siempre. Con los años, su presencia pasó de ser reconfortante a convertirse en una distracción imposible de ignorar. Se volvió una mujer con una mirada que parecía traspasarte y una sonrisa que se volvía un arma en su inconsciencia. Me convencí de que no debía mirarla así, pero mi cuerpo no respondía a mi razón. Y lo peor era que no era el único que lo notaba.
Cada detalle de ella me afectaba de una manera que me costaba disimular. Su cabello caía en cascadas suaves, reflejando la luz con tonos dorados que me hacían querer enredar mis dedos en él. Sus labios, carnosos y rosados, se curvaban en una sonrisa condescendiente cuando nos desafiaba en alguna conversación, y yo me encontraba reprimiendo el impulso de acortar la distancia entre nosotros. La forma en que sus caderas se movían con naturalidad, sin esfuerzo, me hacía clavar las uñas en mis palmas para recordarme que no podía ceder a mis impulsos.
Pero lo peor era su mirada. Sus ojos, grandes y de un verde intenso, parecían ver más de lo que deberían. Había momentos en los que sentía que podía leer mis pensamientos con solo sostenerme la mirada un segundo más de lo necesario. Y eso me aterraba tanto como me excitaba. Porque si ella lo notaba, si alguna vez llegaba a comprender lo que provocaba en mí, todo se iría al demonio. Todo lo que habíamos construido juntos, todo lo que éramos, podría desmoronarse con una sola palabra mal dicha.
Oleg siempre fue más transparente. No hacía esfuerzos por ocultar cómo la miraba ni cómo su atención se desviaba inevitablemente hacia ella en cualquier momento. Mikhail, en cambio, era más reservado, pero yo lo conocía demasiado bien como para no darme cuenta de que era imposible que no sintiera lo mismo. Lo vi en su mirada, en la tensión de su mandíbula cuando Sofía entraba en la habitación, en cómo evitaba tocarla incluso en los gestos más insignificantes. Lo entendía, porque yo también lo hacía.
No tenía sentido seguir fingiendo que todo era igual, así que una tarde, mientras terminábamos un encargo de nuestro padre, decidí hablar con ellos sin rodeos.
—Quiero saber algo y quiero que me lo digan sin rodeos —solté mientras limpiaba mis manos con un pañuelo. Oleg y Mikhail me miraron con curiosidad—. ¿Sienten algo por Sofía?
Oleg arqueó una ceja, como si la pregunta le resultara tan obvia que no valía la pena responderla.
—¿Hace falta que lo pregunte? —replicó con una media sonrisa.
Mikhail no dijo nada de inmediato. Su mirada se desvió por un segundo hacia la ventana del auto en el que íbamos antes de volver a mí. A lo lejos, las luces de la ciudad brillaban sobre el río Moscova, reflejándose en sus aguas oscuras.
—Lo que sienta o deje de sentir no cambia nada —dijo finalmente. Pero eso era una confirmación en sí misma.
Éramos hermanos. Siempre habíamos sido honestos entre nosotros. Podíamos mentirle al mundo, a nuestros enemigos, incluso a nuestros propios hombres, pero no entre nosotros. Esa lealtad inquebrantable era lo que nos mantenía unidos en un mundo donde la traición se pagaba con sangre.
—Entonces estamos de acuerdo —dije con una seguridad que no sabía que tenía—. Sofía será nuestra.
No necesitábamos discutirlo más. Nos entendíamos con pocas palabras. Éramos hombres que sabían lo que querían y, más aún, cómo conseguirlo. Sofía era parte de nuestra familia, pero también era la mujer que deseábamos. ¿Qué importaba lo que dijera la sociedad? La opinión de la gente no significaba nada para nosotros. Nuestro mundo no funcionaba con reglas convencionales.
La vida que llevábamos nos había enseñado a tomar lo que queríamos. No había lugar para la duda ni para la vacilación. Lo único que importaba era la determinación y la paciencia. Sofía todavía no lo sabía, pero su destino ya estaba escrito. La protegeríamos, la cuidaríamos y, cuando fuera el momento, sería nuestra.
Los días pasaron y, con ellos, mi resolución se hizo más firme. Me permití dejar de ignorar lo que sentía por ella. Cada vez que Sofía sonreía, cada vez que su risa llenaba la casa y cada vez que su mirada se cruzaba con la mía, sentía la certeza arder en mis venas.
No me importaba lo que la sociedad pensara ni lo que las normas dictaran. Vivíamos en un mundo de opulencia y poder, donde las reglas las hacíamos nosotros y donde nadie osaba desafiar nuestras decisiones. La familia Ivanov no respondía ante nadie. Sofía nos pertenecía, tanto como nosotros le pertenecíamos a ella.
No importaba cuánto tiempo tardara. No importaba lo que sucediera en el camino. Sofía sería nuestra.