Capítulo 28

1346 Words
Natalia Lo primero que pensé al despertar fue que me dolía mucho la cabeza. Un dolor sordo y palpitante me atravesaba todo el cuero cabelludo. Me picaba dentro del cráneo y me erizaba la piel de los brazos. Gemí en voz alta, girándome, solo para descubrir que mi cuerpo estaba rígido. No podía moverme. Algo andaba mal. Abrí los ojos y me encontré con una oscuridad borrosa, una mezcla de alarma y confusión recorriéndome la mente. ¿Dónde estaba? ¿Qué me había pasado? Volví a la realidad, las sensaciones completas aclarándose. No solo la cabeza, sino todo el cuerpo me dolía. Cuando mi visión se enfocó, descubrí que estaba en un claro oscuro rodeado de árboles. Los recuerdos me inundaron. La fiesta. El estallido de María y luego… ¿Y luego qué? El pánico corrió por mis venas y jadeé. Esto no era normal. Intenté levantar la mano y sentí un dolor agudo subiéndome por el brazo. No sentía ninguna atadura, pero mi cuerpo pesaba como plomo. Además de la cabeza y el rostro, estaba inmovilizada. Mi corazón latía más rápido. —¡Ayuda! —grité. Mi voz resonó en el claro, pero cuando se detuvo, no hubo respuesta. Nadie vino. Solo silencio, y los sonidos de la noche me envolvieron. Los grillos chirriaban en la oscuridad y vi luciérnagas salpicando el área. Pero no había nadie. Me costó todo contener los puntos que se arrastraban por mi visión. Respirando hondo, cerré los ojos, intentando recuperar el equilibrio en medio del dolor palpitante que resonaba en mi cabeza y mi cuerpo. —Está bien —me susurré a mí misma. Podía manejar esto. Había pasado por cosas peores. ¿Cuántas veces, de niña, Pedro me había atado con cuerdas en un lugar como este, asegurándose de que no escapara? Aunque más frecuente en los primeros días, ocurría cada vez que sospechaba que había intentado huir. Solo cuando creía que me había castigado y golpeado hasta meterme la resignación en los huesos dejaba de hacerlo. Había sobrevivido a aquellos días, incluso cuando creía que sería mi fin. Podía sobrevivir a esto. Todo lo que necesitaba era pensar. Pensar… El crujido de pasos me hizo incorporarme de inmediato. A pesar del dolor que me causaban mis movimientos, una chispa de esperanza se encendió en mí. No era mi imaginación. Entre los árboles se acercaba la sombra de una persona. Probablemente un guardia patrullando la frontera. Alguien que podía salvarme. ¿Verdad? —¿Hola? —mi voz salió más suave. Cautelosa. Intenté ver el rostro de la persona que se acercaba como un espectro. Cuando lo hice, mis ojos se abrieron de par en par. ¿No era esa…? Sí, lo era. Cuando la luz de la luna cayó sobre la figura, su rostro se hizo visible. Era la misteriosa joven que había conocido antes. La misma con la que había desayunado esa mañana. —Por favor, ayúdame —solté, encontrando su mirada. La pregunta de por qué o cómo estaba aquí quedó pendiente, pero eso no importaba. Ella era una buena persona. Me ayudaría a salir de aquí. ¿Verdad? Le supliqué con la mirada, desesperada y cruda. Sin embargo, cuando se detuvo lentamente frente a mí, su mirada permaneció en blanco. —No puedo, doctora Natalia —dijo simplemente, con tono suave—. Lo siento. Sus palabras me golpearon como un puñetazo, dejándome atónita en el sitio. ¿Qué? ¿Lo siento? ¿Por qué…? Inhalé bruscamente. Mirando sus ojos, no había ni rastro del calor o la vulnerabilidad de antes. Su mirada no era solo en blanco. Era distante y fría. Ni siquiera parecía sorprendida de verme allí. La comprensión me golpeó más de lo que podía soportar. Ella había sido quien me puso aquí, ¿verdad? Mi cabeza palpitaba, recuerdos borrosos deslizándose en destellos. Ahora lo recordaba. Lo que había pasado antes de desmayarme. Después de que terminara el conflicto, había visto a María siendo