Una noche

1487 Words
+ Cuando mi padre me llamó para decirme que era hora de volver a Inglaterra, lo sentí como una traición a mi nueva vida. Pero no podía decirle que no. Él era mi única familia verdadera, el único hombre que nunca me había fallado. Volver a Londres después de tanto tiempo, se sintió como entrar en un territorio enemigo. Todo me recordaba al pasado: los edificios, las calles, incluso el aire húmedo. Pero yo ya no era la misma mujer que se había ido. El aeropuerto estaba abarrotado, como siempre. La gente corría de un lado a otro, y yo apenas podía concentrarme. Estaba revisando mi teléfono, respondiendo mensajes de mi padre, cuando lo sentí: un impacto sólido que me hizo perder el equilibrio y caer al suelo. —¡Mierda! —exclamé, mientras mi bolso se deslizaba por el piso. —¿Estás bien? —preguntó una voz profunda, grave, que resonó en mi pecho como un trueno. Alcé la vista y lo vi. Era alto, fácilmente superaba el metro noventa. Su cabello castaño caía desordenado sobre su frente, y sus ojos... esos malditos ojos verdes me dejaron sin aliento. Su mandíbula cuadrada, cubierta por una ligera sombra de barba, le daba un aire rudo que me desarmó por completo. Llevaba un traje oscuro que se ajustaba perfectamente a su cuerpo musculoso, y su presencia irradiaba una confianza arrolladora. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. —Estoy bien —logré decir, aunque mi voz salió más suave de lo que pretendía. Él extendió una mano para ayudarme a levantarme, y aunque quería rechazarla, no pude. Su toque era firme, cálido, y envió una descarga eléctrica a través de mi piel. Me levanté rápidamente, apartando mi mano de la suya como si me quemara. —Gracias —dije, con frialdad. —De nada. Aunque deberías prestar más atención por dónde caminas —respondió, con una sonrisa ladeada que hizo que mi estómago se contrajera. —¿Perdón? —dije, alzando una ceja. —Tranquila, solo una broma. Intenté ignorarlo y seguir mi camino, pero algo me detuvo. Era como si una parte de mí, enterrada profundamente, quisiera quedarse. Me giré de nuevo hacia él, impulsada por un deseo que no entendía. —¿Sabes qué? —dije, acercándome demasiado. —¿Qué? No respondí. En lugar de eso, lo besé. Fue un beso salvaje, impulsivo, lleno de todo lo que había reprimido durante años. Sus labios eran suaves, y aunque al principio pareció sorprendido, rápidamente respondió con igual intensidad. Sus manos se posaron en mi cintura, atrayéndome más hacia él, y el mundo a nuestro alrededor dejó de existir. Cuando finalmente nos separamos, ambos estábamos sin aliento. —No lo niegues —dije, con una sonrisa arrogante—. Acabas de disfrutar de la vista de mis gemelas mientras me levantabas. Él se echó a reír, un sonido bajo y gutural que hizo que mi piel se erizara. —Culpable —respondió, sin rastro de vergüenza. —Bien. Ahora, haz algo útil. Invítame un trago. —¿Aquí? —No. Sáqueme de aquí. + Terminamos en el bar de un hotel cercano al aeropuerto. Él pidió whisky; yo, vino. Cada palabra que salía de su boca estaba cargada de doble intención, y cada sonrisa suya me desarmaba un poco más. Yo no era una novata en este juego, pero él... él era diferente. —No me has dicho tu nombre —dijo, inclinándose ligeramente hacia mí. —Charlott. ¿Y tú? —Adrian. El alcohol fluía, y la tensión entre nosotros aumentaba con cada segundo. Para cuando llegó la segunda ronda, ya no podía contenerme más. —Suficiente charla —dije, poniéndome de pie y extendiendo mi mano—. Vamos a la habitación. No protestó. Solo tomó mi mano y me guió hacia el ascensor. ¿Qué puedo esperar de la vida? Mi ex-marido me engañó con mi propia madre y lo último que podría hacer es quedarme como monja, no, soy de las que dice que es mejor disfrutar y mandar al diablo. * La habitación era amplia, elegante, pero no me importaba. Tan pronto como la puerta se cerró detrás de nosotros, lo empujé contra la pared y lo besé con toda la pasión que había reprimido durante años. Sus manos recorrieron mi espalda, bajando hasta mi cintura, y luego me levantaron como si no pesara nada. Mis piernas rodearon sus caderas mientras me llevaba hacia la cama. Su boca exploraba mi cuello, mis hombros, cada centímetro de piel que encontraba. Sus manos eran firmes, seguras, y su