TU MUJER.

1943 Words
Desde aquella terrible noche Agustina no volvió a tener paz, sus sueños estuvieron llenos de pesadillas todas las noches, veía a su esposo e incluso a su hijo muerto. Despertaba antes del amanecer con el corazón agitado y sudando por el terror que le causaba vivir de aquella manera.   Se sentía cansada, bajo sus ojos había manchas negras debido al sueño interrumpido, su rostro era pálido y enfermizo. Su belleza fue desapareciendo conforme los días pasaban y Martín parecía estar ciego, pues no se tomaba la molestia de preguntar por ella.   —No puede seguir así mi señora, debe hablar con su marido, buscar la ayuda de algún sanador, en el pueblo hay una bruja, puedo llevarla donde ella —Tomasa se arrepintió de haber dejado escapar aquellas palabras. Pero Agustina la miró, ella sabía de la bruja. Ella había vivió allí desde hace muchos años, pero era tan pobre que la gente, seguro ni la recordaba, era invisible para todos hasta ahora que la llamaban señora.   —Llévame a ella Tomasa, no puedo seguir así —dijo con angustia. No le había hablado a nadie de sus pesadillas, pero agradecía que la mujer se fijara en su lamentable estado y ofreciera su ayuda.   Aprovechando que Martín estaba en el Paraíso. Las dos mujeres salieron de la casa grande, dejando a los niños a cargo de otra de las mujeres de servicio. Caminaron por el centro de la finca con la caída del sol, llegaron a Ixquiac, donde la bruja vivía, entre altares y piedras con imágenes retratadas en ellas.   —La señora de la casa grande —dijo la mujer apenas la miró. Agustina la miró detenidamente, era una anciana de aproximadamente ochenta años, su güipil estaba gastado y roto, su enagua no estaba en mejores condiciones. Esa imagen le recordó su pasado, cuando su mayor preocupación era no tener un bocado que llevarse a la boca o que darles a sus hijos.   El pasado había quedado atrás, ella tenía dinero, dos fincas a su disposición, pero era incapaz de llevarse un solo bocado a la boca o siquiera de dormir bien, esos ojos rojos la perseguían a donde quiera que iba y las pesadillas no cesaban nunca.   —Martina, la señora no se encuentra bien ¿Puedes ayudarla? —Tomasa habló al ver a su señora en completo silencio. La bruja asintió y abrió la puerta de su choza, dejándolas pasar. Agustina contuvo la respiración, había una cantidad grande de candelas encendidas, el calor por un momento la sofocó, pero se sobrepuso. Necesitaba ayuda desesperadamente.   —Mi señora, siéntense —pido Martina, mientras barajaba las cartas en sus manos. Agustina siguió la petición de la mujer y se sentó sobre el trozo y una pequeña mesa adornada de piedras y pomas.   —¿Qué es lo que atormenta su corazón mi señora? —la bruja preguntó, esperando por la respuesta de Agustina. Ella no sabía por dónde comenzar o temía preguntar delante de Tomasa.   —Espera afuera Tomasa —ordenó la bruja. Agustina la miró, pensó que Martina le había adivinado el pensamiento. Tomasa miró a su señora e hizo exactamente lo que la bruja le pidió cuando su señora asintió, dándole una orden silenciosa.   —¿Qué es lo que atormenta su corazón? —Agustina levantó la mirada para ver a la bruja a los ojos. Su corazón se agitó dentro de su pecho al ver esos pozos negros que la miraban como si quisiera atravesar su alma, arrebatarla y poseerla.   —He tenido pesadillas, he soñado con un hombre blanco y ojos rojos…   —Has visto a tu marido muerto y a tu hijo.   Agustina la miró con temor, al escuchar las palabras de la bruja. No se lo había dicho a nadie ¿Cómo lo sabía ella?   —No tienes otra opción Agustina, estás condenada a él. Te buscará a donde quiera que vayas y te hallará siempre —el cuerpo de la señora tembló, quería marcharse y olvidarse de las palabras de la mujer, pero algo la retenía en contra de su voluntad.   —Una noche él vendrá y tendrás que elegir entre él y tu familia, si te rehúsas a ir con él, tus pesadillas se volverán realidad, los perderás, pero si aceptas acompáñalo, ellos vivirán felices hasta sus últimos días, es el pacto que tu marido hizo.   —¡Estás loca! No sé de lo que hablas —se puso de pie golpeando una de las candelas haciendo que esta cayera a la tierra apagándose en el instante, un viento frío azotó la choza y más de una candela se apagó por el viento, helando los huesos de ambas mujeres.   —Sabes muy bien de lo que hablo Agustina, te vigilo constantemente, estoy aquí y no te dejaré hasta tenerte a mi lado —la voz de la bruja se transformó, no era como antes. La mujer salió corriendo sin ver atrás, se llevó a Tomasa, mientras dentro del pecho su corazón latía descontroladamente, sentía el frío helar su sangre y el miedo atroz recorrerla de pies a cabeza, haciéndole sentir múltiples escalofríos.   —Mi señora ¿Qué le pasa? —Tomasa preguntó con voz agitada por la carrera a la que fue obligada por Agustina.   —No preguntes y olvida que hemos venido a este lugar. Esa mujer no sabe nada ¡Está loca! —exclamó tratando de ocultar todos los miedos dentro de su corazón.   Volvieron a la casa grande cuando el manto de la oscuridad caía sobre la finca, las velas se podían ver en las casas de los trabajadores, mientras la casa grande se erguía majestuosa, tenía iluminada por la luz artificial que sus anteriores dueños habían dejado, no solo en la casa grande, también la iglesia y el beneficio de café.   