arrastrada por un Anciano. Su rostro era uno que reconocía fácilmente: uno de aquellos que me habían burlado abiertamente, insultándome y considerándome incapaz cada vez que fallaba en mis deberes de Luna en el pasado. Deberes en los que me habían obligado y para los que nunca me habían entrenado, pero ninguno de ellos recordaba esa parte. Era pariente de María, eso lo sabía, así que era fácil ver el mismo desprecio en ellos. Afortunadamente, él no me había visto. Cuando la multitud se dispersó, me escabullí. Me reuní con Luca, pero fue breve cuando un guardia lo llamó para atender a la chica herida. Había visto de nuevo a Rafael, la amarga conversación corriendo por mi mente. Después de eso, bajé la mirada, me escondí y bebí champán hasta que mi copa quedó vacía. Pero entonces… ELLA me entregó otra copa. Surgió de la nada, sorprendiéndome. A pesar de ello, recibí su presencia con agrado, solo notando vagamente que llevaba un vestido azul que se parecía mucho al mío. Hablamos y luego… Parpadeé frenéticamente y levanté la mirada hacia ella. —Así que fuiste tú —susurré—. ¿Por qué? Sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos. Las gafas que llevaba reflejaban la luz de la luna. —Porque odio a la Manada Escarlata —dijo. Su tono había cambiado de suave a firme y frío, uno que me envió escalofríos por la espalda. Tenía el aura de una asesina a sangre fría. —Muy bien dicho —la risa de un hombre resonó y siguieron aplausos—. Sabía que eras inteligente; ser la compañera de un Alfa como Rafael no es tarea fácil. Entonces alguien completamente nuevo salió de las sombras. Mis ojos se abrieron de par en par. Se veía peligroso. —No te molestes. La droga que te di hace maravillas. Aunque puedas hablar, no hay forma de que te liberes —rio el hombre, moviéndose para agarrar la cintura de la chica. Le arrancó las gafas de los ojos y la atrajo en un beso profundo. Mientras sus gemidos resonaban en el claro, mis mejillas se sonrojaron de vergüenza, humillación y un profundo terror. —Llegaste tarde —dijo la chica con voz entrecortada después de separarse—. Juan, ¿qué estabas haciendo? —Los guardias estaban sospechosos, mi amor. Tuve que asegurarme de que no me alcanzaran. —¿No mataste a nadie, verdad? —frunció el ceño. Él sonrió con suficiencia. —Bueno… Ella le dio un manotazo en el brazo y él rio. —Solo fue un guardia —dijo—. Dudo que se den cuenta a tiempo. Nuestros hombres ya están en posición. No hay nada de qué preocuparse, cariño. —Oye —grité. Ambos se detuvieron y me miraron, como si por fin recordaran que yo seguía allí. Mi corazón latía desbocado, el miedo llenándome al oír cómo mencionaban matar con tanta naturalidad, pero reuní todo mi valor. —Si van contra la Manada Escarlata, deberían saber que solo soy una asistente de la manada, una interna temporal, no una m*****o de la manada. No tengo nada que ver con esto —dije antes de mirarla a ella—. Tú fuiste quien envió la caja de regalo, ¿verdad? ¿Por qué? Ya había unido las piezas. Para que llevara el mismo vestido que yo, tenía que haberlo sabido. —¿Por qué? —sus labios se curvaron en una sonrisa y el hombre rio. Escalofrios, como agujas, me subieron por la piel mientras sus rasgos se torcían en algo amargo. —Porque cuando tu compañero, el Alfa Rafael, mató a mi hermano, nunca le importaron la inocencia ni la culpa. La Manada Esmeralda se ha convertido en una sombra de sí misma gracias a la Manada Escarlata. Si a él no le importa, ¿por qué debería importarme a mí? Dio un paso hacia mí. Yo estaba indefensa, incapaz de retroceder mientras se inclinaba, su rostro adquiriendo un matiz divertido. —En cuanto a por qué te elegí a ti, deberías saberlo mejor que yo. ¿Verdad, Laia?
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