—¿Por qué tienes que irte? —Agustina preguntó, viendo a su esposo preparar su equipaje, ella se había negado a hacerlo, no deseaba que él viera como las manos le temblaban. No había podido dormir desde que despertó con aquel escalofriante aullido.
—Es un congreso de finqueros, queremos encontrar una manera de exportar el café de nuestras cosechas al otro lado del mundo ¿Sabes lo que eso sería? Nuestra finca tiene los mejores granos de café, estamos a nada de que inicie la temporada de cosecha, he recorrido y revisado cada parcela, este año tendremos una de las mejores cosechas jamás vista mujer.
»No pienso desaprovechar la oportunidad, sobre todo para congraciarme con don Carlos Hockmeyer, ese extranjero dueño de San Jerónimo. Estamos a la misma altura y se lo dejaré claro en esta reunión, ha intentado hacerme a un lado.
Había molestia en su voz, enfado porque a pesar de llevar poco más de un año siendo el dueño de Las Mercedes, la gente nacida en cuna de oro aún lo miraba por encima del hombro y eso era algo que no iba a permitir. Les enseñaría a respetarlo así fuera por las malas.
—Me asusta escucharte, Martín has cambiado tanto, parece que de mi esposo amado no queda rastro alguno —Agustina se alejó de su marido. Observó a través de la ventana un hábito recién adquirido. Era como si esperaba que alguien bajará de las montañas y viniera por ella.
—Soy un hombre ocupado Agustina. Pero no creas que he dejado de amarte, hice todo lo que hice por ti y por nuestro hijo. Valentín heredará nuestros bienes, cuando yo muera el pacto morirá conmigo. Él y tú serán libres —sonrió. Dejó un beso en los labios de su esposa, cogió su maleta y salió dejando a una mujer asustada atrás.
Agustina tenía miedo de dejar la seguridad de su habitación, tenía la impresión de estar siendo observada por alguien o por algo. Era una angustia que atormentaba su corazón y su mente “¿Estoy perdiendo la cabeza?” pensó. El sonido de unos golpes a su puerta le hizo sobresaltarse. Se llevó la mano al corazón para tranquilizarse antes de darle el permiso de entrar a quien llamaba a la puerta.
—Mi señora ¿Le sirvo desayuno en el comedor o prefiere que se lo traiga? —Tomasa preguntó. Observó el semblante de su señora. La mujer parecía haber dormido poco, tenía dos bolsas oscuras bajo sus ojos, pero no dijo nada. No se atrevía a preguntar.
—Bajaré al comedor, por favor asegúrate de que mi hijo esté en su habitación y tráelo conmigo —pidió, sin ver a Tomasa, su vista estaba fija en la montaña. Se sentía embrujada por ella.
La mujer asintió. Salió de la habitación sin decir una sola palabra más. Empezaba a sentir miedo de trabajar en la casa grande. Llevaba años al servicio de los antiguos patrones, pero jamás había sentido ese aire frío que parecía envolver la casa y el miedo que calaba sus huesos en cada madrugada al llegar.
Agustina luchó consigo misma para vencer sus miedos, decidió que los sueños no podían controlar su vida. Porque esa bestia no existía en la vida real, vistió a su hijo para salir a recorrer el centro de la finca, visitar la iglesia quizá le ayudara a encontrar un poco de paz.
—¿Por qué tu mano tiembla mamá? —Valentín preguntó con inocencia. Agustina le sonrió a su hijo, besó su frente y le ayudó a vestirse.
—Solo tuve un mal sueño querido, solo ha sido una horrible pesadilla —trató de calmar al niño. Lo observo y sin poder contenerse le preguntó:
—¿Qué hicieron ayer que demoraron tanto en volver? —el niño la miró fijamente y negó.
—No hicimos nada mamá. Cuando salimos de casa aún estaba oscuro, cabalgamos hasta el pie de la montaña cerca del chorro de Francia, mi padre me dejó allí y camino hacia la oscura montaña —Agustina no podía creer que Martín fuera tan irresponsable de dejar a un niño de seis años solo en un lugar como ese.
—¿Te dejó solo? —preguntó tomando la mano del niño y tratando de calmar los latidos de su corazón.
—No. No me dejó solo, vino un hombre blanco a cuidar de mí, estuvo hablando conmigo desde que mi padre desapareció.
—¿Un hombre blanco? —preguntó, tragando saliva. El niño asintió.
—Sí. Me hizo muchas preguntas y cuando le pregunté quién era, no me respondió y luego sus ojos se pusieron rojos como la leña en el fuego —el frío recorrió de nuevo el cuerpo de la mujer. Su respiración era errática, creía que iba a desplomarse sobre la fría madera del piso.
—¿Estás bien mamá? —preguntó el niño al ver a su madre pálida.
—Vamos a la iglesia cariño y por favor no vuelvas a hablar con gente que no conoces por favor —suplicó con preocupación, acarició el hermoso rostro de su hijo, le dio un segundo beso y camino fuera de la casa. Abandonarla fue liberador, el miedo y el peso que sentía sobre sus hombros pareció abandonarla.
Agustina se persignó al entrar a la iglesia, se arrodilló y rezó, no supo por cuánto tiempo. Perdió la noción del tiempo hasta que sus plegarias fueron interrumpidas por el sonido de la campana situada frente a la oficina de la finca. La campana era utilizada para llamar a los trabajadores cada viernes de pago. Pero el sonido que ahora se escuchaba no era normal.
