¡Él!

1540 Words
++++ El trayecto hasta la casa de mi padre fue breve, pero cada kilómetro que recorría me alejaba más de la emoción de la noche anterior y me acercaba al peso de mi realidad. Mi padre vivía en una casa grande y elegante en las afueras de Londres, rodeada de árboles y jardines perfectamente cuidados. Cuando el taxi se detuvo frente a la puerta principal, respiré hondo antes de bajar. Era hora de enfrentar el día, de dejar atrás a Adrian y todo lo que él representaba. Pero mientras caminaba hacia la puerta, una parte de mí no podía evitar preguntarse si había cometido un error. ¿Y si esta vez hubiera sido diferente? ¿Y si ese hombre no fuera solo una aventura de una noche? Negué con la cabeza, decidida a no permitir que esos pensamientos se apoderaran de mí. Había tomado mi decisión, y no había vuelta atrás. Sin embargo, mientras tocaba la puerta y esperaba a que mi padre abriera, un pensamiento cruzó mi mente, uno que no podía ignorar: “Si lo vuelvo a ver, ¿qué haré?” La respuesta, por ahora, era un misterio. Y, aunque intenté convencerme de que nunca más cruzaría su camino, una parte de mí sabía que el destino a veces tenía otros planes. ++++ Al llegar a casa, sentí una mezcla de nostalgia y desdén. Nada había cambiado demasiado, aunque algo en el aire parecía distinto. Mi padre había mencionado en nuestras conversaciones telefónicas que estaba saliendo con alguien, pero no esperaba que todo se hubiese formalizado tan rápido. Bueno, no seré tediosa y malhumorada, porque mi padre merece estar con la mujer que quiera, ya que la que me trajo al mundo es una cualquiera. Abrí la puerta y me encontré con él abrazando a una mujer rubia, elegante y con una sonrisa que parecía demasiado ensayada. —Charlott, bienvenida a casa —dijo mi padre con entusiasmo, acercándose para abrazarme. Su calidez contrastaba con la frialdad que sentía al observar a la mujer que lo acompañaba. —Gracias, papá —respondí, devolviendo el abrazo. Luego, me volvió hacia la mujer, quien extendió su mano con una sonrisa impecable. —Soy Veronica, tu nueva madrastra —dijo, con una voz dulce, pero con un deje de superioridad que no podía ignorar. —Charlott —contesté, estrechando su mano. Me costó mantener la sonrisa. No podía evitar sentirme desplazada, como si mi lugar en la vida de mi padre hubiese sido invadido. —Esta noche tendremos una cena familiar —interrumpió mi padre, aparentemente inconsciente de mi incomodidad—. Quiero que te pongas bonita. Hay algo importante que quiero discutir contigo. Asentí, intentando ocultar mi frustración. Le di un beso en la mejilla, me despedí rápidamente de Verónica y subí las escaleras hacia mi habitación. Una vez allí, cerré la puerta y me dejé caer sobre la cama. “Una cena familiar y una propuesta importante”, pensé con sarcasmo. Seguramente sería algo relacionado con su nueva esposa. Quizás quería que aceptara a Verónica de alguna manera simbólica. Miré el techo durante un rato, tratando de ordenar mis pensamientos. El encuentro en el aeropuerto seguía rondando mi mente. Ese hombre. Su mirada, su sonrisa ladeada, la forma en que había pronunciado mi nombre… Sacudí la cabeza. No tenía sentido pensar en él, era un extraño, nada más. Finalmente, me levanté de la cama y comencé a quitarme la ropa. El día había sido largo, y necesitaba una ducha para despejarme. El agua caliente cayó sobre mi piel, relajando mis músculos tensos. Cerré los ojos y dejé que el vapor llenara el baño, llevándose con él un poco de mi tensión. Pasaron las horas y, cuando el reloj marcó las siete, sabía que era hora de arreglarme. Mi padre había sido claro: “quiero que te pongas bonita”. Elegí un vestido rojo largo, ajustado en la cintura y con un escote sutil pero elegante. Dejé mi cabello suelto, cayendo en ondas naturales sobre mis hombros. Un maquillaje sencillo resaltó mis facciones, y un par de tacones altos completaron el conjunto. Me miré en el espejo y, por un momento, casi no me reconocí. Cuando salí de la habitación y bajé las escaleras, mi padre estaba esperándome al pie. Su rostro se iluminó al verme. —Estás hermosa, hija —dijo, extendiendo su mano hacia mí. —Gracias, papá —respondí con una sonrisa, tomando su mano. Caminamos juntos hacia el salón del comedor. Las puertas dobles estaban abiertas, revelando una mesa elegantemente decorada y varias personas ya