Asier Vanzatti El silencio del penthouse se volvió gélido en el momento en que decidí que la diplomacia digital ya no era suficiente. Miré a Enzo, quien aguardaba con la mandíbula tensa, sabiendo que el siguiente paso no dejaría rastro de vuelta atrás. El mercado era una bestia que solo se alimentaba de dos cosas: codicia o terror. Si no podía comprar su codicia, les daría un miedo que les obligaría a soltar hasta el último centavo de sus acciones. —Hazlo, Enzo —dije, mi voz saliendo más oscura de lo que pretendía—. Entra en la red oscura. Busca a los "Siniestros de la Calzada". Son rápidos, no hacen preguntas y aceptan pagos en Monero. Necesito una demolición táctica, no una masacre. Enzo asintió y sus dedos volaron sobre el teclado encriptado. Dahlia, que había estado observando la es

