Asier Vanzatti
Me desperté antes de que la primera luz del alba tocara los edificios de la ciudad. El silencio en el apartamento de Dahlia era casi absoluto, roto solo por su respiración acompasada a mi lado. Me quedé un momento observándola. Se veía tan frágil entre las sábanas, una mancha de pureza en medio de mi mundo de sombras. Pero no podía permitirme el lujo de la ternura.
Me levanté sin hacer ruido. Mi cuerpo aún conservaba el calor del suyo, y mi piel todavía ardía donde ella me había tocado, pero mi mente ya estaba trabajando. Recorrí el apartamento con la eficiencia de un fantasma. Revisé los cajones de su cómoda, el interior de los libros en la estantería, las facturas olvidadas en el mueble del recibidor. Nada. No había direcciones, ni números de cuenta ocultos, ni notas apresuradas pero yo no era un hombre que creyera en las coincidencias.
Dahlia era hija única era imposible que sus padres, esos cobardes que estafaron a mi familia y causaron la muerte de los míos, la hubieran dejado atrás sin una vía de contacto.
Estaba seguro de que ella tenía una relación con ellos, aunque fuera secreta. Tenía que tenerla.
Escuché el sutil roce de las sábanas en la habitación. Estaba despertando. Me moví rápidamente hacia la cocina. Podría ser sencillo podría secuestrarla en este mismo instante, llevarla a una de mis casas de seguridad y usar los métodos que mejor conozco.
Torturarla hasta que las respuestas salieran de su boca junto con su sangre. Sería lo más práctico. Sin embargo, mientras sacaba el jugo del refrigerador y servía un vaso de agua, supe que no quería eso. Sería mucho más fácil si lograba que ella me diera la información por voluntad propia, envuelta en la confianza de un amante o quizás, era solo la excusa que me daba a mí mismo para no tener que romperla todavía.
Escuché sus pasos suaves. Apareció en el umbral de la cocina, envuelta en una bata de seda que apenas cubría lo que habíamos compartido anoche. Sus mejillas se tiñeron de un rosa intenso al verme.
—Pensé... pensé que te habías ido —susurró, con los ojos brillantes.
Me acerqué a ella, acortando la distancia con dos pasos largos. La rodeé con mis brazos y la atraje hacia mí, saboreando sus labios en un beso que pretendía ser breve pero que terminó siendo hambriento
—No me voy sin despedirme, Dahlia —dije contra su boca.
Sabía que no debí acostarme con ella. Un profesional mantiene la distancia. Pero después de dos meses observándola desde las sombras, analizando cada uno de sus gestos, la forma en que su risa iluminaba la calle y cómo su dedicación al arte parecía algo sagrado... había sido inevitable.
Mi obsesión no había nacido anoche se había alimentado de cada segundo que pasé vigilándola.
—Debo irme a trabajar —dijo ella, aunque no hizo ningún intento por separarse—. Tengo una restauración importante hoy.
—Te llevaré —sentencié.
No era una oferta, era una orden que ella aceptó con una sonrisa tímida.
Ella caminó hacia el baño para ducharse.
La seguí. No me detuve en el umbral; entré con ella. El vapor empezó a llenar la estancia, empañando los cristales, pero mi visión de ella era perfecta.
La deseaba de nuevo. Era una locura, un hambre que no se saciaba con una sola noche. Mi obsesión por Dahlia Soler se estaba convirtiendo en algo físico, algo que me dolía en el pecho.
La giré bajo el chorro de agua fría y caliente, pegando su espalda a los azulejos. Mis manos, grandes y rudas, buscaron su clítoris con una precisión que la hizo soltar un gemido que rebotó en las paredes del baño.
—Asier... —jadeó, echando la cabeza hacia atrás.
Besé su cuello, dejando marcas que su ropa tendría que ocultar más tarde. Quería marcarla, quería que cada vez que se viera al espejo recordara a quién pertenecía.
La penetré allí mismo, con una urgencia que me quemaba las entrañas. Ella me rodeó con sus piernas, apretándome, mientras ambos nos movíamos en un ritmo frenético dictado por la necesidad. El placer fue una explosión sorda, un clímax que nos dejó a ambos temblando bajo el agua antes de salir, exhaustos pero conectados por un hilo invisible de deseo.
Nos vestimos en silencio. Ella se puso su ropa de trabajo y yo me coloqué el traje de ayer. Nada de este lugar era mío, y sin embargo, me sentía más en casa aquí que en mi propia mansión.
La dejé frente a la galería. Antes de que bajara del auto, la tomé de la nuca y la besé con una posesividad que no intenté ocultar.
—Te veré pronto —le prometí.
Manejé hacia mi mansión con la mandíbula apretada. En cuanto crucé la puerta del vestíbulo, la atmósfera cambió. El lujo frío de mi casa me recordó quién era yo y por qué Dahlia estaba en mi vida. Mi hermana, Alessia, estaba de pie junto al gran ventanal, con una copa de cristal en la mano y una expresión de furia contenida.
—¿Dónde demonios estabas, Asier? —preguntó, su voz cargada de veneno—. Tenemos una reunión en una hora y tú desapareces toda la noche.
—No tengo por qué darte explicaciones, Alessia —respondí, pasando por su lado sin detenerme.
—¿Estabas con ella, verdad? —me dijo obligándome a frenar—. ¿Con la hija de esos cerdos? ¿Qué has averiguado? ¿Te ha dado la ubicación? ¿Te ha dicho dónde esconden nuestro dinero y la vida de nuestros padres?
Me giré lentamente hacia ella. Mi mirada era de puro hielo.
—Por ahora, está limpia. No sabe nada —mentí parcialmente o quizás era lo que quería creer.
—¡Es imposible que esté limpia! —Alessia golpeó la mesa con la palma de la mano—. ¡Es la hija de dos asesinos y estafadores! La sangre no miente, Asier. Ella es parte de esto. Te estás dejando engañar por una cara bonita.
—Me va a encargar de esto —dije, bajando el tono de mi voz de una manera que la hizo retroceder—. Cállate y cálmate. Yo sé lo que hago.
Alessia soltó un suspiro de frustración, pero no añadió nada más. Me di la vuelta y caminé hacia mi despacho. Allí, apoyado contra la mesa, me esperaba Enzo, mi mano derecha. Sus ojos analizaron mi aspecto, pero fue lo suficientemente inteligente como para no comentar nada sobre el traje arrugado.—Informe —ordené, sentándome en mi silla de cuero.
—Ha recibido tres llamadas en las últimas doce horas, jefe —dijo Enzo, extendiendo una tableta con los registros—. Todas desde teléfonos desechables. Las conversaciones son cortas, parecen no tener sentido... hablan de pinturas, de restauraciones, de climas pero el patrón es sospechoso.
Sentí una punzada de frialdad en el estómago. Así que sí hablaba con ellos.
—Mantén la vigilancia —le ordené, mi voz volviéndose de nuevo la del mafioso que el mundo temía—. No quiero que respire sin que yo lo sepa. Si hay una sola palabra que parezca una dirección o una cita, quiero saberlo al instante.
—Entendido, señor. Debemos ir a la reunión con los asociados de la zona norte. Están esperando.
Me levanté, ajustando mi saco y recuperando mi máscara de hierro. Dahlia era el cebo, la llave para encontrar a los asesinos de mis padres. Eso era lo que debía recordar. Pero mientras salía del despacho, el aroma de su jabón todavía impregnaba mis sentidos, recordándome que la línea entre la venganza y la obsesión se había borrado para siempre.