Dahlia Soler El sonido de la respiración de Asier era un silvido ronco que llenaba el espacio estrecho de la furgoneta, compitiendo con el golpeteo de la lluvia ácida contra el techo de metal. Lo tenía recostado contra mi regazo, sintiendo cómo el calor de su cuerpo atravesaba mis pantalones empapados de lodo y sangre. Su piel, antes pálida y aristocrática, ahora tenía un tinte grisáceo bajo la luz parpadeante del tablero, y el sudor le pegaba los mechones de pelo a la frente de una forma que me partía el corazón. Cada vez que el vehículo saltaba por un bache en las calles secundarias del puerto, Asier soltaba un quejido sordo que se me clavaba en el pecho como un alfiler de hielo. —Aguanta, Asier... solo un poco más —susurré, apretando su mano fría entre las mías. Él no respondió. Sus