respiración entrecortada me hacía perder la cabeza. —Eres... increíble —murmuró, mientras sus labios descendían por mi pecho. No respondí. Mis palabras se habían perdido entre gemidos y suspiros. Esa noche fue un torbellino de pasión, desenfreno y locura. Cada caricia, cada beso, cada movimiento era una explosión de deseo. Por primera vez en años, me permití sentir. ++++ Los rayos del sol irrumpieron en la habitación, filtrándose por las cortinas entreabiertas y bañando todo con un resplandor cálido. El reflejo de la luz golpeó directamente en mis ojos, obligándome a despertar. Parpadeé un par de veces, intentando recordar dónde estaba. Entonces, todo volvió a mí como una avalancha: el aeropuerto, el bar, los besos, las caricias, el calor abrasador de su piel contra la mía. Mi cuerpo todavía se sentía tibio, como si la pasión de la noche anterior se resistiera a desvanecerse. Al girar la cabeza, lo vi. Adrian. Un desconocido con quien había cruzado apenas unas palabras antes de acabar en su cama. Estaba completamente desnudo, su cuerpo musculoso y perfectamente proporcionado a la vista, descansando sobre las sábanas revueltas. Su pecho subía y bajaba con una respiración profunda, y su rostro, relajado en el sueño, parecía aún más atractivo, casi angelical. Pero yo sabía la verdad. No había nada angelical en este hombre. “Maldita sea”, susurré para mí misma, conteniendo un suspiro mientras me llevaba las manos al rostro. No podía quedarme. No debía. Esta era una de esas situaciones en las que lo mejor era vestirse rápidamente y desaparecer sin dejar rastro, como una sombra que nunca estuvo ahí. Así que, con cuidado de no hacer ruido, me levanté de la cama. El frío del suelo al tocar mis pies desnudos me hizo estremecerme, recordándome cuán vulnerable estaba ahora mismo. Mi vestido n***o, arrugado y tirado en un rincón de la habitación, fue lo primero que encontré. Mientras lo recogía, no pude evitar echarle un vistazo a él. Seguía dormido, completamente ajeno a mi dilema. Y, Dios mío, qué vista. Mi mirada recorrió cada línea de su cuerpo, cada curva definida de sus músculos. Sus brazos, fuertes y marcados, descansaban a los lados, y su cabello castaño estaba desordenado, pero de esa manera perfecta que hacía que quisiera pasar mis dedos por él una vez más. Me mordí el labio inferior, intentando ahogar el torrente de pensamientos inapropiados que se arremolinaban en mi mente. “Contrólate, Charlott”, me dije en silencio mientras me subía el vestido por las piernas. La noche anterior había sido… intensa. No recordaba la última vez que había sentido algo tan salvaje, tan liberador. Adrian era, sin lugar a dudas, un animal en la cama. Cada caricia, cada beso, cada movimiento suyo había sido calculado para encenderme, para llevarme al límite. Y lo había conseguido, de sobra. Pero esta era mi regla. Nunca repito. Nunca me permito volver a cruzar el mismo camino con alguien con quien he compartido una noche como esta. Es más fácil así. Menos complicado. Menos ataduras. “Además”, me dije mientras ajustaba el escote de mi vestido frente al espejo del baño, “¿qué probabilidades hay de que lo vuelva a ver?” Volví a la habitación, recogí mis tacones y mi bolso del suelo, y miré una última vez a Adrian. Era un hombre peligrosamente atractivo, de esos que podían hacerte cuestionar todas tus decisiones de vida con una simple sonrisa. —Lástima que sea la última vez, guapo —murmuré en voz baja, casi como un susurro al viento. Él se movió ligeramente en la cama, un brazo levantándose para cubrirse los ojos del sol. Mi corazón dio un vuelco. ¿Y si despertaba? ¿Qué le diría? ¿Gracias por la noche? ¿Nos vemos nunca? No. Era mejor así. Sin palabras, sin explicaciones. Solo un recuerdo ardiente para atesorar, aunque fuera por unos días. El aire fresco de la mañana me golpeó en el rostro cuando salí del hotel. Apreté el abrigo contra mi pecho, tratando de alejar el frío que no solo provenía del clima, sino también de una parte de mí que, por alguna razón, no quería abandonar esa habitación. Mi teléfono vibró en mi bolso, sacándome de mis pensamientos. Era un mensaje de mi padre. "¿Llegaste? Llámame cuando estés cerca." Suspiré. Mi padre.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD