Rafael
Cuando sus ojos se posaron en mí y nuestras miradas se encontraron, ella se congeló visiblemente antes de girarse y alejarse.
Una segunda ronda de dolor sordo me sacudió. Puse las manos detrás de mí, dejando que mis garras se clavaran en el puño para contrarrestar el dolor mientras enfrentaba a Luca.
—Doctor Luca, atiende a nuestra invitada. Confío el bienestar de Lady Frieda en tus capaces manos —declaré, luchando por mantener la voz estable. El dolor se volvía más difícil de ignorar, junto con el instinto que me tiraba hacia ella.
Tenía que volver con Laia, para continuar nuestra conversación.
¿Qué conversación?, pensé, un dolor que no era el habitual golpeándome mientras los recuerdos recientes inundaban mi mente. Su puñetazo. Sus palabras, duras y mordaces.
Un cobarde…
—Por supuesto, Alfa. Si me permite preguntar, ¿está… usted bien? Su rostro… —la voz de Luca me tensó. El palpitar en mi mejilla no había cesado, aunque sabía que sanaría en varias horas. Nadie parecía haberlo notado salvo él, que lo miraba de cerca.
Eso significaba que no era demasiado visible. Estaba a salvo.
Apreté la mandíbula y lo miré con frialdad.
—No es de tu incumbencia, doctor Luca. Por favor, atiende a nuestra invitada. Ella es mi prioridad.
—Entendido —asintió antes de girarse hacia la chica.
—Necesito llevarte a nuestra clínica de la manada, Lady Frieda —dijo el doctor Luca con una pequeña sonrisa, destinada a tranquilizar a la aún sangrante Frieda.
Ella vaciló, mirándome, antes de asentir lentamente. Agarrada al brazo de la mujer mayor, siguió al doctor Luca y salieron del salón.
En cuanto se fueron, la sensación de tirón dentro de mí no pudo contenerse más. Necesitaba hablar con ella. Solo a través de ella terminaría este maldito tormento.
Me giré para buscarla, solo para que mi visión quedara bloqueada por un guardia. Antes de que mi frustración aumentara, se inclinó hacia adelante.
—Alfa, hay problemas —susurró.
Fruncí el ceño. ¿Otro problema?
Mi disgusto se notó claramente porque el guardia bajó la mirada.
—E-es en las fronteras —tartamudeó—. Ha llegado la noticia de que una persona extraña entró hace unas horas.
¿Qué demonios?
—¿Hace unas horas? —gruñí—. ¿Por qué me entero ahora?
El hombre no pudo darme una respuesta y, de todos modos, yo estaba demasiado impaciente. Tras mirar alrededor para asegurarme de que nadie había oído ni notado mi tensión, pasé junto al guardia, alerta y furioso.
Fuera del área de la fiesta, en la calle, Mateo estaba de pie en la acera hablando con expresión sombría con el jefe de la frontera occidental de la manada. Al llegar, se giró y ambos se inclinaron ante mí.
—Informe —ladré, con el cuerpo tenso.
—Llegó un mensaje de las fronteras. Un hombre entró esta tarde por las puertas occidentales. Al principio no se notó, pero parecía extraño. Su atuendo no era como el de los delegados de la manada que llegaban a la fiesta —explicó Mateo.
Maldición. Maldición todo.
—¿Y por qué nadie pensó en avisar? —exigí, con la furia saliendo de mí en oleadas.
—Alfa —Adán, el jefe de la frontera occidental, se inclinó—, fue nuestra omisión. De hecho, no le dimos mucha importancia. Pero después llegaron informes de la muerte de un guardia en las puertas. El cuerpo aún no ha sido autopsiado. Veníamos a buscar también al doctor Luca para la tarea. Pero el guardia muerto fue el único que tuvo contacto físico con el hombre durante su entrada a la manada.
Justo cuando terminó, Mateo intervino.
—Alfa Rafael, hay otro problema —dijo—. Según las primeras observaciones, parece que el guardia murió sin contacto físico. No hay signos de pelea ni moretones. Sospechamos que podría haber una sustancia venenosa que tocó, pero se necesita un médico para verificarlo. Si el doctor Luca está disponible…
—No lo está —gruñí.
Luca estaba ocupado atendiendo a Lady Frieda. No podía llamarlo de vuelta todavía, o dudaba que la dama de la Manada Esmeralda no extendiera su furia hacia mí.
Pero…
Apreté los labios, sumido en pensamientos por un momento.
Teníamos otra doctora disponible.
—Traed a la doctora Natalia —le dije al guardia que me había informado antes, que había alcanzado mi paso momentos atrás—. Debería seguir en el salón. Mantén baja tu presencia al acercarte. Asegúrate de que nadie te oiga ni se entere de esto. El caos es muerte.
El nombre de la Manada Escarlata ya había sido suficientemente manchado por María esta noche. Los renegados eran algo que había que ocultar a toda costa.
Si se revelaban, el costo para nuestra reputación sería demasiado grande.
—Sí, Alfa —el guardia se inclinó y se giró para cumplir su tarea. Mientras tanto, me volví hacia mi Beta y el jefe de la guardia occidental.
—Reunid tres equipos. Registramos toda la manada. Mateo, tú te encargas de las zonas cercanas al salón y las casas de huéspedes para los delegados —gesticulé hacia el jefe de la guardia—. Tú, Adán, te encargarás de las puertas de la frontera. Retrocede tus pasos y busca de adentro hacia afuera. Asegura que nada sea tocado hasta que el médico pueda confirmar su seguridad. Cualquier otra muerte debe reportarse con urgencia. Yo me llevaré un tercer equipo para registrar los alrededores restantes.
—Sí, Alfa —Mateo y Adán se inclinaron al unísono.
Justo cuando estaba a punto de despedirlos, unos pasos se acercaron con fuerza. Me giré, alerta, solo para descubrir que era el guardia que corría hacia mí, con el rostro pálido.
—Alfa, no pude encontrar a la doctora Natalia. Se había ido por completo —dijo, jadeando.
¿Qué?
Imposible. La había visto momentos antes con mis propios ojos. No había forma de que…
—Pero —añadió el guardia—, encontramos esto en una esquina del salón.
Lo levantó. Era un pergamino rasgado. Lo arrebaté sin decir una palabra, con el corazón latiendo con fuerza mientras leía las palabras garabateadas.
«Tenemos a la doctora Natalia. Si deseas negociar, ven solo».
Me congelé al final. Pegada a la nota había una gema que reconocí. Era una pieza del collar que Laia había llevado esa noche.
Había brillado momentos antes, bajo las luces tenues cuando me golpeó. Cuando me miró como si yo fuera… fuera…
Apreté la mandíbula.
Le di la vuelta al papel y vi una dirección garabateada. Estaba dentro de la manada, en un claro no muy lejos de aquí.
Se habían llevado a mi compañera.
—Alfa —oí hablar a Mateo, pero no respondí. Tras trazar y memorizar las líneas, aparté la mirada del papel y levanté la vista con fría determinación.
—Nuevo plan —declaré.