Capitulo 05

2084 Words
Asier Vanzatti El aire dentro de la cabaña se sentía como una losa de plomo sobre mis pulmones. Estaba sentado frente a Dahlia, observando cómo la luz de la única lámpara de aceite dibujaba sombras irregulares sobre su rostro pálido. Ella no se había movido del rincón del sofá en las últimas dos horas, con las manos entrelazadas con tanta fuerza que sus nudillos parecían estar a punto de perforar la piel. Me molestaba su silencio; era un silencio que me recordaba demasiado a la fragilidad que yo mismo había intentado extirpar de mi alma años atrás. —¿Vas a quedarte ahí mirándome como si fuera a devorarte o vas a comer algo de una maldita vez? —pregunté, mi voz cortando la quietud de la sala como un cuchillo desafilado. Dahlia levantó la vista y, por un segundo, vi el destello de la rabia luchando contra el agotamiento en sus ojos oscuros. No era la misma mirada de sumisión que había visto en la mansión de su padre; algo en ella se estaba transformando, aunque ella todavía no lo supiera. —¿Qué quieres que diga, Asier? —respondió ella, y su voz sonó más firme de lo que esperaba—. Me has arrastrado a este agujero en medio de la nada, me has dicho que mi padre es un asesino y que tú eres mi única opción de supervivencia. No esperes que te de las gracias entre bocado y bocado de comida enlatada. —No busco gratitud, Dahlia —dije, levantándome para marcharce hacia la ventana y vigilar el perímetro—. Busco que entiendas que en este momento eres el activo más valioso y, al mismo tiempo, el más peligroso de este país. Tu padre no está enviando equipos de rescate; está enviando equipos de limpieza. ¿Entiendes la diferencia? Me acerqué a ella, ignorando la distancia de seguridad que Enzo siempre me recomendaba mantener con los activos emocionales. La obligué a mirarme, tomándola del mentón con una brusquedad que la hizo jadear. No quería ser cruel, pero necesitaba que despertara del letargo de seda en el que había vivido toda su vida. —Para Soler, eres una debilidad que puede ser explotada por sus enemigos —le susurré, sintiendo el calor que emanaba de su piel—. Si no puede tenerte bajo su control absoluto, preferirá verte en un ataúd que en mis manos. Esa es la realidad del hombre que te regalaba diamantes en tus cumpleaños. Dahlia se soltó de mi agarre con un movimiento seco, pero no retrocedió. Se puso de pie, quedando a escasos centímetros de mi pecho, y por un momento el tiempo pareció detenerse en ese espacio minúsculo entre los dos. —Entonces enséñame —dijo ella, y vi cómo sus labios temblaban ligeramente—. Si mi vida es una guerra que no elegí, no quiero ser solo el trofeo. Si realmente eres tan diferente a él, dame algo más que amenazas y paredes de madera vieja. —¿Qué podrías aprender tú, Dahlia? —me burlé, aunque por dentro sentía una punzada de algo parecido al respeto—. Tus manos están hechas para sostener pinceles, no para sentir el retroceso de una pistola de nueve milímetros. —Mis manos están hechas para lo que yo decida —replicó ella, su voz ganando volumen—. Tú decidiste que yo era tu moneda de cambio. Ahora yo decido que no voy a ser la única que no sepa disparar cuando los hombres de mi padre crucen esa puerta. ¿O es que tienes miedo de que aprenda demasiado rápido? Me quedé en silencio, procesando su desafío. Había una chispa de fuego en ella que me resultaba familiar, un eco de la misma rabia que me había mantenido vivo en los muelles después de que mi familia fuera borrada del mapa. Miré hacia la mesa donde descansaba mi arma de repuesto y, tras un momento de duda, la tomé y se la extendí. —Pesa más de lo que parece —le advertí mientras ella cerraba sus dedos sobre la culata—. Y el seguro es lo único que separa tu vida de un accidente que no podemos permitirnos. Si vas a entrar en mi mundo, olvídate