Agustina se paseó por la habitación de un lado a otro, no podía explicar el miedo que sentía, estaba segura dentro de la casa y, aun así, la sensación de tener un vació en su pecho aumento. Volver a la cama le provocaba terror, que no podía describir con palabras. La angustia recorrió su cuerpo haciendo que temblara como si fuera una hoja mecida por el viento.
Las imágenes vividas en su sueño le perseguían como si fueran almas en pena y esa horrible serpiente parecía querer devorarla viva.
—¡Es solamente un sueño, Agustina! ¡No debes tener miedo! —gritó tratando de controlar los temblores de su cuerpo; pero le era imposible apaciguarse. Camino hacia el ventanal de su habitación, podía observar los primeros rayos del sol alzarse entre la montaña.
—¿Dónde estás Martín? —preguntó, el frío caló sus huesos, se abrazó a sí misma, tratando de consolarse y darse calor. Mientras esperaba ver llegar a su marido, pero la espera fue en vano, Martín no volvió durante toda la mañana.
Agustina esperó a su marido hasta el filo del atardecer, mientras la hora dorada irrumpía el cielo, sin embargo, Martín no volvió tampoco. Con temor salió de su habitación. No había visto a su hijo, ni siquiera se había molestado en comer, no podía pasar bocado aun si lo deseara.
—¿Dónde está mi hijo, Tomasa? —preguntó al no encontrar al niño en su habitación, ni en la sala donde solía jugar. Ahora tenía dinero, pero su pequeño hijo no tenía amigos. Pensó en eso por un momento, pediría a la servidumbre que trajeran a sus hijos a la casa para jugar con Valentín.
—No lo he visto en todo el día mi señora. Creí que estaba con usted en su habitación —el rostro de Agustina palideció, su corazón latió acelerado dentro de su pecho, como si hubiese caballos galopando en su interior y el miedo atroz se apoderó de su cuerpo de nuevo, temía que fuera esta su nueva manera de vivir.
—Pide a las demás empleadas que busquen a Valentín, él no pudo desaparecer —ordenó con miedo en su voz. Sus ojos se aguadaron queriendo llorar, Valentín era el único hijo que le quedaba perderlo sería morir en vida.
—Sí. Señora ahora mismo le pediré a las muchachas que busquen al niño, pediré a los mozos también que lo busquen por los alrededores —Tomasa salió a cumplir las órdenes de su señora, ella no había visto al niño desde que llegó a las cuatro de la mañana.
—¿Qué hemos hecho? ¿Nos habremos equivocado? ¿Qué estás haciendo Martín? —se preguntó. Ya no podía contener más su angustia, cogió su chal y salió en busca de su hijo. La hora azul se hizo presente, mientras ella recorrió el jardín, la conejera, el casino donde su marido solía reunirse con sus socios y nuevos amigos, bajo hasta la laguna que formaba parte de la casa, temiendo que Valentín hubiese caído en ella.
Mas Agustina no halló rastro alguno de su pequeño hijo. Valentín, no era un niño dado a las escondidas, él debía estar en algún sitio, pero ¿Dónde? Se preguntó con angustia, sus manos temblaban, temiendo lo peor con cada minuto que pasaba sin noticias del pequeño.
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—¿Me dirá quién es usted? —Valentín preguntó al hombre sentado a su lado, mientras esperaba a su padre al pie de la montaña. El niño no sabía por qué razones había acompañado a su padre a ese lugar, habían dejado la casa cuando la oscuridad caía sobre la finca.
—¿Por qué quieres saber quién soy? No debes de ser tan curioso pequeño Valentín —susurró el hombre lanzando una piedra al agua cristalina, pero sin acercarse lo suficiente.
—Nunca lo he visto antes señor —refutó el niño. Valentín se puso de pie, para ver mejor al hombre rubio, ojos claros y tan alto que parecía él fuera un simple duende a su lado.
»Usted no es un trabajador de la finca —el niño se alejó dos pasos al ver al hombre sonreír sus ojos cambiaron de color tiñéndose del color de la brasa asustando al pequeño Valentín.
—¡Papá! —gritó, mientras escuchaba una risa macabra provenir del hombre, giró su rostro al escuchar la voz de su padre.
—¡He regresado Valentín! —gritó Martín blandiendo el machete para cortar la maleza. —¿Con quién hablabas? —preguntó el hombre mayor había escuchado voces, pero no había podido distinguirlas.
—Con este señor —dijo el niño con miedo, pero al girarse se dio cuenta de que está solo, no había rastro alguno del hombre con quien estuvo hablando por horas.
