+ADRIAN+
Raúl Montgomery tenía fama de ser un hombre implacable, un estratega que hacía movimientos calculados para proteger su imperio. Pero esta vez, su plan maestro parecía desmoronarse. Al menos esa era mi impresión después de enfrentarme a su hija mimada.
Charlott.
Me detuve frente a la puerta del despacho de Raúl, tomando un momento para recomponerme. Charlott no era nada como la imaginé. En nuestras conversaciones preliminares, me la habían descrito como inteligente, fuerte y pragmática. Sin embargo, lo que vi fue una mezcla de furia y rebeldía desenfrenada. No pude evitar sentir cierta decepción. Aunque, si soy honesto conmigo mismo, también sentí algo más.
No podía sacarla de mi mente.
No solo porque ahora sabía que era la misma mujer con la que estuve en el hotel, esa que me besó con una intensidad que no he podido olvidar, sino porque había algo en su forma de mirarme, incluso mientras me rechazaba, que me hacía querer desentrañar cada uno de sus secretos.
El problema era que ella no quería nada conmigo. Y yo, por más que intentara mantener la compostura, no podía evitar sentir que mi paciencia tenía un límite.
Respiré hondo y empujé la puerta.
El despacho era exactamente como lo esperaba: grande, opulento y cuidadosamente decorado para intimidar a cualquiera que entrara. Mi madre, Verónica, estaba sentada junto a Raúl, con esa sonrisa perfecta que parecía más un accesorio que una expresión genuina.
—Adrian, hijo, ¿cómo estás? —preguntó Verónica al verme, con una dulzura que me irritaba en ese momento.
—Bien, madre —respondí, inclinando ligeramente la cabeza. Luego me dirigí a Raúl, extendiendo mi mano—. Señor Montgomery.
Él se levantó para estrecharla. Su apretón era firme, típico de alguien que no aceptaba la debilidad.
—Adrian —dijo, con un tono que intentaba ser cálido—. Espero que tu reunión con Charlott haya sido productiva.
No pude evitar soltar una risa seca antes de responder.
—¿Productiva? No exactamente. Rebelde sería una descripción más acertada.
Raúl se echó hacia atrás en su silla, entrelazando los dedos mientras me estudiaba con cuidado.
—Explícate.
Me senté frente a él, cruzando las piernas y manteniendo un tono neutral, aunque por dentro mi mente seguía analizando cada detalle de mi interacción con Charlott.
—No quiere nada conmigo. No quiere este matrimonio, no quiere la idea de unir familias, y ciertamente no está feliz de estar aquí. —Hice una pausa, dejando que mis palabras calaran—. Pero creo que es normal, considerando que no le advirtió nada.
Raúl no dijo nada al principio, pero su mandíbula se tensó ligeramente. Verónica, siempre dispuesta a intervenir, tomó la palabra.
—Es cuestión de paciencia, Adrian. Charlott solo necesita tiempo para adaptarse. Es una chica brillante, pero también obstinada. Lo lleva en la sangre.
—Con el debido respeto, madre —respondí, girándome hacia ella—, el tiempo no parece ser lo que le falta. Parece más una cuestión de voluntad. Y, con todo respeto, dudo que obligarla sea la mejor estrategia.
Raúl se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio.
—Hablaré con ella mañana. Charlott puede ser testaruda, pero es sensata. Entenderá la importancia de esto con el tiempo.
Quise protestar, pero me detuve. Había algo en su tono, una mezcla de autoridad y determinación, que me hizo darme cuenta de que no estaba dispuesto a discutir el tema.
—Mientras tanto —continuó Raúl, cambiando de tono a uno más neutral—, quiero que te instales cómodamente. Verónica te mostrará tu habitación. Considérate bienvenido a la familia, Adrian.
Sus palabras me dejaron una sensación extraña. "Bienvenido a la familia." No podía evitar sentir que había algo profundamente irónico en esa declaración, considerando que la única persona que realmente importaba en este acuerdo, Charlott, parecía odiar la idea de nuestra unión con cada fibra de su ser.
Me levanté, extendiendo la mano a Raúl.
—Gracias, señor Montgomery. Espero que mañana pueda haber avances.
—Los habrá —respondió él, estrechando mi mano con firmeza.
Nos despedimos con un intercambio de buenas noches. Mamá se levantó para guiarme hacia mi habitación, y mientras caminábamos por los pasillos opulentos de la mansión, no pude evitar sentir que me adentraba en un territorio enemigo.
La habitación que me asignaron era amplia, con una decoración que reflejaba el mismo gusto impecable del resto de la casa. Pero a pesar de su lujo, no podía relajarme.
Me quité la chaqueta y me dejé caer en el sillón junto a la ventana, con la vista fija en el jardín iluminado por la luna. Mi mente volvió a Charlott, a su mirada desafiante, a la forma en que había dejado claro que no quería nada conmigo.
No podía culparla. Este matrimonio arreglado era un insulto a su independencia. Sin embargo, había algo en ella que me intrigaba profundamente. Esa mujer no era como las otras personas con las que había tratado en acuerdos como este.
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El aire en la habitación era pesado. Mi madre, siempre impecable, me miraba con una mezcla de incredulidad y cálculo. Su rostro, normalmente inquebrantable, ahora mostraba una fisura de sorpresa que rara vez permitía.
Ah, tan cansado de la situación, finalmente le confesé a mi madre lo que hice con Charlott.