de los girasoles y de las tardes de té. Aquí solo hay metal, pólvora y la certeza de que nadie vendrá a salvarte si fallas el tiro. Pasamos las siguientes horas en un entrenamiento silencioso y tenso. Le enseñé cómo alinear las miras, cómo controlar la respiración y cómo aceptar el peso del arma como una extensión de su propio cuerpo. Era una alumna aplicada, demasiado aplicada para mi gusto. Cada vez que sus dedos rozaban los míos al corregir su postura, sentía una descarga de electricidad que me obligaba a endurecer mi expresión para no delatar la confusión que empezaba a crecer en mi pecho. —No cierres los ojos al apretar el gatillo —le ordené, colocándome detrás de ella para estabilizar sus hombros—. El flash es lo último que verás antes de que el objetivo caiga. Si parpadeas, le das al enemigo el segundo que necesita para devolverte el favor. —Es difícil —murmuró ella, su espalda presionada contra mi pecho—. Siento que esto me quema las manos, Asier. Como si estuviera sosteniendo algo que no debería existir. —Esa es la sensación de la realidad, Dahlia —respondí, bajando la voz hasta que fue casi un murmullo—. La paz que conocías era una mentira comprada con la sangre de otros. Esto es lo único que es real. El metal no miente, y la pólvora no tiene favoritos. Enzo entró en la cabaña de repente, con el rostro manchado de barro y la expresión de quien ha visto a la parca de cerca. Traía noticias que harían que este entrenamiento fuera más necesario de lo que cualquiera de los dos deseaba admitir en voz alta. —Tenemos movimiento en la base de la colina, jefe —dijo Enzo, secándose el sudor de la frente con la manga—. Dos furgonetas negras, sin placas. No son aficionados. Se mueven en formación de pinza y tienen equipo de visión térmica. Estarán aquí en menos de veinte minutos si no les damos una sorpresa en el sendero. —Lleva a Dahlia a la habitación del fondo y asegúrate de que el suelo esté reforzado —ordené, sintiendo cómo la adrenalina empezaba a correr por mis venas—. Yo prepararé los regalos de bienvenida en el porche. Dahlia, recuerda lo que te dije. Si la puerta se abre y no soy yo, no preguntes. Solo dispara. Ella asintió, con el rostro más pálido que nunca, pero sus manos no temblaban mientras sostenía el arma que le había dado. La vi desaparecer tras la puerta reforzada junto a Enzo, y por un segundo, sentí un peso en el estómago que no tenía nada que ver con el peligro inminente. Era la responsabilidad de haber manchado su alma con la necesidad de matar para sobrevivir. Salí al exterior, donde la noche era una manta oscura que ocultaba las intenciones de los hombres que subían por la ladera. El frío me golpeó la cara, pero lo agradecí; me ayudaba a clclillas mis pensamientos y a enfocarme en el objetivo. Preparé las cargas pequeñas en los troncos de la entrada, asegurándome de que el cable trampa estuviera lo suficientemente bajo para no ser detectado por los escáneres de mano básicos. —Vamos, bastardos —susurré para mis adentros, recargando mi fusil principal—. Venid a ver cómo muere el imperio Soler en este rincón del mapa. El sonido de las botas sobre la hojarasca seca empezó a hacerse audible. Eran profesionales, sí, pero cometían el error de creer que estaban cazando a un hombre desesperado con una rehén asustada. No sabían que estaban entrando en la guarida de un lobo que no tenía nada que perder y que acababa de darle dientes a su supuesta víctima. El primer disparo no fue mío. Fue una detonación sorda que vino del bosque, seguida de un grito ahogado. Enzo ya estaba trabajando desde su posición oculta. Aproveché la confusión para abrir fuego desde la ventana del ático, viendo cómo las siluetas negras se dispersaban buscando cobertura tras los pinos. La batalla por la cabaña había comenzado, y el aire pronto