—¿Señor? No veo a ninguno por aquí, nadie se atrevería a llegar hasta este punto hijo. Los trabajadores tienen prohibido venir a esta zona. Ven debemos volver a casa, tu mamá debe estar preocupada —el niño caminó detrás de su padre, mientras recordaba aquellos ojos rojos, su pequeño cuerpo tembló, como si tuviera frío.
Martín subió a su hijo al lomo del caballo, para subir tras él, dirigió al semental lejos del lugar donde se reunía para entregar las almas de su pacto. Era la hora de volver a casa, mañana al amanecer sería un hombre, un poco más rico que hoy…
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Agustina se sobresaltó al escuchar los gritos de Tomasa, quien irrumpió en su habitación sin llamar.
—¡El patrón está llegando, el niño viene con él! —la quejumbrosa mujer se puso de pie, bajo corriendo las escaleras que daban al jardín para ver pasar a su marido con el pequeño montado sobre el caballo. Su corazón respiró aliviado, mientras el enojo bullía en su interior, había pasado el peor día de su vida, desconsolada pensando mil cosas y ninguna buena.
Agustina corrió hacia el establo para reunirse con su marido y su hijo.
—¿Qué es lo que estás haciendo Martín? ¿Por qué te has llevado al niño sin decirme nada, sabes la pena y la angustia que he pasado? —Agustina gritó, mientras tomaba a su hijo en brazos y caminaba con prisa hacia la casa grande, su fina falda se desgarró en la orilla del alambrado; pero no prestó atención, solo quería asegurarse que su hijo estuviera sano y salvo.
Martín se enfureció ante el comportamiento de su esposa y sobre todo por haberle gritado frente a los trabajadores.
—¿Qué es lo que te pasa, Agustina? No puedes venir y gritarme delante de mis trabajadores ¿¡Qué pensarán de mí!? —gritó al entrar a la sala. Tomasa salió silenciosamente después de dejarle un café caliente al niño.
—No puedes llevarte a Valentín de esa manera, es un niño, no lo involucres por favor —pidió a su marido con lágrimas en los ojos.
—Todos estamos involucrados en esto mujer, desde aquel día, selle nuestros destinos —Agustina miró a su marido, parecía cansado, deslizó su mirada hasta sus botas, las cuales traían gotas de sangre seca. Todo su cuerpo tembló, pero no dijo nada. Tomó a Valentín y se lo llevó a su habitación, el pobre niño seguro había aguantado hambre durante todo el día.
Martín se dirigió a su habitación, debía bañarse y sacarse la suciedad de encima, no sabía bien lo que había sucedido. Había perdido la noción del tiempo en las profundidades de la montaña, mientras pagaban su cuota anual por adelantado. Después de bañarse, bajo a cenar, no miró a su esposa por ningún lado y tampoco preguntó.
Tomasa le sirvió la cena, con cierto temor, el rostro del patrón tenía un ligero rasguño.
—¿Qué miras con insistencia? —preguntó al sentirse observado por la cocinera.
—Nada patrón, creía que la señora bajaría a comer. No pudo pasar un solo bocado durante el día por la pena del niño. Le llevaré algo de comer —la mujer salió corriendo de la presencia del patrón. Sirvió dos tazas con sopa de pollo y salió hacia la habitación del niño.
Agustina cenó en compañía de su hijo, no volvió a la habitación principal. Estaba arrepentida de haber aceptado que Martín pactará con quien haya sido. Su vida ya no era y no sería la misma nunca más.
Aquella noche no soñó con la serpiente, sus sueños fueron perturbados por un animal, que no había visto, muy parecido a un perro, sus ojos eran como dos brasas ardientes, entre rojo y naranja. Ella corría y por mucho que lo intentaba no podía escapar, se sentía cansada, asustada y perdida.
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El hombre estiró la mano para recoger la tela fina del alambrado, la llevó hasta su nariz aspirando el olor a jazmín, un aroma natural y cautivador. Sonrió porque había encontrado a la mujer que deseaba para sí.
—¿Quiero saber qué eres capaz de hacer por ambición? Martín Cabrera —sus ojos alumbraron en la oscura noche, sus feroces colmillos abandonaron sus labios y su rostro se transformó lentamente hasta convertirse en un animal, no sabría decirse exactamente lo que era y tal como llegó desapareció.
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Un aullido escalofriante se escuchó en la lejana montaña. Causando que Agustina despertara. El corazón latió fuerte dentro de su pecho al escuchar aquel aullido abrumador. Sus manos temblaron, el miedo la invadía al sentir un frío recorrerla de pies a cabeza, los vellos de su piel se erizaron y sintió su cuerpo pesado al escuchar de forma clara un susurro en su oído diciéndole.
—Pronto… muy pronto nos conoceremos Agustina y no podrás escapar de mí.