La campana sonaba con insistencia, tomó la mano del niño y salió de la iglesia con prisa. Camino, por el centro podía ver a los hombres reunirse ante el llamado de alarma.
—¿Qué sucede? ¿Por qué han reunido a los trabajadores? —preguntó tratando de sonar como la patrona y no dejarse intimidar por el grupo de jornaleros reunidos en el lugar.
—Domingo ha desaparecido, su esposa dio aviso al capataz, el hombre no volvió de su jornada ayer por la tarde como debía y teme que algo malo le haya sucedido. Pedimos permiso para salir a buscarlo —habló el hombre a quien reconoció como Rodolfo Ramos, su vecino.
—No escatimes Rodolfo, vayan por antorchas a la casa grande y busquen a Domingo, él debe estar en algún lado —urgió al hombre, quien no espero otra orden más se encaminó hacia la casa grande por suministros era tarde y era muy probable que el manto de la noche les sorprendiera.
Agustina observó desde el mirador en el quinto piso de su casa, las luces de las antorchas habían sido encendidas. El sereno gritó, las ocho de la noche. Ella se abrazó así misma al sentir el frío soplar en su dirección. El chal no era suficiente.
—Mi señora, baje por favor, deje que ellos se hagan cargo, mañana quiera Dios haya noticias de Domingo —Tomasa le ayudó a descender por las gradas de madera, bajaron hasta la segunda planta donde las habitaciones principales se encontraban.
—¿Te irás esta noche? —preguntó la mujer a su criada.
—Tengo que hacerlo mi señora, mis hijos esperan por mí, no puedo dejarlo solos —Agustina asintió.
—Traerlos mañana, pediré que te preparen una habitación, no quiero estar sola —sonó angustiada y no trato de ocultar su miedo.
—Lo haré mi señora —Tomasa salió de la habitación dejándola sola y desprotegida, camino de nuevo hacia la ventana para observar el fuego en la distancia. Rezó de nuevo pidiendo al cielo clemencia.
*****
—¿En verdad crees que tus ideas son buenas Martín? Eres nuevo en el negocio. Déjame estar al frente, tengo mejores posibilidades de negociar fuera del país, te recuerdo que soy extranjero y conozco el mundo que tú desconoces —Martín se sintió ofendido. Estaba siendo humillado de nuevo. La ira corrió por sus venas, no sabía qué era lo que le ocurría últimamente, pero perdía el control con una facilidad que le aterraba.
—Estoy de acuerdo con Hockmeyer, él tiene mejor conocimiento que nosotros, podríamos exportar a su país de origen —dijo otro finquero, provocando que los demás miembros apoyarán al dueño de San Jerónimo, quien sonrió satisfecho. Tenía grandes planes para la zona cafetalera.
Martín no tuvo otra opción que aceptar haber perdido esta vez, su rencor aumentó en demasía contra los finqueros en especial contra Carlos Hockmeyer el hombre era una piedra en su bota y él no dudaría en apartarlo de su sí tenía la oportunidad.
*****
—¡Lo hemos encontrado! ¡Lo encontramos! —gritó uno de los hombres mientras corría hacia la casa grande.
Agustina salió corriendo de su habitación, olvidándose de cerrar la puerta de la casa, al salir. Las antorchas encendidas generaban calor, junto a la multitud de gente. La carreta guiada por un solo caballo se detuvo frente a la oficina, mujeres y hombres esperaban con la angustia reflejada en sus rostros.
—¿Dónde lo encontraron? —Agustina preguntó incapaz de esperar un momento más. El sereno grito, las doce de la noche. Mientras otro hombre respondía.
—Encontramos su cuerpo metros arriba del chorro de Francia. No tengo palabras mi señora, para describir lo que pasó. Su cuerpo está destrozado, parece ser que fue atacado por un animal salvaje.
Agustina se acercó un poco más. La mano del hombre muerto salía debajo de la manta, tenía arañazos en su brazo, abiertos como canales pequeños. El olor de la sangre le hizo dar un paso hacia atrás, la náusea subió por su garganta y sin poder evitarlo vómito sobre la rueda de la carreta.
—Es mejor que se retire mi señora, esto no debería verlo usted —Rodolfo la tomó del brazo y le ayudó a salir de entre la gente. La llevó hasta la casa grande, asegurando la puerta al salir.
Agustina escuchó el murmullo de la gente alejarse, mientras vomitaba en la letrina, no podía controlarse, el sudor frío perlaba su frente, temía morir allí mismo.
El ruido en su habitación le hizo ponerse de pie. Pensando que era su pequeño hijo buscando su protección camino de regreso, pero la saludo la soledad, no había nadie más que ella.
—¿Buscas a alguien preciosa? —Agustina se giró con brusquedad para quedar frente al hombre de ojos rojos, sitió su cuerpo desvanecerse, el mismo que fue sostenido por el hombre. La llevó hasta la cama donde la recostó.
—Sería tan fácil hacerte mía, pero te quiero para siempre y para eso, tu marido y tu hijo me estorban —dejó un frío beso sobre los labios de Agustina, antes de abrir la ventana y dejarse caer para perderse en la nada.
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Agustina miró al hombre tirado entre la maleza, su cuerpo estaba desgarrado, se acercó lentamente enredándose en entre el bejuco. Su cuerpo temblaba entre más se acercaba el miedo atravesó su corazón al reconocer a su esposo, era Martín el hombre muerto.
—¡Nooo!