Asier Vanzatti El sabor de la pólvora todavía me amargaba la lengua, una capa de ceniza y muerte que el aire salado de la costa no lograba limpiar del todo. Caminé cojeando por el sendero de piedras, apoyando mi peso en el fusil que ya no tenía balas, sintiendo cómo cada fibra de mi hombro izquierdo gritaba bajo el vendaje improvisado que se empapaba de un rojo oscuro y denso. La cabaña recortada contra el cielo gris de la madrugada parecía un espejismo, una estructura de madera vieja que contenía lo único que me impedía dejarme caer sobre la arena y dejar que la marea se llevara mis restos. Empujé la puerta con el brazo sano, y el chirrido de las bisagras oxidadas fue el sonido más dulce que había escuchado en años. Dahlia estaba allí, de pie junto a la mesa de madera, con la luz de una

