Dahlia Soler El frío del concreto se filtraba a través de las suelas de mis zapatos, recordándome que ya no pisaba las alfombras persas de mi antigua vida. Estaba de pie en el rincón más oscuro del almacén, observando cómo Asier cargaba los cargadores con una precisión rítmica que resultaba hipnótica y aterradora a la vez. Cada bala que entraba en el metal era una sentencia de muerte que estábamos preparando para mi propio padre, y sin embargo, no sentía el peso de la culpa en mi pecho, sino una ligereza gélida. —¿Realmente crees que Alessia cumplirá su parte? —pregunté, rompiendo el silencio que se había vuelto demasiado denso entre nosotros. Asier se detuvo por un segundo, con el pulgar presionando el último proyectil. Me miró con esos ojos que siempre parecían estar viendo algo que y

