Dahlia Soler El suelo del sótano vibró bajo mis pies, un temblor profundo que pareció arrancar un gemido a las entrañas de la mansión. Las luces del techo parpadearon con violencia antes de extinguirse por completo, dejando que una oscuridad densa, como brea, nos envolviera en un abrazo asfixiante. Asier no soltó mi mano; su agarre se volvió una mordaza de carne y hueso que me recordaba que, aunque estuviéramos enterrados vivos, todavía no éramos cadáveres. El olor a ozono y a polvo quemado empezó a filtrarse por las rejillas de ventilación, confirmando que Enzo había decidido que la diplomacia ya no era una opción viable para nosotros. —No te separes de mí, Dahlia —susurró Asier contra mi oído, y sentí el calor de su aliento como un contraste brutal con el frío de la celda metálica—. El

