Asier Vanzatti La noche en la capital se convirtió en una sinfonía de pánico y luces estroboscópicas que se filtraban por el cristal blindado del penthouse. El sonido de las sirenas era constante, un lamento metálico que subía desde las avenidas para recordarnos que el caos que habíamos sembrado estaba dando sus frutos amargos. Ni Dahlia ni yo nos habíamos movido de frente a los monitores; ella, envuelta en una manta y con la mirada perdida en las imágenes de los noticieros que mostraban las fachadas destrozadas de nuestras empresas, y yo, con los dedos entrelazados frente a la boca, vigilando el parpadeo incesante de los terminales financieros. —No se detienen —susurró Dahlia, señalando la pantalla donde un helicóptero de la policía sobrevolaba la sede central de Soler—. Dicen que hay m

