Adrian no pareció afectado por mis palabras. De hecho, su sonrisa se hizo aún más amplia.
—Entonces, ¿qué te parece si tomamos algo? Quizás puedas convencerme de por qué este matrimonio sería un error tan grande.
Me quedé en silencio, desconfiando de sus intenciones pero incapaz de rechazar la oportunidad de aclarar las cosas.
—Está bien —dije finalmente, cruzando los brazos—. Pero esto no cambia nada.
—Perfecto —respondió Adrian, enderezándose y haciendo un gesto para que lo siguiera—. Conozco el lugar perfecto para comenzar esta… negociación.
Lo miré con desconfianza mientras comenzaba a caminar delante de mí. Algo me decía que esta conversación no iba a ser tan simple como esperaba. Y, por alguna razón, tampoco estaba segura de querer que lo fuera.
Apenas crucé la puerta del salón, escuché los pasos de Adrian siguiéndome. Quería gritarle que se quedara en su lugar, pero sabía que no lo haría. Parecía del tipo de persona que disfruta metiéndose donde no lo llaman.
—Charlott, espera —dijo detrás de mí, con su voz suave pero firme.
Me giré abruptamente, mis tacones resonando contra el mármol del pasillo.
—¿Qué parte de "necesito un momento" no entendiste? —le espeté, cruzándome de brazos.
Él sonrió, como si mi molestia fuera lo más divertido del mundo.
—Tienes razón, tal vez fue un poco precipitado. Pero creo que podemos hablarlo. No querrás decidir todo en base a una primera impresión, ¿verdad?
—¿Hablarlo? —reí con incredulidad, llevándome una mano al pecho—. ¿Qué hay que hablar? ¿Cómo vamos a fingir ser la pareja perfecta mientras nuestras familias nos manipulan como piezas de ajedrez?
Adrian se apoyó en la pared, como si la situación no le importara en absoluto.
—Tienes razón, es absurdo. Pero si estamos aquí, al menos deberíamos conocernos antes de descartar la idea.
Lo miré con desconfianza, intentando leer más allá de su actitud relajada.
—¿Conocernos? —repetí, levantando una ceja—. ¿Qué pretendes con eso?
—Pretendo evitar que esto sea más incómodo de lo que ya es —respondió él con una calma que me desconcertó—. Mira, sé que no pediste esto, tampoco yo. Pero si nuestros padres están tan decididos, lo menos que podemos hacer es hablarlo como adultos.
Antes de que pudiera responder, escuché la voz de mi padre desde el salón.
—¿Adrian? ¿Charlott?
Adrian suspiró y se apartó de la pared.
—Vamos a hacer esto sencillo —dijo en voz baja, mirando hacia la puerta del salón—. Me disculparé y diré que saldremos un rato para discutirlo. Así tendremos algo de espacio.
Lo miré fijamente, tratando de encontrar una trampa en sus palabras. Pero antes de que pudiera protestar, él ya estaba de vuelta en el salón, explicando la situación con su tono impecablemente tranquilo.
Cuando regresé, mi padre me miró con expectativa.
—Papá —dije, esforzándome por mantener la compostura—, Adrian y yo vamos a salir un rato. Necesitamos hablar de esto.
Él asintió, aparentemente satisfecho.
—Me parece una excelente idea.
Veronica sonrió con una expresión triunfal, pero decidí ignorarla. Adrian se acercó, extendiendo una mano hacia mí.
—¿Lista?
—Ni en tus sueños —respondí, pasando de largo y dirigiéndome hacia la puerta principal.
Una vez afuera, Adrian sacó las llaves de su auto y me miró.
—¿Vas conmigo?
Lo miré con desdén.
—No. En autos separados.
Adrian levantó las manos en señal de rendición.
—Como prefieras. Te seguiré.
Subí a mi auto, encendí el motor y me dirigí hacia el único lugar que se me ocurrió: un club nocturno al que solía ir en mis años de universidad. Necesitaba algo de ruido, algo que distrajera mi mente del caos en el que se había convertido mi vida.
Cuando llegué, estacioné y esperé a que Adrian se acercara. Él salió de su elegante auto y me miró con curiosidad.
—¿Un club nocturno? No te imaginaba este tipo de lugares.
—Hay muchas cosas que no imaginas de mí —respondí, caminando hacia la entrada sin esperarlo.
Adrian me siguió, y juntos entramos al bullicioso local. Las luces estroboscópicas y la música ensordecedora llenaban el ambiente. Nos dirigimos hacia la barra y pedimos whisky.
—Bueno —dije después de un sorbo, girándome hacia él—, aquí estamos. ¿Qué quieres saber?
Adrian sonrió, apoyándose en la barra con aire despreocupado.
—Primero, dime por qué esto te molesta tanto.
—¿En serio? —reí amargamente—. Soy una mujer de negocios, Adrian. Trabajo duro para mantener mi independencia y mi lugar en este mundo. ¿Y ahora quieren que lo arruine todo casándome con alguien que apenas conozco?
—Es solo un acuerdo de negocios —respondió él con calma, alzando su vaso—. Nada más.
—Oh, claro. Porque eso lo hace mucho mejor —dije con sarcasmo, bebiendo un trago más grande de lo necesario.
Adrian inclinó la cabeza, observándome como si intentara descifrar un complicado rompecabezas.
—No somos unos niños, Charlott. Esto no es sobre amor ni cuentos de hadas. Es pragmatismo, nada más.
Lo miré fijamente, sintiendo una mezcla de frustración y resignación.