—¿Te acostaste con Charlott? —preguntó, finalmente, su tono bajo, pero cargado de una gravedad que no solía usar conmigo.
—Fue antes de saber quién era, madre —respondí, sintiendo la necesidad de justificarme a pesar de que no tenía por qué hacerlo. Caminé hacia la ventana, evitando su mirada—. No sabía nada de ella, ni siquiera su apellido. Fue solo una noche.
Ella cruzó los brazos, moviéndose lentamente por la habitación como si estuviera evaluando todas las consecuencias posibles de lo que acababa de confesarle.
—Adrian, ¿te das cuenta de lo complicado que esto hace todo? —dijo finalmente, deteniéndose frente al sillón.
Lo supe desde que la vi, no imaginé que la chica de buen prestigio sea la misma loca sexi que me pidio que la llevara a otro lado y que al final ambos terminaramos en la misma cama.
—¿Complicado? Esto es un desastre —respondí, girándome para enfrentarla—. ¿Cómo esperas que maneje esto? Charlott ya no quiere saber nada de este matrimonio. Y ahora, si se entera de lo que pasó entre nosotros, será aún peor.
Mi madre exhaló un largo suspiro, masajeándose las sienes. Por un momento, parecía haber perdido su característico control.
—Raúl no puede enterarse de esto —dijo finalmente, mirándome fijamente—. Bajo ninguna circunstancia.
El problema que a su hija le puede decir en cualquier momento.
—No planeo decírselo, pero no cambia nada. —Volví a caminar de un lado a otro, tratando de liberar la tensión acumulada—. Y lo peor es que, después de todo este tiempo, tú tampoco me dijiste nada sobre ella. Nunca mencionaste su nombre.
—Pensé que lo sabías —respondió Verónica, alzando ligeramente la barbilla—. Charlott estuvo fuera durante mucho tiempo, y Raúl no suele hablar mucho de su vida personal.
—Exacto. Nunca lo mencionó, y yo nunca lo pregunté. Pero, madre… —me detuve, mirándola con incredulidad—. ¿Sabes cuántas veces he venido aquí y nunca vi una sola foto de ella? ¿Cómo se supone que debía conectar los puntos?
Verónica no respondió de inmediato. Se acercó a mí, colocando una mano en mi brazo en un gesto que pretendía ser reconfortante, pero que solo me recordó lo frágil que era la situación.
—Entiendo que esto te frustre, Adrian, pero necesitas mantener la calma. Esto no es solo sobre ti o Charlott. Es sobre nuestras familias, sobre lo que significa esta unión.
—¿Lo que significa? —repetí, riendo sin humor—. Madre, Charlott no quiere esto. Y, francamente, no sé si yo tampoco lo quiero.
Su rostro se endureció, esa expresión de autoridad que rara vez usaba conmigo, pero que sabía manejar con precisión.
—Adrian, sé que esto es difícil. Pero escucha: Charlott no es la única que ha sufrido. Tú también has tenido que lidiar con sacrificios. Ambos vienen de situaciones complicadas, y tal vez eso es lo que hace que esto tenga sentido.
No es verdad, mi madre piensa que la zorra de mi ex me ha partido el corazón, pues no, no me molesta que se haya acostado con mi ex amigo.
—¿Sentido? —pregunté, incrédulo—. Charlott me odia. Lo único que quiere es alejarse de mí y de esta familia.
—Por ahora —respondió Verónica, con una calma que parecía diseñada para exasperarme—. Pero entiende esto: Charlott tiene miedo. Ha pasado por un matrimonio que la destruyó. Su exmarido no solo la traicionó, sino que lo hizo de la peor manera imaginable. Con su propia madre, Adrian.
¡Quisiera saber los detalles!
—¿Qué?
—Sí. Es una historia horrible, y lo entiendo. Por eso ella odia la idea del matrimonio. Por eso desconfía de todo esto. Pero también por eso creo que tú podrías ser exactamente lo que necesita.
Me reí, una risa amarga que no pude contener.
—¿Yo? Madre, no creo que sea lo que ella necesita. De hecho, creo que soy lo último que quiere.
—Eso no lo sabes —respondió ella, con firmeza—. Charlott es fuerte, pero está herida. Y tú… tú también lo estás, Adrian, aunque no lo admitas.
¡Ash, ya le dije que no!
—Esto no es una sesión de terapia —dije, alejándome de ella—. Esto es un acuerdo de negocios, nada más.
—Quizás. Pero los acuerdos también pueden transformarse en algo más.
Me detuve, apretando los puños mientras trataba de procesar lo que estaba diciendo.
—Esto es un desastre, madre. Charlott no solo odia este matrimonio, sino que ni siquiera sabe que yo soy… yo.
—Adrian, escucha. Esto no será fácil, pero creo que puedes manejarlo. Con paciencia y estrategia, puedes convencer a Charlott de que este matrimonio no es el fin del mundo.
—¿Y si no quiero convencerla? —pregunté, cansado.
Ella me miró con una mezcla de compasión y firmeza.
—Entonces lo haces por nosotros. Por tu familia.
No respondí. En lugar de eso, me acerqué a la ventana y miré hacia el jardín, dejando que el silencio llenara el espacio entre nosotros.
Este matrimonio estaba destinado a ser una solución, pero ahora parecía más una bomba de tiempo. Y en el centro de todo estaba Charlott.
La única pregunta era: ¿qué haría yo con eso?