se llenó del olor acre de la pólvora y el sabor metálico de la muerte inminente. —¡Asier, por la derecha! —gritó Enzo por el intercomunicador, su voz compitiendo con el estruendo de una granada de humo que acababa de estallar cerca del porche. Me moví con la agilidad de quien ha pasado media vida escapando de emboscadas. Sentí una bala silbar cerca de mi oreja, arrancando una astilla de la madera, pero no me detuve. Necesitaba que se acercaran más, que creyeran que tenían la ventaja para que cayeran en la trampa principal que habíamos cavado bajo el camino de entrada. Dentro de la casa, sabía que Dahlia estaba escuchando cada disparo, cada explosión, esperando que el mundo no se derrumbara sobre ella antes de que saliera el sol. Me dolió pensar en ella encerrada en esa oscuridad, pero era la única forma de mantenerla viva. En mi mundo, el amor era una palabra que se escribía con sangre, y yo estaba dispuesto a derramar galones de ella con tal de que ella no fuera la siguiente en la lista de bajas. El Capítulo 05 de nuestra historia se estaba escribiendo con el fuego de los fusiles y el eco de las maldiciones de hombres que no sabían por qué estaban muriendo. Yo solo sabía una cosa: mientras yo respirara, nadie tocaría a Dahlia Soler. No porque fuera mi rehén, ni porque fuera mi moneda de cambio, sino porque ella se había convertido en la única verdad que me quedaba en un mundo lleno de sombras y mentiras de seda. La lucha se intensificó cuando los atacantes lograron llegar al porche principal. Escuché el crujido de la madera bajo sus pies pesados y supe que era el momento de la verdad. Activé el detonador manual y la entrada de la cabaña se convirtió en un infierno de astillas y fuego naranja, lanzando a los mercenarios hacia atrás como muñecos de trapo rotos. —¡Enzo, ahora! ¡Limpia el flanco norte y prepara el vehículo! —rugí, moviéndome hacia la habitación donde estaba Dahlia para asegurarme de que el impacto de la explosión no la hubiera herido. Entré en la estancia y la encontré de pie, con el arma levantada y apuntando directamente a mi pecho. Sus ojos estaban muy abiertos, reflejando el resplandor de las llamas que se veían por la rendija de la puerta. Por un segundo, vi la muerte en su mirada, y me di cuenta de que ella realmente estaba dispuesta a disparar. —Soy yo, Dahlia. Baja el arma —dije suavemente, bajando la mía para mostrarle que el peligro inmediato había pasado—. Lo hiciste bien. Mantuviste la posición. Ella bajó la pistola lentamente, y vi cómo sus piernas fallaban por fin, obligándola a sentarse en el suelo. Empezó a temblar de forma violenta, una reacción natural al choque de la adrenalina abandonando su sistema. Me acerqué y me senté a su lado, sin decir nada, dejando que el silencio volviera a llenar el espacio entre nosotros mientras afuera, el sonido del fuego consumiendo la madera era lo único que quedaba de la noche. —He matado a alguien, ¿verdad? —preguntó ella, con la voz rota—. Ese hombre que intentó entrar... yo apreté el gatillo cuando vi su sombra en la ventana lateral. No pensé, Asier. Solo lo hice. —Bienvenida al mundo real, Dahlia —respondí, poniéndole una mano en el hombro—. No pienses en quién era él. Piensa en quién eres tú ahora. Eres una sobreviviente. Y en este juego, eso es lo único que importa al final del día. Nos quedamos allí, en el suelo frío de la habitación, mientras el humo empezaba a disiparse y Enzo nos gritaba que era hora de marcharce antes de que llegaran los refuerzos. Habíamos ganado una batalla, pero la guerra apenas estaba empezando a mostrar sus verdaderos colmillos. El viaje hacia la libertad sería largo, sangriento y lleno de traiciones, pero por primera vez, sentí que no caminaba solo por el sendero de los fantasmas.
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