—Ya pasé por un matrimonio. Por amor —dije, bajando la voz. Mi tono se tornó más serio—. Y créeme, no fue como un cuento de hadas.
Adrian asintió lentamente, como si entendiera más de lo que estaba diciendo.
—Quizás por eso esto sea diferente. Porque no hay expectativas emocionales. Solo un propósito claro.
—¿Un propósito claro? —repetí, levantando una ceja—. Bueno, tal vez eso lo haga menos caótico. Pero eso no significa que esté lista para aceptar.
Adrian levantó su vaso en un gesto de brindis.
—Entonces, tómate tu tiempo. Por ahora, disfrutemos de la noche.
A pesar de mi resistencia inicial, encontré algo reconfortante en su actitud tranquila. Quizás, después de todo, hablar con Adrian no sería tan terrible como había imaginado.
La noche había dado un giro que no podía haber previsto, ni en mis peores pesadillas ni en mis más extrañas fantasías. Subí las escaleras casi tropezando con los tacones, el vestido ajustado comenzando a sentirse como una prisión más que como un atuendo elegante. Cerré la puerta de mi habitación y apoyé mi espalda contra ella, respirando con dificultad.
Un matrimonio. ¿Con Adrian? ¿El hijo de Veronica? ¿El CEO que parecía disfrutar viendo cómo mi mundo se tambaleaba? La situación era tan surrealista que apenas podía procesarla. Mi padre, el hombre que siempre había priorizado mi felicidad, había decidido unilateralmente que casarme con un extraño era lo mejor para todos. Quería gritar, pero en lugar de eso, me deslicé hasta el suelo, dejando que la rabia y la incredulidad me envolvieran.
Había algo en la manera en que Adrian había sonreído, en cómo no parecía sorprendido ni incómodo con la propuesta. Como si supiera que esto sucedería. Como si estuviera... de acuerdo. Esa idea me ponía los pelos de punta.
—¡Estúpido vestido! —mascullé, arrancándome los tacones y dejándolos tirados junto a la cama. Caminé descalza hasta el espejo, viendo mi reflejo. El rostro que me devolvía la mirada era una mezcla de furia, descontrol e incredulidad.
De repente, escuché un golpe suave en la puerta. Me congelé.
—Charlott —llamó una voz masculina. Su voz. Adrian.
—Vete —respondí rápidamente, tratando de sonar firme, aunque mi corazón latía con fuerza.
—No creo que quieras causar una escena innecesaria —dijo desde el otro lado, con ese tono calmado y seguro que me exasperaba.
Me acerqué a la puerta y la abrí de golpe, encontrándome cara a cara con él. Sus ojos grises me escanearon con la misma intensidad que en el aeropuerto, pero ahora había algo más: un desafío.
—¿Qué quieres? —pregunté, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Hablar contigo —respondió, como si fuera lo más lógico del mundo—. No creo que esta sea la mejor manera de empezar, ¿no crees?
—¿La mejor manera de empezar qué? —pregunté, arqueando una ceja.
—Nuestro futuro juntos —dijo con una sonrisa ladeada que me hizo querer darle una bofetada... o tal vez dos.
—Escucha, no sé qué tipo de acuerdo retorcido tienen nuestras familias, pero yo no soy parte de esto. No voy a casarme contigo, ni hoy, ni mañana, ni nunca. Así que puedes decirle a tu madre que busque otra estrategia para unir familias, porque yo no soy su peón.
Adrian dio un paso adelante, invadiendo mi espacio personal. Su perfume, una mezcla de madera y especias, llenó el aire entre nosotros.
—¿Terminaste? —preguntó, con una calma que era casi insultante.
—Por ahora —respondí, levantando la barbilla.
—Bien. Porque creo que es mi turno. —Adrian cerró la puerta detrás de él, apoyándose contra ella como si no tuviera intención de irse pronto.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté, mi tono cargado de incredulidad.
—Haciendo lo que debería haber hecho abajo. Explicarte cómo serán las cosas —dijo, con una seguridad que me sacaba de quicio.
—Tú no me explicas nada —respondí, señalándolo con un dedo—. Esto no es un trato de negocios. No puedes venir aquí y actuar como si ya hubieras ganado.
Adrian soltó una risa baja y profunda, una que hizo que mi piel se erizara, pero no estaba segura si era por ira o por otra cosa.
—Charlott, esto no es una competencia. Es un hecho. Nuestras familias ya tomaron una decisión, y ambos sabemos que tu padre rara vez cambia de opinión.
—Eso no significa que yo tenga que aceptar esto —dije, dando un paso hacia él—. No soy una mercancía, y definitivamente no soy alguien que se deja mandar.
Adrian me miró con interés, como si estuviera estudiando cada palabra que salía de mi boca.
—Eso me gusta de ti —dijo finalmente, con una sonrisa que parecía genuina esta vez.
—¿Qué? —pregunté, sorprendida.
—Tu espíritu. Tu resistencia. Va a hacer esto mucho más... interesante.
Mis manos se cerraron en puños a los costados. Este hombre tenía el talento de hacer que cada palabra sonara como un desafío personal.
—Escucha, Adrian, no sé qué juegos te gusta jugar, pero yo no soy parte de ellos.
—Entonces tal vez deberías empezar a aprender las reglas, porque este juego apenas comienza —dijo, abriendo la puerta como si ya hubiese decidido que nuestra conversación había terminado.
Antes de salir, se detuvo en el umbral y giró ligeramente la cabeza hacia mí.
—Por cierto, estabas deslumbrante esta noche. —Y con eso, se fue.