Ingresar a la casa de Francesco Fioretti o bombardearla tal como lo hizo con las propiedades de su hijo era casi imposible. El muy desgraciado había asegurado todo el perímetro convirtiéndolo en una fortaleza impenetrable. Angelo conocía muy bien sus ventajas y tenía muy en cuenta que estaban al acecho, por lo que hasta ese momento mantuvo a la que era su esposa, resguardada en el interior. Pasó toda la noche y parte del día pensando en un plan efectivo para sacar a Emiliana de allí. Alguna poderosa razón se le debía ocurrir para así poder atajarla en un lugar al que sí tuviera acceso. –Señor, –avisó una de las mucamas, interrumpiendo su profunda reflexión junto a la silla favorita del que alguna vez fue su amado padre– la señorita Carina Salerno acaba de llegar, lo está esperando en l