sentadas. Pero mi atención se centró de inmediato en una figura familiar. Allí, al lado de Veronica, estaba él. Adrian. El hombre del aeropuerto. Mis ojos se abrieron de par en par, y sentí como si el suelo se deslizara bajo mis pies. —Charlott, quiero presentarte a alguien —dijo mi padre con entusiasmo—. Este es Adrian, el hijo de Veronica y un CEO muy importante. Adrian se levantó de su asiento, sonriendo con esa expresión que había comenzado a detestar y, al mismo tiempo, no podía ignorar. Extendó su mano hacia mí. —Un placer verte de nuevo, Charlott —dijo, con un tono que solo yo podía interpretar como una mezcla de burla y satisfacción. —¿De nuevo? —preguntó mi padre, claramente confundido. —Nos encontramos en el aeropuerto esta mañana —explicó Adrian, sin apartar sus ojos de los míos. —¡Qué coincidencia! —exclamó Verónica, aplaudiendo suavemente—. Eso debe ser una señal. —¿Señal de qué? —pregunté, intentando mantener la calma. Mi padre se aclaró la garganta, llamando mi atención. —Charlott, esta cena es especial porque queremos proponerte algo importante. Adrian y tú… creemos que serían una pareja perfecta. Verónica y yo queremos unir a nuestras familias, y qué mejor manera de hacerlo que con un matrimonio entre ustedes dos. La habitación pareció quedarse en silencio. Mi corazón latía con fuerza, y sentí que el aire se volvía pesado. Adrian, por su parte, no parecía sorprendido. En cambio, su sonrisa ladeada se hizo aún más pronunciada. —Esto debe ser una broma —dije, intentando contener mi incredulidad. —No lo es, hija —dijo mi padre, con seriedad—. Es una gran oportunidad para ambas familias. Adrian es un hombre respetable y exitoso. Estoy seguro de que serán felices juntos, mi amor, sé que te pedí que te fueras lejos y que estudiaras más a fondo para encargarte de los negocios de la familia, tu herencia, pero ahora he determinado que juntos, Adrian y tú pueden ser grandes Ceos y no solo eso, pueden crecer. Miré a Adrian, esperando que dijera algo, que rechazara la idea, pero él simplemente me miró con calma, como si todo estuviera bajo control. —¿Qué opinas, Charlott? —preguntó Verónica, su tono dulce pero insidioso. —Creo que… necesito un momento —respondí, apartando la mirada y dando un paso hacia atrás. Adrian dio un paso hacia mí, inclinándose ligeramente. —No te preocupes, Charlott. Esto apenas comienza —susurró, con una sonrisa que prometía problemas. Sin decir una palabra más, salí del salón, mi corazón latiendo a mil por hora y mi mente tratando de procesar lo que acababa de suceder. * Adrian me alcanzó en el pasillo. Su paso firme resonaba detrás de mí, como si no tuviera intención de dejarme sola. Me detuve abruptamente y me giré para enfrentarlo, sin importarme lo mucho que el rojo de mi vestido podía reflejar mi furia interna. —¿Qué quieres ahora? —espeté, cruzándome de brazos. Él levantó las manos en un gesto de rendición, aunque la sonrisa divertida seguía en su rostro. —Solo quería asegurarme de que no te desmayaras. Parece que la idea te tomó por sorpresa. —¡Por sorpresa! —repetí, casi riéndome por la ironía—. ¿A ti no te lo parece? ¿Acaso sabías de esto? Adrian se encogió de hombros, apoyándose contra la pared como si aquello no fuera más que una reunión trivial. —Me lo mencionaron… hace unos días. Pero no pensé que lo presentarían de esta forma. Sentí cómo la furia hervía dentro de mí. Él lo sabía y no había hecho nada para detenerlo. —Entonces, ¿te parece divertido? —pregunté, dando un paso hacia él—. ¿Es esto un juego para ti? Adrian dejó escapar una risa suave, una que parecía diseñada para provocarme. —No lo veo como un juego, Charlott. Más bien, como un desafío interesante. Fruncí el ceño, sin poder creer la tranquilidad con la que se tomaba todo. —Esto no va a suceder. Si estás esperando que acepte un matrimonio arreglado solo porque nuestros padres están ilusionados, vas a quedarte esperando mucho tiempo. Adrian se inclinó ligeramente hacia mí, acercándose lo suficiente como para que su voz fuera un susurro privado. —¿Sabes qué creo? Creo que no tienes idea de lo que realmente quieres. Pero está bien, Charlott. Tenemos tiempo para resolverlo. Retrocedí, sintiéndome atrapada bajo su mirada. —No necesito tiempo. Sé lo que quiero, y lo que no quiero, y tú estás en esa última lista.
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