Los días fueron pasando, convirtiéndose en meses y posteriormente en años. Agustina no había dejado de tener pesadillas cuando Martín había tomado la decisión de enviar a Valentín a estudiar a la Capital del país, fue la mujer más feliz del mundo, pero ahora que su hijo volvía la angustia se apoderó de su cuerpo de nuevo. Su hijo tenía veinticinco años era un hombre hecho y derecho, guapo e inteligente en los años pasados las cosas no cambiaron.   Martín Cabrera continuó entregado al pacto, los hombres aparecían muertos y cada vez las cosas se salían de control, la gente del pueblo murmuraba y las sospechas en torno a él fueron acrecentando cada día más. Todo hombre que se había enfrentado a Martín, moría a manos de un animal salvaje o desnucado al caer del caballo sin explicación.   Muchos de los trabajadores habían dejado sus casas y el trabajo para irse a las fincas aledañas, presos del miedo y de los rumores que involucraban al dueño de la finca.   **** La casa grande se vistió de fiesta, para recibir a Valentín el futuro propietario de la finca. Ya no quedaba rastro del niño que un día pasó hambre y necesidades en una vieja choza, que vio morir a sus hermanitos por culpa de la pobreza.   Ahora era un hombre fino, educado y con visión amplia sobre la caficultura y otros tantos conocimientos, pasó los últimos años en la Ciudad de Guatemala alejado de la finca por petición de su madre, era ella quien viajaba a visitarlo hasta el día de hoy, que su regreso fue inminente.   Fue recibido entre aplausos y vítores de los presentes. Había escuchado sobre el problema de deserción que muchos hombres y sus familias habían protagonizado durante el último año. Él estaba dispuesto a hacerlos volver o incluso ir a otros departamentos por gente. Les ofrecería salarios dignos y educación para sus hijos.   —Hijo por favor pasemos al comedor, he enviado comida a la casa de los trabajadores tal como lo has pedido —Agustina a pesar de los años, seguía siendo dueña de una belleza codiciada.   —Gracias madre, padre —Martín asintió al escuchar a su hijo, se dirigieron los tres al comedor donde les esperaba un verdadero banquete, conejo a la brasa, carne de carnero, pato y gallina, verduras curtidas en vinagre.   —Extrañe todo esto en la ciudad, no es lo mismo ¿Pero por qué tanta comida? ¿Esperamos a alguien? —Valentín ayudó a su madre a sentarse, mientras Martín se sentaba a la cabecera de la mesa el joven ocupaba el lugar a la derecha de su padre.   —Invite a algunos finqueros, espero no se atrevan a hacernos el desaire, también viene el presidente de la asociación de cafetaleros, quiero presentarlo, quiero que conozca a su sucesor —Martín trató de que el rencor no se hiciera presente en su voz. Hubiese quitado al hombre de su camino hacía mucho tiempo, si no fuera porque al final sus ganancias se habían incrementado considerablemente, el hombre sabía lo que hacía. Pero con su hijo preparado bien podría ocupar el cargo tan codiciado.   —No te preocupes padre si hoy no puedo conocerlos y habrá otra oportunidad para hacer, ahora lo único importante es que después de tantos años por fin estamos reunidos de nuevo, como la familia que somos —expresó mientras levantaba su copa de cristal para brindar.   —Por ti hijo, porque tu regreso será el principio de una nueva era —las copas chocaron al tiempo que uno de los invitados arribaba al comedor acompañado de Tomasa.   —Carlos creí que no llegarías —Martín se puso de pie, para saludar al presidente de la asociación y a su esposa.   —Hemos tenido dificultad con una de las ruedas de la carreta, el camino empedrado no ayuda mucho —se justificó el extranjero.   —Comprendemos la situación, déjame presentarte a mi familia, Agustina mi esposa y Valentín mi único hijo —Carlos Hockmeyer hizo una leve reverencia y besó la mano de Agustina, para luego extender el saludo a Valentín quien se había puesto de pie, para recibir a los invitados.   —Un placer conocerlos. Les presento a mi esposa Matilde—Valentín imitó el comportamiento anterior de Carlos, y saludó primero con una leve inclinación de cabeza y luego besó la mano de la mujer mayor.   —Encantado señora, sean bienvenidos a esta casa —Matilde sonrió al ver lo educado que era el joven y pensó en su hija. Era una verdadera pena que no pudiera acompañarlos.   —La cena transcurrió entre pláticas sobre suelos, cafetales y semillas, el proceso del café desde el grano hasta la exportación en pergamino y oro.   Las mujeres se reunieron a beber té en la sala mientras sus maridos pasaron al despacho a hablar de trabajo. Valentín acompañó a su padre dispuesto a aprender del extranjero estaba seguro de que a partir de hoy tendrían una buena relación o eso es lo que creyó hasta que las horas avanzaron y ellos se despidieron.   ***** —Ha llegado la hora de que finalmente me entregues lo que tanto he deseado pedirte —Martín observó al hombre frente a él. Era la primera vez que hablaban en su oficina, nunca antes se habían visto fuera de las montañas.   —¿Qué es lo que deseas pedir? Siempre he estado dispuesto a darte todo lo que me has pedido hasta el día de hoy, no te he fallado —respondió Martín al hombre, quien sonrió ampliamente enseñando sus dientes blancos y perfectos.   —Es lo que más apreció de ti Martín, estoy deseando que esta ocasión no sea la excepción —sonrió poniéndose de pie.   —Pide, que nada te será negado —aseguró Martín sin tener idea de lo que a continuación vendría.  —Quiero a tu mujer…
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